Silencio oprobioso

María Luisa Arredondo.
María Luisa Arredondo.

María Luisa Arredondo*

El despido de Steve Bannon es, sin lugar a dudas, una buena noticia. El exestratega de Trump era la voz más poderosa en la Casa Blanca a favor de la agenda ultranacionalista y populista que tanta división y daño le ha causado, no solo a esta administración sino a todo el país.

La pregunta de los 64 mil es ahora si la salida de Bannon representará el fin de la lucha por las causas que éste ha defendido contra viento y marea como el proteccionismo económico, el rechazo a los inmigrantes y a los acuerdos para combatir el cambio climático. Aunque quedan varios personajes de extrema derecha dentro del gabinete de Trump, nadie representa de manera tan prominente a este movimiento como lo hacía Bannon. Por lo tanto, el único que podría continuar con la antorcha nacionalista es el propio presidente.

Trump y Bannon. Foto: PBS.
Trump y Bannon. Foto: PBS.

Si bien algunos albergan la esperanza de que Trump modere sus posturas radicales, la realidad es que hasta ahora ha dado muestras de sobra para que mantengamos los focos encendidos. Su comportamiento de la semana pasada lo exhibió por enésima ocasión como lo que realmente es: un hombre narcisista, temperamental, vacuo e ignorante que no tiene la menor idea de lo que representan la Constitución, los derechos humanos, la democracia y la humildad para admitir que cometió un error. Su renuencia a condenar de manera oportuna y decisiva a los neonazis y racistas que se congregaron hace unos días en Charlottesville es el golpe más demoledor que un presidente en la era moderna le ha asestado a los valores que son la esencia de esta gran nación.

Su obstinación para rectificar demuestra, además, su absoluta falta de liderazgo. Lejos de ser el presidente que Estados Unidos necesita para restañar sus heridas y afrontar sus problemas y retos, Trump se ha convertido en una amenaza para la democracia y la unidad.

Lo más grave de este escenario es que los líderes republicanos, que son los únicos que en este momento podrían ponerle un alto al presidente, han brillado por su ausencia. Salvo algunas excepciones notables, como las de los senadores Jeff Flake, John McCain y Lindsay Graham, los republicanos se han mantenido tibios e impasibles ante los exabruptos de Trump. Tal parece que están más preocupados por conservar sus puestos políticos y sus prebendas que por defender los valores del país. El silencio de Mitch McConnell y de Paul D. Ryan es oprobioso, por decir lo menos.

La historia, sin embargo, no perdona. Y todos aquellos que prefirieron callar a denunciar lo indefendible por indiferencia o simple cobardía serán juzgados y recordados para siempre por su falta de patriotismo.

*María Luisa Arredondo es fundadora y directora general de Latinocalifornia.com

 

 

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