Malas intenciones

Róger Lindo


DOS AÑOS BASTAN y sobran para aquilatar a Nayib Bukele presidente, y llegar a la conclusión de que los últimos 24 meses fueron un desperdicio de tiempo. Nada bueno qué celebrar o esperar. Abundantes abusos de poder sin transformación social: una nueva banda se pone a la cola para la piñata que viene. Para una parte de la izquierda, el bukelismo encarna la «revolución», otros saben que nada más es un negocio. Al capital, por su parte, se le presenta una encrucijada: algunos estarán asustados, han perdido para siempre el control del Estado; otros, más pragmáticos, le apuestan a capear la ola y explorar frescas oportunidades de negocios. Aquí se pueden filtrar dos valoraciones. Una, que Bukele no es antioligarca. Nada le gustaría más que atraer a su proyecto a la cúpula empresarial –bajo sus términos, por supuesto.  En segundo lugar, sus diatribas contra el FMLN persiguen borrar una alegoría, pero cuidándose de dejar intacta a una camarilla del partido de izquierda que se subió a su barco. Para esta, Bukele era su candidato. La única certeza es que, de aquí en adelante, viene un camino escabroso para El Salvador. Eventualmente, nadie escapará a las sacudidas.

Si disolver la Corte de lo Constitucional de la Suprema Corte de Justicia y remover al fiscal general fueron las primeras etapas de un blitzkrieg en marcha, la amenaza de una venidera quinta fase evoca una especie de «solución final». Para qué tanto misterio, de lo que se trata es de acallar a la prensa independiente, neutralizar o encerrar a las voces disidentes, desbaratar las organizaciones de la sociedad civil, liquidar los remanentes de pluripartidismo. Afortunadamente, echan a volar semillas de movimientos alternativos, sobre todo gente joven que se permite plantarle cara a este supuesto destino manifiesto que encarna el líder de Nuevas Ideas.

Desde junio de 2019 asistimos a una descarnada desnaturalización del Estado y la función administrativa». La heráldica y los logos son trasteados: la simbología debe responder a la nueva estética del poder. No se reconocen atribuciones, funciones, roles institucionales. Generales, diputados, secretarios o ministros trabajan para el mismo patrón. Se desdibujan las identidades. Un militar saldrá a repartir bolsas de alimentos o se pondrá a la cabeza de una fila de vacunación (usurpando un rol que debería recaer en un profesional o un administrador sanitario). Un agente de la Policía Nacional Civil (PNC) actuará como un agente de la Policía Nacional (PN), que creíamos desaparecida en virtud de los Acuerdos de Paz de 1992. La lealtad es el pizarrón en blanco en que el líder puede escribir lo que le venga en gana.

Si el presidente salvadoreño inició su mandato con cien puntos, el tiempo se los irá descontando. Tendría que ofrecer muchas obras de beneficio popular a cambio del poder absoluto que reclama. De lo contrario, cuando el capital político se agote, no le cuadrarán las cuentas de popularidad.

Bukele se dedicó desde su arranque a cultivar adversarios, algunos poderosos e implacables que ya empiezan a pasarle factura. Si el total de los que critican o disienten o dudan resbalan automáticamente en la categoría de enemigos, llegará el tiempo en que sean incontables.

Róger Lindo es escritor y periodista.

 

 

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