Vivir indefinidamente

Carlos Rubén Pérez*

«El hombre se encuentra a sí mismo cuando se pierde en la naturaleza».

Hermann Hesse

Heterocephalus glaber el pomposo nombre que la ciencia le dio a la rata topo desnuda, un pequeño roedor de 13 centímetros y que pesa 35 gramos de promedio en la adultez; habita Etiopía, Kenia y Somalia. En realidad, debería aclarar que pasa sus días bajo estos países porque lleva una existencia subterránea. Su aspecto es arrugado, sin pelaje y se ha convertido en una de las nuevas superestrellas de varias disciplinas científicas como la genética, la farmacología y la oncología, dado sus características atípicas para los mamíferos.

Destaca su longevidad: mientras que la vida promedio de los roedores es de tres años, este espécimen puede superar las tres décadas. Es el único mamífero de sangre fría, la evolución le permitió dejar la necesidad de regular su temperatura, y ese ahorro de energía es el pilar de su longevidad.

Entre otras rarezas, vive en colonias de trescientos individuos donde existe una reina la cual procrea con uno a tres reproductores. Las otras hembras y los machos se encargan de buscar alimentos y cavar túneles, una organización social que recuerda a las abejas y otros insectos. Puede sobrevivir hasta una hora con niveles de oxígeno sumamente escasos, ya que sintetiza fructosa para lograr energía sin el preciado elemento. Una verdadera curiosidad en el mundo animal, pero lo más importante es la resistencia que presenta a los dolores y a desarrollar tumores. Genéticamente, la naturaleza la dotó de mecanismos que pueden bloquear células dañadas en etapas previas a volverse malignas.

Para los científicos de la Universidad de Cambridge sus capacidades excepcionales no pasan desapercibidas porque en comprender los mecanismos genéticos podría estar la clave que permita generar recursos farmacológicos y terapéuticos contra el cáncer y prolongar la vida del ser humano más allá de los ciento veinte años que predicen algunos expertos para el año 2050.

Tras todo el esfuerzo de los científicos, se encuentra la humana necesidad de perdurar la existencia. Particularmente, hoy nuestra sociedad padece de la negación de la muerte. Por ello la posibilidad de realizar descubrimientos que nos acerquen a la utopía de la vida imperecedera resulta más que atractiva. En la actualidad una persona de sesenta años ha vivido casi el doble de la expectativa durante el Imperio Romano, pero científicamente ese límite puede ser extendido.

Aunque resulte paradójico, en condiciones normales nadie desea que su existencia finalice, sin embargo, la mayoría no desea vivir indefinidamente.

En un programa de radio de Argentina, el cual es escuchado por una audiencia importante, se realizó una encuesta con los oyentes preguntándoles cuántos años deseaban vivir. La mayoría, 73%, expresó el deseo de vivir menos de cien años; una fracción muy pequeña de la cantidad restante dijo que quería vivir indefinidamente.

Otra encuesta similar, pero realizada por la Universidad de Oxford como parte del Proyecto de Longevidad, donde se les preguntó a los participantes sobre si querían vivir eternamente, los resultados indican que solo un 37% desean la inmortalidad, una cifra similar prefiere la muerte y el resto se mostró indeciso. En cambio, New Scientist en el Reino Unido, ante la misma pregunta, encontró que en los adultos de Inglaterra más de la mitad dijo no querer vivir eternamente.

Martin Heidegger, y por lo general la mayoría de los pensadores, concuerdan que la muerte es el gran horizonte que nos da sentido y resignificación a la vida. Nos permite vivir auténticamente otorgándole valor a la existencia, precisamente por su perentoriedad.

Schopenhauer, por otra parte, afirma que el nacimiento y la vida son los polos que nos habilitan a experimentar la no superficialidad de existir. Platón, por otro lado más metafísico, pensaba que la muerte era la manera de alcanzar la verdadera vida. Las escuelas helénicas no veían nada de extraordinario en la muerte dado que es una condición que nos exige la naturaleza a todos los seres vivos.

Pero más allá del pensamiento de estos filósofos citados sucintamente, la mayoría de ellos en diferentes épocas concuerdan que más importante que cuánto vivir resulta cómo vivir. La vida es un segmento que tiene un momento de iniciación, que podemos decir, es en el nacimiento; sin embargo, ignoramos su duración, lo que nos hace ser seres indeterminados, y es en esa carencia donde el amor es el oxígeno que nutre nuestra existencia. Porque una vida sin amor, no tiene sentido, como suele sentenciar el filósofo español Francesc Torralba.

Como corolario, que la realidad de la muerte sea la inspiradora de vidas profundas donde nos enfoquemos en relaciones sustanciales, sabiendo que el pasado ha quedado atrás y nada podemos hacer de él más que aprender, y vivamos el presente, que en definitiva es lo único cierto que tenemos, dejando una estela que otorgue valor a los demás.

Hasta la próxima semana.

 

*Carlos Rubén Pérez

Licenciado en Resolución de Conflictos y Mediación por la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Profesor de Filosofía por el Instituto Superior Goya.

Certificado en Coach por la Universidad Tecnológica Nacional de Buenos

Aires.

  • Escritor. Comunicador. Conferencista internacional. Contacto para asesoramientos, consultas y mentorías: whatsApps +54 9 3777 643927. Mail: carupegoya@live.com.ar

 

 

 

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