La ruta de Egipto

Más allá de la arrogancia que confiere todo poder, la ceguera que se le enquista a quien lo ostenta lo convierte en un

David Torres.

peligro latente para su propio pueblo. Hosni Mubarak es el más reciente ejemplo de un personaje así: después de 30 años en el gobierno se dio cuenta de que su legado político no se corresponde con los anhelos de diversas generaciones de egipcios, que a voz en cuello le gritaban que se fuera, hartos ya de los niveles de pobreza en el país y de la falta de libertades que, aseguraban, los había mantenido prácticamente en las sombras bajo su régimen.

Y aun así Mubarak decía que no se iba.

Era un pulso en extremo desafiante, que no sólo ahondaba la crisis en esa nación, con sus más de 80 millones de habitantes (16 millones de los cuales viven por debajo de la línea de la pobreza, según Amnistía Internacional, esto es, uno de cada cinco), sino que de su desenlace dependía la seguridad de esa región del mundo y también el curso de la historia contemporánea.

Es, sin duda, el hecho histórico más significativo en lo que va de este siglo en el terreno de la política y, sobre todo, de la democracia: el gobierno del pueblo, según la tradición griega. En este caso una revolución que los egipcios ganaron con su voz y sus protestas.

Es ya irrefutable el que la inmensa mayoría de los egipcios no deseaba más a Mubarak como su presidente. Los medios de comunicación y las llamadas redes sociales daban cuenta puntualmente de las multitudinarias manifestaciones en la plaza Tahrir de El Cairo, así como de los leves cambios a los que había accedido el mandatario, como legar plenos poderes de decisión al vicepresidente Omar Suleiman, ex jefe de los servicios de inteligencia, o nombrar como primer ministro a otro militar, Ahmed Shafik, e incluso hacer a un lado de la sucesión a su hijo Gamal, a quien perfilaba para el cargo y continuar de ese modo la dinastía Mubarak.

Es decir, ante los ojos del mundo entero los propios egipcios exhibieron de manera vergonzosa a su presidente, lo desacreditaron como líder, hicieron ver que su forma de gobernar no había redituado el beneficio social al que aspira naturalmente todo país y apaciguaron la reacción de las fuerzas armadas, que en buena medida se mantuvieron al margen, si no es que estaban en franco apoyo a la revuelta, que dejó alrededor de 300 muertos.

¿Qué más prueba de inutilidad necesitaba un régimen que el rechazo absoluto de su propio pueblo para apartarse del camino?

Túnez lo logró, al presionar para que saliera del poder Zine El Abidine Ben Ali, luego de la indignación popular causada por la autoinmolación del joven Mohamed Bouazizi, quien protestaba de ese modo contra toda clase de ignominias infligidas no solamente a él y a su familia, sino a todo el pueblo tunecino por parte de un régimen autoritario y contaminado de nepotismo, del que sobresalía el clan Trabulsi, familia de Leila, la esposa del ahora expresidente.

Estaba claro que la indignación popular en Egipto no soportaría hasta septiembre, mes en que terminaba su período de gobierno Mubarak, aunque no se sabía si en ese tiempo se atrevería a hacer uso de la represión como último recurso para mantenerse en el poder, o lo que le quedaba de él.

Pero lo que queda aún más claro después de la lección egipcia es que si el modelo autoritario-neoliberal fue diseñado para neutralizar las reacciones sociales, situación que se extendió por muchos años, sus resultados traducidos en mayor pobreza, desigualdad y corrupción están haciendo despertar a los pueblos más desprotegidos del planeta, y a aquellos cuyos gobiernos se han eternizado en el poder con base en otro sistema político-económico.

¿Quién sigue después de Egipto?

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