Felicidad y neoliberalismo

«Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables».

  • Adam Smith

Carlos Rubén Pérez*

Ética a Nicómaco, obra de Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.), comienza con una afirmación contundente: toda acción humana busca un fin o bien supremo, que es la felicidad. Esta se logra mediante una vida virtuosa, plena y completa.

El escocés Adam Smith (1723-1790) es considerado, por algunos, el padre de la economía moderna. Filosóficamente se lo asocia con la Ilustración de su país como autor de base para entender los mecanismos de la economía actual. En su obra La riqueza de las naciones (1776), desarrolla la teoría de la «manoinvisible», según la cual el interés individual termina promoviendo el bienestar de la sociedad a través del libre mercado, tal como si una mano invisible lo guiara. Sin embargo, Smith reconoce que la intervención del Estado es necesaria para asegurar la infraestructura, la justicia y la defensa; aquello que el sector privado no puede proveer.

El filósofo estadounidense Noam Chomsky (1928) critica a Smith porque, según él,  en la llamada «máxima vil» (todo para nosotros y nada para ellos) se propone la deshumanización de la sociedad.

Chomsky explora la supuesta libertad que el mercado promete. Para ello, caracteriza los tres pilares del neoliberalismo, a saber:

  • Privatización de lo público.
  • Desregulación del trabajo.
  • Individualización de los riesgos.

Según esto, la libertad que se nos promete —por ejemplo, a través de los trabajos por aplicaciones, expresión más salvaje del neoliberalismo— termina resultando en la liberación del mercado de sus responsabilidades sociales y en la explotación de la inmensa mayoría. En este esquema no hay jefe; sin embargo, el algoritmo controla las dinámicas con la potestad de premiar y castigar.

El neoliberalismo convierte el fracaso del sistema en fracasos individuales. El desempleo, los bajos salarios y la pobreza se reducen a una supuesta falta de mentalidad emprendedora: se es pobre porque no se quiere tener disciplina empresarial. De este modo, se dejan de lado las capacidades diferentes y las contingencias de salud, tanto físicas como mentales. Al fin y al cabo, por gracia y sabiduría de la naturaleza, no todos tenemos mentalidad empresarial; la riqueza de la humanidad reside, precisamente, en la diversidad.

Pero no solo Chomsky es crítico del neoliberalismo; también lo es la Iglesia católica. Por ejemplo, a través de las encíclicas Fratelli tutti y Laudato si’, el papa Francisco lo define como un sistema económico global perverso que mantiene a los pobres en la miseria mientras enriquece a unos pocos. Asimismo, compara el individualismo radical que promueve este sistema con un virus que ataca la solidaridad y la fraternidad.

En la actualidad, influido por esta visión de Smith y otros autores más radicalizados, el Estado pasa a ser visto como un enemigo culpable de intervenir en nuestras vidas y acarrearnos miseria e infelicidad. Bajo esta premisa,  la máxima absoluta pasa a ser «no al Estado».

Sin embargo, la realidad nos dice una cosa totalmente diferente. En los países catalogados como los más felices del mundo —por lo general, los nórdicos— el Estado tiene una presencia fuerte y activa en la vida de las personas. Citando por orden a los primeros del top 10 de felicidad, encontramos a Finlandia, Dinamarca, Islandia, Suecia, Países Bajos y Noruega.

¿Qué caracteriza a estas naciones? Según sus habitantes: servicios públicos de calidad, baja desigualdad en el bienestar, sentido de comunidad, equilibrio laboral y personal, enfoque de sostenibilidad, apoyo social y un acceso a la educación y a la salud con altos estándares. A esto se suman otros factores que no dependen del ser humano como la belleza de sus entornos naturales.

Entre los valores que persiguen los países nórdicos se encuentran la solidaridad, el comunitarismo, la tolerancia, la bondad y la cooperación; principios que la economía neoliberal no tiene en cuenta en absoluto. De hecho, si escuchamos a algunos líderes mundiales, parece ser que la solidaridad es casi una debilidad de carácter. Sin embargo, estos son valores que, si son fortalecidos desde la educación, difícilmente promoverán la infelicidad y la corrupción en la sociedad.

La finlandesa Jennifer de Paola, psicóloga clínica e investigadora de la Universidad de Helsinki especializada en felicidad y bienestar, intenta comprender científicamente qué define a una vida exitosa y feliz. En una nota publicada por Infobae (20-05-25) explica: «En Estados Unidos el éxito se asocia con la acumulación de riqueza; en Finlandia, con una vida equilibrada».

Desde este artículo, queda abierta la invitación a pensar, como individuos responsables de la siguiente generación, qué clase de sociedad les legaremos a nuestros hijos: una basada en la igualdad de oportunidades —espina dorsal de las democracias— o una sustentada en la competitividad individualista, donde no hay lugar para el «nosotros» porque el «yo» ocupa todo el espacio vital.

Hasta la semana próxima.

 

*Carlos Rubén Pérez

Licenciado en Resolución de Conflictos y Mediación por la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Profesor de Filosofía por el Instituto Superior Goya.

Certificado en Coach por la Universidad Tecnológica Nacional de Buenos

Aires.

  • Docente. Escritor. Comunicador. Conferencista internacional. Contacto para asesoramientos, consultas y mentorías: whatsApps +54 9 3777 643927. Mail: carupegoya@live.com.ar

 

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