Raúl Castro a los cubanos: “la unidad soy yo”

Roberto Alvarez Quiñones

Si un país es invadido militarmente por otro, o sufre una guerra civil, o es golpeado por devastadores terremotos, huracanes, epidemias o plagas, es lógico, y necesario, que el gobierno exhorte a la cohesión de toda la ciudadanía, sin importar afiliación política, estatus social y económico, o creencias religiosas, para defender el suelo patrio, o para realizar ingentes tareas de recuperación, según sea el caso.

Pero si en el país no hay guerra, ni ha sido vapuleado por una catástrofe natural, todo llamamiento político gubernamental a la “unidad nacional” es típicamente totalitario. Huele a partido único. Y lo es.

Se trata de una trampa para exacerbar los peores vapores del nacionalismo y el chovinismo ramplón, para disparar el “fervor patriótico”, movilizar a las masas, y anclar a una autocracia totalitaria afincada ante todo en la sublimación del nacionalismo, cosa típica del fascismo, más que del comunismo, que generalmente apela más al internacionalismo y la “revolución mundial”. Recordemos la consigna de “Trabajadores de todos los países, uníos”, que lanzó Karl Marx en 1848.

Llamar a la unidad política y social en un país en el que la vida nacional transcurre con normalidad es absurdo, ridículo. Solo tiene sentido si es para acabar con la pluralidad democrática política, social, económica, cultural, suprimir los derechos civiles y las libertades individuales y establecer una dictadura de partido único basada en la fuerza militar y la represión más brutal.

Si ese destrozo del engranaje democrático ya se hizo, entonces el llamamiento unitario es para amedrentar a la gente, reprimir más para apuntalar a la dictadura y sofocar cualquier atisbo de protesta popular.

Y eso exactamente fue lo que hizo hace poco Raúl Castro. Salió de su escondite y con voz ya temblorosa, pero amenazante y letal, espetó: “La unidad es nuestra principal arma estratégica (…) cuidemos la unidad más que a la niña de nuestros ojos”.

¿Unidad entre quiénes? ¿Entre los abusadores y rollizos patricios de la oligarquía dictatorial que viven a todo dar en sus mansiones millonarias, y los demacrados plebeyos, la abrumadora mayoría de la población total del país, hundidos en la pobreza extrema, el hambre y la desesperación?

El Estado soy yo” de Luis XIV, y “La revolución soy yo” de Fidel

Es un insulto hablar de unidad entre víctimas y victimarios, entre los esbirros y chivatos que reprimen en las calles y los que hambrean al país, y los reprimidos. Castro II lo sabe. Por eso resucita la muletilla de la “unidad nacional”. Les recuerda a todos la condición de tiranía totalitaria del castrismo.

El vocablo totalitarismo viene siendo el relevo semántico, e histórico, del absolutismo monárquico-parasitario que imperó en Europa desde el Renacimiento hasta la Revolución Francesa. El totalitarismo de hoy equivale al poder absoluto de los déspotas “iluminados” que se percibían a sí mismos como dioses en la Tierra. El monarca estaba por encima del Estado, no al revés.

Era tan absoluto aquel poder monárquico que al “Rey Sol” de Francia, Luis XIV, se le atribuye la frase: “L’État, c’est moi” (“El Estado soy yo”).  Lo peor es que era cierto. El Estado era él y su voluntad “divina”.

Fidel Castro en la Cuba posterior a 1959 no lo dijo públicamente, pero lo pensó todo el tiempo: “La revolución soy yo”. Y lo era. Por eso, sin freno alguno, acabó con el país. Según el contexto histórico de estos dos tiranos advertimos que Castro I tenía el mismo poder personal ad infinitum de Luis XIV.

Y quien no lo crea que responda esta pregunta: ¿qué decisión criminal o desastrosamente disparatada pudieron haber tomado déspotas absolutistas como los zares Iván el Terrible, o Pedro I; el rey Fernando VII de España, o Federico II el Grande de Prusia, que no pudo haber tomado tranquilamente Fidel Castro como Comandante en Jefe?

Para colmo Castro I disfrutaba de un lema que no se le ocurrió a ninguno de los aduladores-vividores que pululaban en las cortes europeas absolutistas, pero sí a Raúl Castro: “Donde sea, como sea, y para lo que sea, ¡Comandante en Jefe, ordene!”.

No se recuerda en la historia moderna una expresión de sumisión más pueril y vergonzosa a un jefe de gobierno: ordene, jefe, lo que se le ocurra, no importa si como país desaparecemos del mapa.

Mussolini y Hitler hacían constantes llamados a la unidad

Mussolini y Hitler hacían aparatosos y sublimados llamamientos a la unidad nacional ante gigantescas multitudes emocionadas, enardecidas, donde muchos lloraban de emoción. El Fuhrer y el Duce llevaron a niveles demenciales el nacionalismo en Italia y Alemania luego de la Primera Guerra Mundial, mientras asesinaban en las cámaras de gas a millones de judíos y antifascistas, y desataban otra guerra, la más devastadora de la historia humana.

Lenin, Trotski, Stalin, y Mao también exhortaban a la unidad de “obreros y campesinos” y del “pueblo trabajador”, mientras asesinaban a millones de ciudadanos, fusilados, o de hambre, y otros millones eran encarcelados por motivos políticos, torturados en campos de muerte en la Siberia rusa, o en regiones inhóspitas de China, Norcorea, y luego Pol Pot en Cambodia.

Y no por casualidad un llamado a la unidad nacional fue lo primero que hizo Fidel Castro al entrar en La Habana, en su enervante discurso del 8 de en ero de 1959 en el Campamento de Columbia (con una paloma blanca previamente adiestrada posada en un hombro, según explicó después Luis Conte Agüero).

Lo hizo además de forma grotesca, pues cuatro días antes, el 4 de enero de 1959, él había hecho trizas el “Pacto de Unidad Nacional Revolucionaria” del 1 de diciembre de 1958 en El Pedrero, Las Villas, firmado por el Che Guevara como representante del Movimiento 26 de Julio, y Rolando Cubela, segundo jefe del Directorio Revolucionario 13 de marzo.  

Allí se acordó que en el primer Gobierno Provisional Revolucionario estarían representadas todas las fuerzas participantes en el derrocamiento de la dictadura, incluyendo el Directorio Revolucionario 13 de Marzo.

Sin embargo, el 4 de enero, al formar el nuevo Gobierno Provisional Revolucionario, con Manuel Urrutia de “Presidente”, Fidel dejó fuera olímpicamente al Directorio 13 de Marzo y a todos los demás revolucionarios no pertenecientes a su Movimiento 26 de Julio. Esa era la “unidad nacional” que quería Castro I.

“L’unité c’est moi’ (la unidad soy yo) como

Desde entonces el señuelo unitario castrista devino piedra angular de la retórica machacona para movilizar a las masas, y para atornillarse en el poder. Y para enfrentar las supuestas amenazas de “agresión yanqui”, tener el monopolio de la fuerza militar, política, e institucional, de los medios de comunicación, de todos los poderes públicos del Estado. Y para despojar a cientos de miles de cubanos de sus propiedades legítimas, obligarlos a emigrar, e instaurar el único régimen totalitario en la historia de América.

Con su muy cacareada “unidad” Fidel Castro se convirtió en el hombre que sin ser rey, emperador, príncipe, jeque, o sultán, ha gobernado durante más tiempo en el mundo: 52 años, desde 1959 hasta 2011 cuando entregó a su hermano el omnipotente cargo de Primer Secretario del Partido Comunista. Desde hace 13 años el poder absoluto en Cuba lo ostenta Castro II, que obtuvo como sus antecesores absolutistas europeos, por derecho familiar, dinástico.

Hoy, su heredero, el ¿general? de cuatro estrellas (nunca en su vida combatió realmente), no tiene ya cargo alguno en el país, pero a sus casi 93 años sigue siendo el jefe de jefes en Cuba, por derecho propio, como monarca absoluto hasta que se vaya de este mundo.

Por eso la unidad nacional que ahora enarbola Raúl “el Cruel” encaja perfectamente con la frase de Luis XIV, si se le hace una ligera adaptación: “l’unité c’est moi’ (La unidad soy yo”).

Así es, Castro II no hizo otra cosa que reiterar a los desnutridos y desesperados cubanos que se olviden de la restauración de las libertades cercenadas hace 65 años. Que la unidad nacional en Cuba es él mismo en persona, como líder de la “revolución”. Y que es a él a quien hay que cuidar más que a la niña de los ojos. Y después de él, el diluvio.

 

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