Ventajas de las limitaciones y una buena educación

Jesús, izquierda, fue aceptado en Harvard con una beca completa y 4.3 de promedio. Arnulfo fue aceptado en la Academia Militar West Point con un promedio 4.2 y completamente becado.

En un gran número de casos, muchos inmigrantes en Estados Unidos, trabajan incontables horas,  fines de semana y días festivos, no importa el sacrificio con tal de tener el dinero suficiente para “que nuestros hijos no vivan con las limitaciones con la que nosotros crecimos”, solemos decir.

En ese ir y venir entre trabajo y trabajo, pocas horas de calidad se invierten en la familia, y la personalidad del padre o de la madre se van debilitando ante las limitaciones del inglés, factor que inicia en una forma casi inevitable, cierta separación cultural entre padres e hijos.

En la mayoría de los casos, los padres trabajan no sólo para satisfacer las necesidades básicas de sus pequeños, sino también para cumplirles algunos de los caprichitos que suelen estar de moda y  a la orden del día, como el celular inteligente, videojuegos etc… etc.

El problema está en que muy a menudo se nos olvida involucrarnos en la vida académica de nuestros hijos,  pensamos que con sólo mandarlos a la escuela es suficiente y en muchas ocasiones ni siquiera les preguntamos:

¿Qué quieren hacer cuándo sean grandes? ¿A qué universidad quieren ir? O simplemente decirles ¡Enséñame tu tarea!  Para revisarla o siquiera verla.

Esa falta de compromiso de los padres en la educación, que en muchas ocasiones justificamos con las largas horas de trabajo para darles todo lo material, nos lleva erróneamente a concluir que si nosotros ya cumplimos con el dinero, ahora ellos tienen que cumplir con lo académico.

No nos damos cuenta que en la medida que nos ausentábamos para ir a trabajar, al mismo tiempo estábamos limitando a nuestros hijos de nuestra presencia, consejos y ejemplos;  pero eso si, les dábamos todo, o casi  todo lo que pedían materialmente, aniquilando al mismo tiempo ese motor de motivación que es la necesidad de alcanzar o conseguir algo cuando no se tiene, o se recibe con tan sólo pedirlo.

Recientemente, hablando con un joven de 18 años, nacido en Estados Unidos de padres salvadoreños , y que ya prepara las maletas para irse a la universidad de Harvard, me decía que una de sus grandes motivaciones de ser alguien en la vida es para darle a sus padres todo lo que no han podido tener y lo que no le pudieron dar.

En este caso, su madre limpia casas y su padre lava autos, nunca se han ido de vacaciones, y viven en un departamento en el sur de Los Ángeles, un área de alto riesgo para caer en las drogas o las pandillas para cualquier adolescente.

“Antes yo me preguntaba o le preguntaba a mi mamá por qué no nos llevaba a Hawaii de vacaciones, ahora ese es uno de mis objetivos, llevarlos a Hawaii cuando yo me reciba”, dijo el joven con cierto entusiasmo y con  la necesidad de querer ayudar a sus padres, como una de sus motivaciones más profundas.

Pero Miriam Morán, su madre, no sólo lo mandó  a la escuela.  Ella en muchas ocasiones iba con ellos, platicaba con sus hijos de la importancia de la educación, los obligaba a asistir en programas académicos que ella consideraba que les fueran ayudar y no le importaba sacrificar los sábados, un poco de dinero o trabajo, con tal de llevar a sus hijos a una actividad relacionada a la escuela.

“Si no quieren terminar trabajando como nosotros (sus padres) entonces tienen que ir a la universidad”, dice la madre que muy a menudo les recordaba a sus hijos.

El punto es que los jóvenes vieron el sacrificio de los padres, la importancia que su mamá y el papá le dan a la educación aunque ellos no la tuvieron, y crecieron con ciertas limitaciones materiales porque sus padres no tenían para comprarles todo lo que pedían.

Cuenta Morán que luego tenía que esconderse para que sus hijos no la vieran llorar porque los limitaba en ciertas cosas como el teléfono celular o cualquier otra actividad que les gustaba, con tal de que vieran que todo tiene un precio y si querían gozar de esos privilegios, sus hijos se lo tenían que ganar.

Gracias a esas limitaciones, disciplina y apoyo en la educación, los dos hijos menores de la familia Morán han sido aceptados en dos de las universidades más prestigiosas del país, Harvard y la Academia Militar West Point.

Ahora ella está triste porque por primera vez se separará de sus hijos, pero satisfecha porque considera que valieron  la pena las limitaciones, sacrificios y el trabajo realizado en la escuela con sus hijos.

Jesús fue aceptado en Harvard con una beca completa y 4.3 de promedio.  Arnulfo fue aceptado en la Academia Militar West Point con un promedio  4.2 y completamente becado.

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