¿Realmente sabes dialogar?

Carlos Rubén Pérez*

Es común escuchar hablar en diferentes ámbitos sobre la importancia del diálogo. En situaciones conflictivas, resulta tremendamente útil tener habilidades empáticas que nos permitan recurrir al diálogo en vez de entrar en acalorados griteríos que nos conducen a debilitar relaciones.

El diálogo tiene la maravillosa facilidad de separar el problema de las personas, es decir, estas dejan de ser “un problema” para convertirse en nuestras aliadas para encontrar soluciones ventajosas y creativas al mismo tiempo que legitima los intereses y necesidades de los involucrados. Nos permite canalizar nuestra natural agresividad hacia el problema y no hacia las personas.

Quizás piense que ya probó todo y nada pareciera dar resultados. Tal vez quiera decirme que la otra persona es tan difícil, que no hay argumentos que valgan, ni razones. De hecho, es muy probable que usted “pensaba” que dialogaba, pero, en realidad, profundizaba el debate.

Dialogar es el sistema más efectivo de resolver asperezas porque nos llena de gratificaciones acerca a las personas y elimina las perturbaciones que provocan el debate o la discusión. Se caracteriza porque crea actitudes para promover el pensamiento creativo, abierto y nos permite hacer conscientes los prejuicios para poder alejarnos de ellos.

En el auténtico diálogo no es tan importante hablar con un tono más alto que el otro hasta aturdirlo y evitar que pueda expresarse; por el contrario, en el diálogo abierto y sincero se privilegia la escucha activa. Aquí va lo realmente revolucionario, es más importante escuchar que hablar, porque si pretendemos encontrar puntos en común para poder colaborar según los propios intereses y necesidades, necesariamente debemos escuchar a la otra parte. Nos permite reflexionar nuestras posiciones reevaluando las presunciones, las cuales, la gran mayoría de las veces, están llenas de prejuicios involuntarios.

Lo increíblemente maravilloso del diálogo es que nos permite convertir las quejas en pedidos porque no se desacredita, ni mucho menos es necesario ofender. Demanda inteligencia y resulta sumamente más económico, desde lo emocional y afectivo, que el debate o la discusión. Las dos partes se acercan mucho más a satisfacer sus necesidades.

La cuestión es que muchas veces se confunde el diálogo con el debate. El diálogo es colaborativo por naturaleza, el debate es competitivo. Si yo quiero vencer un debate, tengo que abusar de las quejas y buscar argumentos para rebatir los de la otra parte. En pocas palabras, nos dogmatiza, convierte nuestros pensamientos fundamentalistas en una pobre manera de batallar. La escucha de ningún modo es sincera y abierta, por el contrario, sólo se escucha para hallar brechas dialécticas para poder criticar, y muchas de manera violenta. Se lastima y se es lastimado. Nos pone nerviosos porque sabemos que ganamos o perdemos. Lejos de hallar una visión crítica de la situación, se critica al otro. La grieta se hace más profunda porque las posiciones se cristalizan, nuestro honor está en juego; cuando lo reamente indispensable en los conflictos no pasa por mantener posiciones, sino por legitimar los verdaderos intereses y necesidades.

Si optamos por el diálogo, debemos ser conscientes de que hay errores o vicios lingüísticos en los cuales podemos incurrir. Estos verdaderos enemigos de la comunicación asertiva serán nuestro tema la próxima semana.

A la enorme comunidad de hispanos lectores de LatinoCalifornia la invito a comunicarse con el número telefónico que se encuentra al final para expresar sus dudas o consultas. Hasta la semana que viene.

 

*Carlos Rubén Pérez

Licenciado en Resolución de Conflictos y Mediación por la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Profesor de Filosofía por el Instituto Superior Goya.

Certificado en Coach por la Universidad Tecnológica Nacional de Buenos Aires.

Docente. Escritor. Comunicador. Conferencista internacional. Embajador Cultural Asorbaex de España.

Contacto para asesoramientos, consultas y mentorías: whatsApps +54 9 3777 643927

 

 

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