Mi pueblo

 

“Conservas Cárcar cesa su actividad”

Un simple titular del Diario de Navarra ha sido suficiente para despertar en mí todos los recuerdos de infancia y adolescencia. “Conservas Cárcar cesa su actividad”, cinco palabras que me han producido un vacío en el estómago y un nudo en la garganta.

Conservas Cárcar (Cárcar, Navarra, España) cierra sus puertas definitivamente. Se acaba una empresa de conservas creada en 1946, ligada a un pueblo, el de mi familia materna, que ha pertenecido a mi familia durante tres generaciones. Septiembre 2012. RIP.

En este pueblo de poco más de mil habitantes pasé todos mis veranos y navidades infantiles y adolescentes con abuelos, tíos y primos.

El patio de la fábrica fue mi lugar de juegos, entre máquinas, tractores y deliciosas montañas de melocotones listos para embotar que me dieron mis buenos atracones. Nunca he vuelto a probar un melocotón así de rico.

Mis hijos llegaron a conocerla en su infancia y disfrutaron de veranos similares a los míos. Mi hija especialmente engulló y saboreó los melocotones con el mismo gusto que su mamá. Siempre nos reímos mirando sus fotografías infantiles de Cárcar. Pocas hay sin un melocotón en la mano a punto de hincarle el diente. Una de ellas destaca en su página de graduación de high school.

Aprendí a montar en bicicleta en aquel patio, entre los camiones que descargaban espárragos, tomates y alcachofas. Allí también se produjeron las mayores y más divertidas luchas con mangueras de agua que he vivido. Utilizadas para limpiar el espárrago que llegaba lleno de tierra y barro, la presión del chorro nos producían alarmantes (para nuestras madres) moretones.

En el enorme almacén, con docenas de torres como rascacielos de productos ya embotados, jugué al escondite incontables horas con mi hermano, primos y amigos.

En la trasera del almacén, donde se descartaban kilos y kilos de tomates no aptos para la conserva , luché, mejor que cualquier varón, las guerras de tomatadas.

Chorreando sangre de tomate de los pies a la cabeza, corría al rio adyacente para zambullirme en unas aguas cristalinas que aún no transmitían fiebres de malta. En la zona retenida y calmada de la represa aprendí a nadar. Sobreviví los saltos y las resbaladas ayudada por el agua de la presa al caer por el otro lado. Una actividad de alto riesgo que hoy me horrorizaría ver practicar a mis hijos.

Pero allí no había adultos para supervisar nada porque no había nada que supervisar. La libertad del pueblo para un niño no tiene límites. Salíamos después de desayunar, regresábamos a almorzar, con bocadillo merendábamos por la tarde hasta la hora de la cenar bien entrada la noche.

Este es el pueblo en el que pegué un buen bofetón a un niño que trató de poner la mano donde no debía demostrando que las muchachas de Cárcar son de armas tomar. Y este es el pueblo en el que sentí por primera vez mariposas en el estómago cuando mi primer enamorado me tomó la mano para ayudarme a salir del río.

En este pueblo me atraqué de cerezas agarradas a puñados del árbol, aprendí de mi abuela a atrapar cangrejos con reteles en el rio y a recoger caracoles, especie que poblaba los sembrados de alcachofas después de una tormenta.

A Cárcar llegó mi abuelo con poco más de 20 años. Aniceto López, huérfano desde los 12 años, un soriano muerto de hambre, se enamoró de mi abuela María Chalezquer y se fajó con medio pueblo para casarse con ella. Inaudito para un forastero.

El pueblo en el que mi abuelo, con una mano delante y otra detrás, levantó una fábrica de la nada a base de carácter, tesón y muchas agallas. Y todo con la honradez y la palabra por bandera. No existían los contratos, sin abogados. Un apretón de manos bastaba para sellar un compromiso.

Un pueblo al que también llegó mi padre, Joaquín Ubanell, con un compañero de universidad de Cárcar que le invitó a las fiestas patronales. Bailó con mi madre en la plaza del pueblo, se enamoró y no cejó en su empeño hasta casarse con ella. Otro forastero. Mi esposo también es forastero. Mi linaje está lleno de forasteros porque las mujeres de mi familia no nos achantamos ante la norma.

Un pueblo en el que lo más importante no son mis recuerdos egoístas sino la realidad de que muchos dependían de esta empresa para comer, tanto directamente con su puesto de trabajo como indirectamente porque aquí vendían sus productos agrícolas.

Y es un pueblo dentro de un país que no sabe cuidar a los suyos. Donde ya hace tiempo que no se embotaban melocotones porque los procedente de China, con sueldos de esclavo, son mucho más baratos y se importan sin un triste arancel.

Un pueblo de gente trabajadora y honrada en un país de ladrones donde uno de ellos, ahora encausado por fraude, desfalco, tráfico de drogas y varios delitos más, dejó a deber a Conservas Cárcar lo suficiente para empujarla por el precipicio en esta época de crisis. No creo que pise la cárcel.

Este es mi pueblo y tanta nostalgia me indica que me estoy haciendo vieja.

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