Entre el orgullo y el dolor

CIUDAD DE MEXICO.- Los que estuvimos ahí, y aun los que estuvieron sin estar presentes, nos dimos cuenta de que la

David Torres.

más nacional de todas las noches mexicanas fue el marco perfecto para emancipar a la conciencia de todos los prejuicios que se han erigido en torno de un país que no difiere de otros respecto de sus vicios y virtudes.

El grito de ese alrededor de millón de personas reunidas en el Zócalo de la Ciudad de México la noche del pasado 15 de septiembre solidificó la idea de que, independientemente del mandatario en turno –que en realidad siempre es lo de menos—ninguna amenaza iba a interrumpir la expresión popular ni a obstaculizar el derecho de volcarse en favor de su historia y su cultura.

Es decir, quienes estuvimos ahí, y aun los que estuvieron sin estar presentes, nos percatamos de que la unidad nacional está por encima de la violencia y de los dirigentes de un país como México, una de cuyas regiones geográficas sufre en estos momentos las secuelas del huracán Karl, sobre todo en Veracruz, con saldo de 12 muertos y alrededor de un millón de damnificados, además de miles de viviendas destruidas, así como cientos de familias en medio de la peor zozobra.

Y sí, efectivamente, la información de las actividades de la delincuencia organizada continuó su curso, pero al mismo tiempo la marcha de la nación de los mexicanos –no de su gobierno ni de sus narcotraficantes—siguió tan normal como ha sido su historia. Violencia siempre ha habido; superación de la misma también, sobre todo cuando se ha tratado de defender a una patria en eterna trascendencia.

Los que estuvimos ahí, y aun los que estuvieron sin estar presentes, confirmamos cómo una ciudad resurgió de entre sus propios escombros, al conmemorarse los 25 años de aquel devastador terremoto del 19 de septiembre de 1985, cuando a las 7:19 de la mañana de ese fatídico día la sociedad cambió para siempre.

Recordar no sólo el sismo y su réplica del día siguiente, sino la espontaneidad con que la ciudadanía decidió tomar el control de la situación fue el aspecto más emotivo de dicha rememoración: la solidaridad, término tan abstracto como tan manido en boca de los políticos, mostró su verdadero sentido en las manos de todos los que, en la medida de nuestras posibilidades, participamos durante esos largos días y noches de angustia para ayudar al que había caído en desgracia, quizá buscándonos a nosotros mismos debajo de las piedras.

Quienes estuvimos ahí, y aun los que estuvieron sin estar presentes, también supimos que la disciplina de la prevención es ahora parte de la cultura sísmica de una ciudad con estructuras todavía vulnerables, al sumarnos al simulacro de evacuación llevado a cabo el lunes 20 de septiembre pasado en diferentes zonas, operativo que sirvió al menos para visualizar en términos cuantitativos la gran responsabilidad de estar preparado no sólo para superar el miedo natural que sobreviene ante un movimiento telúrico, sino para sumarse de inmediato a las tareas de rescate.

Quienes estuvimos ahí, y aun los que estuvieron sin estar presentes, nos dimos cuenta de que el orgullo académico es una sensación real, cuando la hoy Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) cumplió sus primeros 100 años de vida, luego de que fuera fundada en un pequeño edificio del Centro Histórico de la Ciudad de México en el último año del gobierno de Porfirio Díaz. Recorrer la calles de ese espacio céntrico hasta el Anfiteatro Simón Bolívar, al lado de decenas de académicos, estudiantes, egresados y autoridades –entre vivas y goyas– representó la continuación de ese esfuerzo histórico, educativo e intelectual que ha sido desde su nacimiento.

Tres conmemoraciones en menos de una semana –el Bicentenario de la Independencia, los sismos de 1985 y el Centenario de la Máxima Casa de Estudios—nos hicieron recordar a quienes estuvimos ahí, y aun a los que estuvieron sin estar presentes, que México, como ese país que vive entre el orgullo y el dolor permanentemente, ni se ha acabado como muchos agoreros quisieran ver, ni dejará de poner su cuota de historia a partir de lo que ha recorrido en tantos siglos, pero sobre todo en el vasto espacio-tiempo que le resta por reconstruirse y transformarse en el espejo de sus propias alegorías, hazañas e injusticias.

Ni más ni menos que cualquiera otra nación en el mundo, para legado de quienes al paso de los siglos estén ahí, y aun para quienes estemos, ya sin estar presentes.

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