Los horribles golpes de un Golpe de Estado


 

Francisco Leal Díaz.

Santiago de Chile. El pasado 11 de septiembre se cumplieron 39 años del sangriento golpe de Estado acaecido en Chile, en el cual es derrocado el Presidente Constitucional, Salvador Allende, el primer socialista del mundo elegido Presidente de la nación mediante la vía del voto. Allende resiste en La Moneda y muere en su puesto de gobernante leal a su pueblo.

No obstante, la oligarquía chilena que históricamente ha usufructuado del poder económico y político en este país, preparó meticulosamente la asonada golpista utilizando al militarismo para concretar las viles acciones que conmovieron al mundo aquella aciaga mañana del 11 de septiembre de 1973.

Con inusitada violencia, las Fuerzas Armadas se alzaron para derrocar a Allende —atendiendo el clamor de la oligarquía y los poderes fácticos—, fuerzas a las cuales se unió tardíamente Augusto Pinochet, General en Jefe del Ejército considerado “hombre de confianza” de Allende. En pleno bombardeo a La Moneda —el Palacio de Gobierno, situado en el corazón de Santiago, la capital chilena—, aquel martes 11 Allende alcanzó a detectar la traición del general fascista, a quien calificó de “general rastrero”. Esto lo dijo poco antes de morir, en un mensaje que logró salir al aire por las ondas de Radio Magallanes: “Más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas, para que pase el hombre libre de Chile”.

Allende supo morir con dignidad; su muerte queda en el misterio subsistiendo las dos versiones que ha tejido la historia desde el momento de los acontecimientos. Una señala que Salvador Allende murió enfrentando a los sediciosos, a quienes combatió hasta el último momento con metralleta en mano. La otra versión, manejada por las huestes militares, asegura que el gobernante chileno se habría suicidado ante la caótica situación y el feroz bombardeo aéreo efectuado al mediodía por aviones Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile (FACh).

El edificio de La Moneda ardió por los cuatro costados y la mayoría de los hombres incondicionales a Allende sobrevivientes del bombardeo, fueron capturados, torturados, muchos de ellos fusilados; otros, detenidos-desaparecidos. En ese triste trance falleció, además, el connotado periodista chileno Augusto Olivares, asesor de prensa del gobernante derrocado y Director del Departamento de Prensa de Televisión Nacional de Chile.

Las milicias golpistas actuaron sin conmiseración, improvisando campos de concentración inicialmente en el Estadio Nacional y el Estadio Chile, donde se trasladó a cientos de prisioneros políticos, hombres y mujeres privados de libertad por pensar distinto o, sencillamente, por pertenecer a partidos políticos de izquierda. El movimiento político más golpeado fue el Partido Comunista. La inicial Junta Militar —cuyo liderazgo arrebató más tarde Pinochet—, ordenó detener y “hacer desaparecer” a todos los dirigentes de este partido político.

En efecto, tras la asonada militar los soldados iniciaron una feroz persecución contra dirigentes y militantes comunistas, a quienes sacaban a la fuerza desde sus casas a altas horas de la noche, aprovechando la complicidad del toque de queda. Mediante estas acciones nocturnas, cientos de líderes políticos y simpatizantes del Partido Comunista desaparecieron; sus cadáveres fueron arrojados en sitios eriazos e, incluso, al mar utilizando helicópteros nocturnos.

Semejante crimen ocurrió con el destacado periodista José Carrasco, “Peppone”, quien estuvo exiliado en México pero, a su retorno para integrarse a movimientos en lucha contra el fascismo pinochetista, fue detenido vilmente desde la quietud de su hogar y, pese a las súplicas de su esposa e hijos, fue arrastrado violentamente, aún en pijama. Al día siguiente apareció degollado en las inmediaciones de un cementerio.

El caso de Víctor Jara ha sido el más emblemático. El folklorista, compositor y director teatral, había sido detenido en la Universidad Técnica del Estado, institución académica que resistió heroicamente los embates de las balas sediciosas, tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Fue hecho prisionero y trasladado al Estadio Chile, recinto habilitado como campo de detenidos políticos. Allí Víctor fue masacrado tras haber sido torturado con saña.

A 39 años de este sangriento golpe de Estado, el saldo contabiliza tres mil muertos y más de mil detenidos–desaparecidos. Los chilenos tuvieron que soportar una cruel dictadura militar que se prolongó por casi 17 años. Coincidentemente, México fue uno de los países hermanos que más solidarizó con los perseguidos políticos. El embajador de México en Chile por esos años, Gonzalo Martínez Corbalá, protegió la vida de cientos de chilenos y logró el rescate de todos los asilados en vuelos que el gobierno mexicano organizó desde Ciudad de México, desafiando incluso la prepotencia del militarismo golpista.

No obstante, hay que agregar que la mano de la CIA estadounidense estuvo igualmente presente en el golpe de Estado que derrocó a Allende en 1973. El entonces canciller Henry Kissinger —obedeciendo instrucciones directas de Richard Nixon, Presidente de turno estadounidense—, se coludió con los poderes fácticos chilenos para impedir incluso que Allende asumiera la presidencia del país. Sin poder lograrlo, financió posteriormente a la oligarquía sediciosa y los poderes fácticos que no descansaron, aliados con el militarismo utilitario que se prestó para semejante traición al pueblo de Chile.

No olvidemos que, además, ciudadanos estadounidenses fueron igualmente víctimas de esta atroz rebelión militar golpista. Los periodistas Charles Horman y Frank Teruggi fueron fusilados en el Estadio Nacional… acusados de divulgar información al mundo de los sangrientos sucesos registrados entonces en Chile.


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