Entre la ley y el corazón

Por Rubén Moreno

Con licencia o sin ella, los inmigrantes en Los Ángeles se ven obligados a seguir lo que hace el resto de la población: conducir. En una metrópoli tan kilométrica, depender del transporte público no está entre las mejores opciones. Mucho menos cuando vives contrarreloj y cruzar la ciudad puede ser una odisea de tres horas.

Entre los inmigrantes sin documentos que viajan en metro o autobús apuesto que, en su gran mayoría, lo hacen porque –además de no tener licencia- no disponen de los medios suficientes para comprarse un vehículo. Lo difícil no es aprender a conducir ni perder el miedo a salir a la calle tras el volante, lo difícil es conseguir uno en dónde desplazarte.

Y cuando ahí está la oportunidad… ¡vámonos! Que llegamos tarde.

Si los indocumentados deben o no poder conducir es un tema que seguirá en boca de muchos, con sus respectivos simpatizantes y detractores, por más que haya leyes que digan una u otra cosa. Lo vimos anoche en Northrdige cuando decenas de personas llegaron para criticar o glorificar el nuevo reglamento de la policía de Los Ángeles:  está prohibido confiscar los autos de quienes sean sorprendidos conduciendo sin un permiso para hacerlo.

Por supuesto que los dueños de grúas se han opuesto a la medida presentada por el alcalde y respaldada por el jefe de la policía. Pero lo interesante es cómo personas de a pie continúan vertiendo su ¿odio?

Razón no les falta en oponerse al nuevo reglamento. Gozar de los mismos beneficios que tiene un residente legal cuando eres indocumentado le da una bofetada al sistema de inmigración y más a quienes con sacrificio también llegaron a este país pero lo hicieron por la vía que marcan las leyes. Es como saltarse la fila y recompensar por hacerlo.

Pero, ¿quiénes son realmente los indocumentados que conducen? Y, ¿cómo es que está demostrado que son ellos los que provocan más accidentes? El tráfico es tan complejo que vaya usted a saber quién tuvo la culpa.

Me atrevería a decir que hay más conductores con licencia infringiendo la ley al estar al volante con el teléfono que indocumentados provocando por ahí accidentes. Salgan a la calle y lo comprueben.

Quienes manejan sin permiso son mamás que llevan a sus hijos a la escuela, que llegan al supermercado a hacer la compra o que cargan el canasto de ropa sucia camino de la lavandería. Siempre se ha dicho que conducir es un derecho, no un privilegio, pero también hay mucho de cierto en que, en una metrópoli como Los Ángeles, ese derecho queda prohibido cuando no puedes llegar a tiempo a los sitios.

Quisiera imaginar una mañana con menos niños que lleguen a la escuela, con menos ventas en las tiendas y con menos trabajadores en sus puestos. Con licencia o sin ella, los indocumentados contribuyen a la economía de este país que se empecina en no reconocer su aportación. Mejor aún sería si pudieran incluso gastar en adquirir un seguro.

Vinieron aquí para salir adelante porque en sus países no pudieron. Muy pocos son los que emigran por gusto. ¿Debe prevalecer la ley o debemos tocarnos el corazón con ellos?

Esa es la pregunta que sigue caldeando los ánimos cuando de indocumentados y licencias se trata. Nada más lejos de la realidad fue lo que se vivió anoche, cuando alguien que apoyó la medida en español fue increpada al son de “Esto es América”

En efecto, esto es América. Desde Canadá hasta la Patagonia. Y en esa América se habla español en la mayoría de los países del continente, al igual que se habla en  muchas ciudades de Estados Unidos, donde la declaración de un idioma oficial brilla por su ausencia.

¿Será acaso que aquellos que increpan ya se les olvidó algunas nociones básicas de geografía e historia? Quiero creer que no, que son simples frustraciones de un país del que siempre se ha dicho que es tierra de leyes, pero también de inmigrantes. Aquellos que vienen a ganarse la vida de buen corazón y se arriesgan a ponerse tras el volante.

¿Serán incompatibles ambas realidades?

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