La prima de mi familia

 

 

Rosana Ubanell.

La prima de riesgo española sube y sube. Cada cual tiene una explicación de la razón por la cual la prima tiene semejante afición a la escalada. Que si los mercados sin alma, que si los buitres especuladores, que si la Merkel y IV Reich.

 Lo cierto es que la prima no nace del vacío sideral. La prima tiene una familia y es de raza española. La prima se ha criado en el seno de un hogar donde no solamente se pidieron hipotecas, sino créditos para vacaciones en el Caribe, para celebrar bodas y comuniones y hasta para alquilarse un caballo y lucirse en la Feria del Rocío.

Muchos dirán que este es el chocolate del loro y lo es. Pero muchos chocolates juntos, son muchos chocolates. Por supuesto que hubo alguno que ni cató la tableta. Siempre los hay. El resto, cada cual a su nivel, le pegó un mordisco, más grande o más pequeño, según el tamaño de su dentadura.

 Mientras los unos se acomodaban pensiones de jubilación de millones de euros, los otros cobraban el desempleo trabajando en negro y los de la moto arramplaban con el resto en forma de aeropuertos sin aviones, trenes de alta velocidad AVEs sin pasajeros y facturas por trabajos inexistentes. Durante este tiempo, Alemania y muchos otros, se ocupaban en honrar la desgraciada máxima de Miguel de Unamuno: “Que inventen ellos”.

 La prima es una niña que fue creciendo dentro de esta familia, arropada por unos papás que permutaban calificaciones de terrenos a cambio de sobornos. La prima fue la menor de tres hermanos. Se crió con dos varones. Al mayor llegó a conocerlo poco. Para cuando tuvo uso de razón el primogénito ya estaba establecido en EE.UU. Tras realizar su master en una universidad norteamericana, recibió una oferta de trabajo y se quedó. La prima intimó más con su otro hermano menor, un “ni-ni” (ni estudia-ni trabaja) que se pasaba el día tumbado en casa y la noche de juerga con el botellón.

 La prima tiene tíos y tías, primos de primer y segundo grado. La prima tiene una extensa familia española. Y la prima está inconsolable porque su abuelito, el que en su día solía poner orden como juez, se murió de repente de un ataque fulminante al corazón en un burdel de Marbella.

 ¡Si la pobre abuela levantase la cabeza! Mejor que no o se daría cuenta de que el abuelo no era lo que parecía. Seguro que como buena aficionada a los refranes diría: “Entre todos la mataron y ella misma se murió”.

 

 

 

 


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