Las tecnologías telúricas

Francisco Leal Díaz.

Santiago de Chile,.- El reciente movimiento telúrico que afectó a México, con epicentro en Ometepec, Guerrero, no sólo originó inquietud a lo largo y ancho del territorio mexicano. En las naciones hermanas de Latinoamérica, la noticia de este golpe de la naturaleza nos impactó del mismo modo.

Es que México “lindo y querido” está en los corazones de todos los latinoamericanos; país que nos ha obsequiado históricamente su rico acervo cultural, particularmente a través de su música y sus películas de mariachis, convirtiéndole en una nación tan cercana y querida que todo lo que allí ocurra lo experimentamos de manera muy sensible.

Máxime —como en mi caso— cuando se ha vivido en México tantos años, compartiendo las vicisitudes de esta nación hermana que llevamos en lo más profundo de nuestros pensamientos.

Yo residía en Ciudad de México cuando ocurrió el terremoto de 1985, movimiento telúrico que dejó, al menos, cerca de diez mil fallecidos. Recuerdo el caos de esos días, el dolor y la incertidumbre de ver tantos edificios derrumbados particularmente en el centro histórico de la Ciudad de México, zonas patrimoniales invaluables.

Entonces fue difícil comunicarse hacia el extranjero, por cuanto las vías telefónicas quedaron cortadas o bloqueadas. Mi familia residente en Chile particularmente mi madre, la querida señora Juanita, sufrió una extenuante desesperación al no tener noticias nuestras inmediatas. Recuerdo que las familias recurrían al consulado mexicano para establecer puentes de comunicación y localizar a parientes chilenos residentes en México. También entonces —estamos hablando de 1985—, funcionaron muy acertadamente los radio-aficionados, quienes lograron igualmente establecer puentes de comunicación para hacer llegar mensajes a familiares, ansiadamente esperados. En ese acontecimiento telúrico, mi madre y familia residente en Santiago de Chile demoraron tres días hasta recibir noticias precisas de quien escribe estas líneas.

Hoy, en tiempos de una moderna comunicación virtual, ya sea a través de chateos, e-mail, facebook, twitter, u otros mecanismos electrónicos, prácticamente la comunicación es instantánea. Por ejemplo, ocurrido el reciente sismo que asustó con justificada razón a nuestros hermanos mexicanos, a los 15 minutos —pese a la irrupción momentánea de la línea telefónica— logré comunicarme con mi hijo Emiliano, quien reside en la actualidad en Ciudad de México desarrollando actividades profesionales en el Consejo Nacional de la Cultura (Conaculta).

El desarrollo de las modernas tecnologías nos permite, por fortuna, estas asertivas y tranquilizadoras comunicaciones, particularmente en casos de emergencia.

Este inmediato enlace me permitió formarme un cuadro de la magnitud del movimiento telúrico originado en Ometepec. Y, claro, no hay nada más tranquilizador que saber que, aunque el susto fue mayúsculo, no pasó de ello, esta vez sin las lamentables desgracias registradas en el terremoto de 1985, el que padecí en carne propia cuando aún residía en el corazón de la Ciudad de México, urbe magnífica, admirada por su singular belleza arquitectónica y la calidez de su gente. ¡Como México, no hay dos!

 

 

 

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