Humor político/ Romney y la inmigración (en Carolina del Sur)

Mitt Romney.

Por Reinaldo Henriquez

Estaba convencido de que este era su turno. Ya pasó por la humillación de haber perdido una nominación hace cuatro años a manos de John McCain. Ya pagó el derecho de piso, ahora le toca a él. El Partido Republicano es respetuoso del orden.

 

Mitt Romney resentía profundamente que los medios dieran tanta atención a quien era el Antirromney en vez de centrarse en su persona, en su mensaje. Es cierto, a la larguísima lista de nombres pensados en algún momento por los medios como él o  la Antirromney, solo habían faltado Rintintin y Mr. Ed .

 

Claro, los resultados en las dos primarias habían sido menos que exuberantes. En Iowa el exgobernador salió victorioso entre la confusión de los caucus para que después le vengan a quitar el triunfo. En New Hampshire ya se anticipaba un triunfo arrasador por jugar como local, ya que era el patio trasero de su estado, Massachusetts.  Mitt Romney sentía de todas maneras que esos resultados confirmaban la inevitabilidad de su nominación.

 

“No somos como los demócratas, que se sacan a un Obama de la manga”, se decía, recordando cómo el Presidente le arrebató la nominación partidaria y arruinó la anticipada coronación a Hillary Clinton. “Somos republicanos,  no somos indisciplinados como ellos”.

 

Esta duda era producto de la ansiedad que le causaba la primaria de Carolina del Sur. Esa era la prueba de fuego de su candidatura. La historia dice que en ese campo de batalla el ungido republicano salía vencedor, mostrando la infalibilidad de su nominación. Solo los ilusos y el incómodo zumbido libertario de Ron Paul quedarían en pie, se repetía a sí mismo.

 

La meta era lograr que un electorado sureño acepte la idea de que un mormón, de familia patricia, yanqui de crianza y Wall Street de profesión, sea capaz de representar sus valores fundamentalistas cristianos.

 

Para contrarrestar la imagen de elitismo de Romney, la campaña le había prohibido hablar de dinero, después de implicar que más de 300 mil dólares ganados diciendo discursos no era mucho.

 

“Les apuesto 10 mil dólares a que puedo estar sin  hablar de plata”, había desafiado a su gente para inspirarles confianza en la nueva estrategia.

 

Romney también ya había cambiado tantas veces de postura política, para satisfacer a este electorado conservador, que sufría de pesadillas. Soñaba con un mar de gente que les hacía flip flop con las sandalias playeras como le había ocurrido a Kerry. Pero eso era insuficiente para ganar en el Sur.

 

Una de las soluciones era reforzar el mensaje en el área de inmigración. Un asesor le había dicho a Romney en una oportunidad que la cuestión de inmigración era como un barril sin fondo en un estado como Carolina del Sur, que tiene una de las leyes más estrictas del país en contra de los inmigrantes.

 

.-“No hay límites para acusar a los ilegales de todo lo que ocurre. Ya sabemos  por las leyes que tienen que eso enardece a los votantes y nosotros… digo usted, gobernador, tiene la solución para el problema”,  decía el asesor John Kickoutaliens con entusiasmo enfermizo . “Mano dura, que nunca es demasiado.  gobernador, tenemos que ser los dueños del tema de inmigración”.

 

Para Romney el tema de inmigración ni le iba ni le venía. Nunca  había sido una preocupación. A él nunca le incomodó ni le importó la condición legal de sus jardineros mientras hicieran un buen trabajo. Él lo valoraba y lo pagaba. Tampoco le hizo mella exigirles a esos mismos jardineros que tuvieran papeles cuando decidió lanzar su candidatura para no exponerse a la crítica.

 

Su padre había nacido en México, en una colonia estadounidense de mormones, pero Mitt nunca sintió realmente una identidad hispana y menos vivió de cerca  la experiencia  inmigrante. En todo caso hablaba francés, no español.

 

“Les apuesto 10 mil dólares que ganamos con inmigración”, dijo Romney en señal de respaldo a la idea.

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Como primera medida Romney continúo criticando la ley del DREAM Act y prometiendo que la vetaría. Luego el candidato sacó un as de la manga al anunciar el respaldo del secretario de Estado de Kansas, Kris Kobach, quien fuera el autor intelectual  de las leyes contra la inmigración de Alabama,  Arizona, Carolina del Sur y Georgia. Ya estaba listo para enfrentar al rival más duro en el área de inmigración, Rick Perry.

 

Nadie recuerda bien de quién fue la idea, algunos dicen que surgió del gobernador de Texas que siempre soñó con un enfrentamiento como el OK Corral, pero sobre inmigración.

 

El escenario fue una granja, y la meta era conseguir el respaldo de los agricultores reunidos con el mensaje contra los indocumentados. El candidato que consiguiera convencer a los granjeros de tener la posición más dura ganará,  y ese triunfo correrá como pólvora a lo largo del estado, era el razonamiento de las campañas.

 

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Romney llegó primero con Kobach, y cuando se alistaba a comenzar su discurso ante los presentes, se vio la nube de polvo que dejaba la camioneta de Perry, acercándose al lugar.

 

El gobernador de Texas detuvo el vehículo y detrás de la caja saltó Joe Arpaio con un calzoncillo rosa en la mano y gritando:

 

— ¡Todos los ilegales están detenidos! ¡A ponerse la ropa interior! Pero, ¿dónde están? ¿dónde están?, dijo el sheriff de Arizona con desconcierto.

 

Arpaio había respaldado a Perry a regañadientes porque creía que el gobernador era un oportunista,  ya que con anterioridad había respaldado el DREAM Act de Texas.  Sin embargo,  la promesa de dirigir el Departamento de Seguridad Interna en caso de que Perry llegara a la Casa Blanca, era una oferta imposible de rechazar.

 

Kobach estaba listo para explicar las leyes que ayudó a elaborar, y Arpaio —quién no había encontrado indocumentados en el camino—  contrató unos desocupados para poder mostrar cómo se arrestan a los indocumentados. La meta era ver quién lograba más apoyo con su técnica de persuasión.

 

— Paren , paren, paren—, dijo uno de los granjeros reunidos.—El problema ahora no son los ilegales, sino es la cosecha que se está pudriendo y no hay quien recoja los tomates.

 

La ley de inmigración aprobada en Carolina del Sur era tan estricta, que la fuerza laboral de trabajadores temporales indocumentados se había ido por temor a la deportación, causando pérdidas en el campo.

 

— En vez de solo hablar, porque no hacen algo más útil. Hagan una competencia de quién de los dos recoge más y nosotros respaldamos al ganador—, dijo otro agricultor.

 

La propuesta no era la esperada por las campañas. Ya se veía que la disputa no iba a ser pareja. Kobach a los 45 años de edad luce más joven y mantiene una buena condición física. Arpaio, con sobrepeso y al borde de los 80 años no era rival alguno. Pero el sheriff ya se veía dirigiendo la Agencia de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). Se imaginaba vigilando su frontera majestuosamente desde una colina. Por nada del mundo podría perder esa oportunidad.

 

— ¡Largaron!—, fue la señal para que el profesor-legislador y el

sheriff tomaran las canastas y empezaran a recoger los tomates.

 

El sol estaba fuerte. Arpaio a los cinco minutos ya resoplaba, su cara regordeta tenía los cachetes colorados en medio de las plantas.

 

“ICE, TSA, el guardacosta, todo será mío”, se repetía a sí mismo para darse ánimo, aunque ya iba trastabillando.

 

— Los ilegales, los terroristas, los homosexuales… ¡Todos contra mí y yo contra ellos! ¡Marchen todos, presos!—, gritó Arpaio, en delirio mientras echaba espuma por la boca y   antes de desmayarse.

 

La victoria de Kobach fue fácil. Romney lo felicitaba efusivamente mientras que Perry, con esfuerzo, levantaba al sheriff del piso y lo tiraba en la caja de la camioneta para luego irse sin decir nada.

 

La derrota había calado fuerte en el ánimo del gobernador de Texas. Ya pensaba en el retiro, pero lo iba a hacer sin dar una estocada final a Romney, respaldando a Newt Gingrich.

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La victoria sobre Perry le había confirmado a Romney de que él sería el ganador de Carolina del Sur.

 

“Nunca les va bien a los candidatos que cambian de posición”, era la lección que había aprendido de la campaña de Perry.

 

Miraba meditabundo la noche desde el balcón de su hotel, mientras se regocijaba de tener la cuestión migratoria en un puño.

 

“¿A quién le cobro los 10 mil dólares de la apuesta?”, pensaba Perry hasta que escuchó un ruido detrás suyo.

 

— Está muy mal m’hijo—, dijo una voz en español.

 

Romney se dio vuelta y vio a un hombre con el torso desnudo, vistiendo una colorida mascara de lucha libre mexicana.

 

— ¿Quién eres tú?”, preguntó el precandidato.

 

— Soy el espíritu del Romney mexicano—, respondió el hombre con acento español.

 

— No tenemos nada de mexicano. Mi padre estuvo hasta los cinco años de edad y nada más.

 

— Eso no es todo. Él respiró el aire, pisó la tierra, el sol calentó sus sienes y la luna arrulló su sueño. No es una cuestión de aprender, sino de haberlo mamado de niño. Esto no se elige, se es o no se es, y tú lo eres.

 

Y continuó:

 

— ¿Por qué atacas a los jóvenes soñadores que quieren superarse? ¿Por qué quieres separar a las familias? ¿Por qué quieres deportar a los indocumentados que día a día trabajan honradamente?”, preguntó el enmascarado.

 

Las palabras tocaron lo más íntimo de su ser. Hizo una pausa,  reflexionó y dijo:

 

— Tienes razón hay algo que está mal, pero no se puede hacer nada ahora—, dijo Romney. Y repuso: —¿Por qué no vienes conmigo a California y Texas durante la elección general, me visto de charro y hasta como mole picante?

 

El Romney mexicano le escuchó con horror, y espantado desapareció rápidamente en la noche.

 

— Qué lástima que se fue. Le hubiera apostado 10 mil dólares que puedo ser más mexicano que el burrito.

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— Reinaldo Henriquez es un periodista con mas de 25 años escribiendo sobre politica de Estados Unidos.  Henriquez.reinaldo@gmail.com

 

 

 

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