Carlos Rubén Pérez*
Resulta evidente que las exigencias han aumentado en este siglo. Vivimos pendientes de un sinnúmero de actividades que demandan nuestra atención y minan nuestras energías: llevar una vida ajetreada es el denominador común de la mayoría de nosotros. Hasta que, de improviso, un suceso nos sacude; puede ser algo sumamente grave o, por el contrario, no tan serio. No obstante, la carga del sufrimiento no siempre se relaciona con la gravedad del evento, sino con la subjetividad con la que se experimenta.
Una enseñanza de la filosofía budista resalta que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. En el idioma pali —lengua de los textos canónicos de esta doctrina— se utiliza el termino dukkha para referirse al sufrimiento. Cabe aclarar que es un término sumamente rico que puede tener diversas interpretaciones, aunque siempre hace referencia al displacer.
La riqueza de esta cultura permite reconocer tres clases de sufrimiento:
- Dukkha–dukkha: es el sufrimiento físico y emocional. Está relacionado a la pérdida de la salud, la vejez y la muerte, aunque también alude a necesidades fisiológicas naturales como la sed o el sueño.
- Viparinama-dukkha: es una insatisfacción que surge del apego a lo temporal (las riquezas, la popularidad o la comodidad, etc.).
- Sankhara-dukkha: es la insatisfacción existencial de reconocernos como seres incompletos e imperfectos.
Toda esta filosofía tan práctica y rica al mismo tiempo, nos enseña a encarar al sufrimiento reconociendo que existir implica la posibilidad inevitable de atravesar situaciones difíciles. Contrario a lo que muchos piensan, no se trata de una visión sombría: si aceptamos esta tesis desde un enfoque realista, estamos listos para no resistir lo ineludible. Por el contrario, aceptamos aquello que no podemos torcer y evitamos la fricción entre lo que es y lo que nos gustaría que fuera.
Asimismo, la corriente vajrayana del budismo nos invita a permanecer presentes en el núcleo del padecimiento, evitando los escapismos. Se sufre al no aceptar la inevitabilidad del cambio. Exige valentía para aceptar la incertidumbre y, al mismo tiempo, reconocer nuestra vulnerabilidad para, a pesar de todo, desarrollar compasión.
El apego o la dependencia excesiva de lo material conduce al dolor. Por ello, el sabio permanece consciente de la impermanencia como fundamento de la existencia: esa gran verdad de que nada es definitivo y poco nos pertenece realmente. La misma naturaleza nos ofrece ejemplos sustanciales; incluso las estrellas que viven miles de millones de años, alguna vez dejarán de existir.
Lejos de ser una concepción trágica, el concepto de impermanencia nos ayuda a cultivar ecuanimidad y descanso a nuestros anhelos.
Hasta la próxima semana.
Carlos Rubén Pérez*
Licenciado en Resolución de Conflictos y Mediación por la Universidad Nacional de Tres de Febrero.
Profesor de Filosofía por el Instituto Superior Goya.
Certificado en Coach por la Universidad Tecnológica Nacional de Buenos
Aires.
Escritor. Comunicador. Conferencista internacional. Contacto para asesoramientos, consultas y mentorías: whatsApps +54 9 3777 643927. Mail: carupegoya@live.com.ar