María Luisa Arredondo*
El pasado 8 de abril el mundo estuvo en suspenso. Apenas dos horas antes de que expirara su ultimátum de “aniquilar” la civilización iraní, Donald Trump anunció un cese al fuego de dos semanas. Los mercados reaccionaron con un suspiro de alivio, el petróleo bajó de los cien dólares e Irán anunció que abriría el Estrecho de Ormuz, siempre y cuando cesen los ataques de Israel contra Líbano.
Fue un giro dramático, una muestra más del volátil temperamento de Trump, pero también la confirmación de que incluso en el borde del precipicio, la sensatez, al menos temporalmente, puede prevalecer.
Sin embargo, detrás de este aparente “respiro” y la proclamación de una “victoria” por parte de Trump, se esconde una realidad más compleja y preocupante para Estados Unidos. La guerra con Irán, iniciada por una administración que subestimó la resiliencia iraní, ha demostrado ser un conflicto costoso y, hasta ahora, contraproducente pues, para empezar, no están claros los objetivos que se buscan.
En un principio se habló de un cambio de régimen, después de la destrucción total de las capacidades militares de Irán y de evitar que en el futuro pueda fabricar una bomba nuclear. Pero, hasta ahora, nada de esto se ha logrado.
La retórica belicista de Trump, que llegó a amenazar con la “destrucción de la civilización iraní”, no solo ha generado malestar entre aliados europeos y el Papa León XIV, sino que también ha tenido un alto costo global. El cierre del Estrecho de Ormuz ha provocado una crisis masiva de petróleo, gas y una inflación galopante a nivel mundial.
Lejos de consolidar la posición de Estados Unidos, el conflicto ha puesto de manifiesto la capacidad de Irán para desestabilizar la región y su habilidad para usar el Estrecho de Ormuz como un arma política contundente.
Mientras tanto, los “enemigos” de Estados Unidos, como Rusia y China, que mantienen acuerdos de cooperación estratégica con Irán, se opusieron firmemente a la guerra, viendo cómo la crisis energética mundial elevaba el precio de sus propios recursos, beneficiando sus economías.
Incluso Irán ha declarado la tregua como una “gran victoria histórica”, porque afirma que ha alcanzado la mayoría de sus objetivos bélicos y consolidado su poder en la región.
La pregunta que flota en el aire es: ¿cuánto durará este respiro? La tregua abre un complejo camino de negociaciones, en el que aún quedan puntos espinosos, como el programa nuclear iraní y el destino de su uranio enriquecido.
Trump, quien buscaba un cambio de régimen en Irán favorable para EE.UU. se encuentra ahora acorralado en un conflicto que no ha producido las victorias esperadas y que, en cambio, ha fortalecido a sus adversarios y dañado la credibilidad de Estados Unidos en el escenario internacional.
*María Luisa Arredondo es directora de Latinocalifornia.com y autora del libro “La vida después del cruce”.