Leona

David Torres.

Se desprendió de todas sus pertenencias, incluyendo joyas y propiedades, para apoyar la causa independentista; sirvió de correo a los insurgentes; descubierta, fue interrogada férreamente por la Inquisición para intentar arrancarle una confesión de culpa y nombres de conspiradores, pero sin éxito; transitó por los caminos más tortuosos del México virreinal en busca de un anhelo libertario; había quedado huérfana a los 18 años de edad; por discrepancias ideológicas se alejó de la única familia que tenía; como muchas otras mujeres de ideas y de pensamientos fue recluida en un convento, fórmula de la época para apaciguar inquietudes de cambio; dio a luz a una hija en el interior de una cueva, en pleno contexto bélico, y fue desterrada a España durante un tiempo.

Descrita así, parecería una historia extraída de un argumento cinematográfico de género épico. Sin embargo, la vida de Leona Vicario –perteneciente a una de las familias más opulentas del México de fines del Siglo XVIII—fue verdadera y ejemplar.

Precisamente esos pasajes de la vida de esta mujer nacida en la Ciudad de México en 1789 son la base de la novela “Leona”, de la escritora e historiadora Celia del Palacio, quien reinvindica literariamente su invaluable contribución al proceso que transformó un territorio colonial en un país independiente.

En efecto, la efervescencia por cambiar de raíz una situación intolerable e insostenible con la corona española a principios del Siglo XIX –estallido social que no esperó más e inició el 16 de septiembre de 1810– involucró lo mismo a hombres que a mujeres de todos los niveles sociales, destacando aquellos personajes ilustrados que con propuestas y acciones contribuyeron al cambio que ya se necesitaba en ese momento, tan bien reflejado en las páginas de esta novela.

La recreación del encuentro definitivo y definitorio entre Leona Vicario y el joven yucateco estudiante de leyes Andrés Quintana Roo, a la postre también prócer patrio, aparta por un momento el aspecto histórico y hace reflexionar sobre el poder mágico que tienen todos los enamoramientos; el de Vicario y Quintana Roo fue más allá, al comprometerse con la historia y con los sentimientos. Negada su mano en matrimonio, la pareja huye y forja su propio destino, un desafío total a las “buenas costumbres” de la extensión de esa realeza en los estertores de la llamada “Nueva España”.

La huella de Leona Vicario, tan fielmente reflejada en la novela de Del Palacio –doctora en historia y especialista en la prensa del Siglo XIX–, se diversifica no sólo en su papel como integrante de la alta sociedad, entre fastuosas fiestas y elegantísimos vestidos, sino en su toma de conciencia de una realidad que ya no era compatible con su forma de ver el mundo. Para cambiar a una nación había que cambiar primero ella misma. Y eso fue lo que hizo: de la idea pasó a la acción. Y no fue la única. Baste recordar en este Bicentenario de la Independencia a Josefa Ortiz de Domínguez o Gertrudis Bocanegra, y a miles de mujeres que en el anonimato también pelearon por tener un país.

En el imaginario colectivo mundial, prácticamente la historia de todos los países se presenta como un cúmulo de actos “masculinos”; pero redescubrir y revalorar los momentos históricos más cruciales de México –incluso desde la época prehispánica– es colocar la participación de las mujeres en el justo lugar que corresponde. Leona Vicario lo creyó así y por eso dedicó su vida a esa causa, convertida en la gloria de ver cristalizada una patria en fragua, a la que ella había contribuido con total pasión. Tenía sólo 53 años al morir.

(‘Leona’, de Celia del Palacio. Editorial Suma de Letras, México, 2010)

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