México en la cultura de Fernando Benítez

David Torres.

Por David Torres

Decir Fernando Benítez es remitirse de inmediato al ámbito de la cultura. De la cultura transmutada en periodismo, que es literatura y es historia. Forjador no solo de suplementos culturales, sino de carreras literarias que hoy son referente inequívoco del quehacer cultural en México, Benítez (10 de enero de 1912-21 de febrero de 2000) se convirtió en el faro periodístico que aún arroja luz en las publicaciones donde la cultura merece espacio y respeto.

 Gracias a él y a su visión de futuro en el ámbito de las ideas y de las palabras, escritores como Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Gabriel García Márquez o Elena Poniatowska, por citar a los más destacados y deslumbrantes de su generación, pudieron divulgar su obra desde su primera juventud a través de los suplementos dirigidos por Benítez, obra que al paso de los años aún es leída y estudiada.

Festejar el centenario del nacimiento de Benítez, de hecho, mantiene viva su tarea de décadas, desde su etapa como reportero en el periódico El Nacional en la época del entonces presidente Lázaro Cárdenas, hasta la fundación de suplementos que permearon de cultura prácticamente toda la segunda mitad del Siglo XX, empezando porMéxico en la Cultura hacia 1949 en el extinto Novedades, pasando por La Cultura en México de la revista Siempre!, y así sin parar hasta llegar a Sábado del diario unomásuno  y posteriormente a La Jornada Semanal, del periódico La Jornada.

Fue precisamente en esta última publicación donde despertó mi interés, como el de muchísimos noveles periodistas que iniciábamos vida laboral hacia finales de la década de los ochenta del siglo pasado, por la obra de aquel legendario escritor que había concebido, entre otros, un libro fenomenal, monumental y entrañable de cinco tomos en Los indios de México y cuya labor estaba ahí, a tiro de piedra, en el mismo espacio donde aprendíamos a pergeñar frases con cierto sentido y a labrar un futuro editorial a base de cada plana corregida del diario o cada encabezado con los golpes justos para acomodar en el tamaño requerido.

Hay una foto antiquísima de los inicios de La Jornada en los años 80 que no había vuelto a ver, pero que gracias a la ventaja de la Internet me hizo recordar el frío y duro piso de madera del edificio que albergaba al periódico –sobre el que tuve que pernoctar muchas veces tras el cierre de edición en la madrugada, en espera de que la estación Juárez del metro abriera–, y en la que aparece Benítez recostado en el suelo de la oficina destinada a La Jornada Semanal. En esa imagen se encuentran, entre otros, el historiador Héctor Aguilar Camín, el politólogo Adolfo Gilly, el filósofo José María Pérez Gay, el pintor Vicente Rojo y Carlos Payán, entonces director, que sonríen por la ocurrencia del maestro.

En la sonrisa de Fernando Benítez, ahí en el suelo, se reconoce a un hombre pleno y feliz, con un trabajo cumplido y otro más por cumplir en el proyecto que representaba en aquel momento el suplemento cultural de La Jornada; un periodista con una trayectoria de años, de calles, ciudades y pueblos caminados; de entrevistas, crónicas y reportajes que le ayudaron a concebir, por ejemplo, Ki: el drama de un pueblo y una planta; de grupos de amigos acusados de “mafia” cultural; de novelas como El rey viejo o El agua envenenada; de libros de historia como La ruta de Hernán Cortés, o como el tan revelador y tan actual Los demonios en el convento: sexo y religión en la Nueva España, cuya lectura no le vendría nada mal a una buena cantidad de sacerdotes que llevan una doble vida.

Esa ruta periodística que otros han querido transitar, de quien también fuera embajador de México en República Dominicana hacia el final de su vida, se ha convertido en un legado cultural inquebrantable, en una especie de norma a seguir con disciplina y amor a la palabra, y que deberían tomar en cuenta quienes, sin un atisbo de experiencia ni respeto, intenten llegar a las actuales redacciones a dictar pautas desde puestos privilegiados sin haber pisado la calle, para vergüenza del oficio de informar.

Benítez decía que el “periodismo es literatura bajo presión”. Confirmar esa verdad sería el mejor homenaje en su centenario. Es decir, leyéndolo. Releyéndolo.

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