El estilo Dehesa

David Torres.

Escucharlo o leerlo era una disyuntiva lúdica para quienes abrevábamos en las ramificaciones de su conocimiento. No es que una cosa la hiciera mejor que la otra, sino que su destreza verbal y estilística no tenían desperdicio alguno.Y es que Germán Dehesa –fallecido el pasado 2 de septiembre en la Ciudad de México a consecuencia de un padecimiento de cáncer– sabía mantener en su ironía expresiva el equilibrio de lo que compartía a través de sus escritos periodísticos o literarios y de lo que comentaba de viva voz. Y aun cuando el tema fuese críticamente doloroso para la idiosincrasia mexicana, no había manera de evitar darle paso a una sonrisa franca o a una definitiva y terapéutica carcajada.

Seguramente la primera referencia para muchos de sus lectores fue su columna ‘La Gaceta del Angel’, publicada en el diario Reforma durante los pasados 17 años. Sin embargo, su vertiente dramatúrgica fue la plataforma que ya lo había catapultado como un gran escritor. Títulos como “Tapadeus III”, “Monjas coronadas” o “Borges con música” dieron cuenta de su comprometida entrega a las letras. Quizá el más cercano paralelo literario en cuanto al manejo de esa combinación entre sarcasmo y crítica sin contemplaciones haya sido Jorge Ibargüengoitia, autor de, entre otras inolvidables obras, “Los relámpagos de agosto” o “Maten al león”.

Pero en el caso de Dehesa, nacido en el D.F. en 1944, su diversidad temática lo mantenía siempre al frente de una popularidad involuntaria, buscado por infinidad de lectores –repito: lectores—que se pasaban la voz como en los cuentos de Pepito: “¿Ya leíste la última de Dehesa?”, en referencia a cada columna que iba publicando.

Lo mismo ocurría con otros de sus libros, entre los que se encuentran “Viajero que vas”, “Adiós a las trampas”, “Fallaste corazón”, “Los PRIsidentes” y la infaltable “¿Cómo nos arreglamos? Prontuario de la corrupción en México”.

Es precisamente este último título el que provoca no olvidar la concienzuda puntualidad con que Germán Dehesa dio en el clavo a uno de los aspectos más bochornosos de la cultura política y social mexicana, una radiografía que, por más está decir, no concluye y que en los últimos tiempos pareciera que se enquista cada vez más, cuando la endémica desigualdad brota por doquier, exhibiendo ahora internacionalmente a un país contra el que todo tipo de fuerzas se han ensañado. Un país, claro está, que Dehesa, como millones de mexicanos más, quería hasta la ignominia.

Y cómo no iba a querer a una nación que le daba todos los temas habidos y por haber, una sociedad viva y llena de contrastes y contradicciones, con tabúes y traumas, con logros y con vida propia. Uno de ellos, la cuestión sexual y la vida de pareja, tan deliciosamente explicados hasta el último estertor de la risa en su participación como actor en la película “Cilantro y perejil”, dirigida por el cineasta Rafael Montero. En pocos minutos, Dehesa retrató la sexualidad mexicana sin tapujos de una vez y para siempre haciendo el papel de un psicólogo, y explicando, entre otras cosas, la nueva cultura del “fastsex”, o en otra palabra más concretamente agringada: “el quickie”. Si hay duda en ello, basta ver los extractos de lo antes mencionado y disfrutarlos una y otra y otra vez: http://www.youtube.com/watch?v=kXKIVRO0n8U.

Y es lamentablemente cierto, no le alcanzó a este seguidor inquebrantable de los Pumas de la UNAM el tiempo para ser testigo de qué diablos ha querido hacer el actual gobierno de México con los festejos de un bicentenario independentista que ante la intensidad de la violencia sabe a poco, ni mucho menos con el primer siglo de lo que el historiador Adolfo Gilly llamó “la revolución interrumpida”; pero la falta del también comentarista deportivo de la cadena ESPN en estos actos conmemorativos no debe desalentar a sus lectores. Su obra, su Palabra, además de ser disfrutable por jocosa, es digna de ser releída no sólo para el divertimento intelectual, sino para entender a una nación que, a pesar de toda la maledicencia en su contra, aún tiene la capacidad de reírse de sí misma. Una necesarísima autocrítica que no todos los pueblos del planeta se han atrevido a realizar.

El mayor deseo es Que Viva México en la vida y obra de este escritor y periodista condecorado como Ciudadano Distinguido por el gobierno del Distrito Federal pocos días antes de morir, y quien legó un estilo inconfundible y propio con el que ejerció un escrutinio absolutamente hilarante del país que tanto amó.

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