El Zócalo y el movimiento #Yosoy132

Joven participante en el concierto organizado el sábado 23 en el Zócalo de la Ciudad de México. Foto: David Torres/Latinocalifornia.com

David Torres

Ciudad de México.— El Zócalo. Otra vez el Zócalo. Tantas veces este Zócalo.

Parada inevitable, imprescindible. No obligada: deseada. ¿Qué tiene este espacio geográfico que ha atraído a tanta gente durante tantos siglos?

Caben todos y de todo: esos personajes que le dan vida, voluntarios e involuntarios, reales y ficticios, suprarreales, infrarreales, lúdicos, perversos, ingenuos, panfletarios, comprometidos con causas perdidas o con utopías por alcanzar, músicos de poca monta, artistas de altos vuelos, sindicalistas, indígenas, inmigrantes, libreros independientes, filántropos del desempleo, rockeros, cumbieros, salseros, sinfónicos, socialistas, románticos del concreto,  vendedores ambulantes, comunistas, católicos, la ultraderecha, la derecha a secas, millonarios, jodidos, escritores, soñadores, prófugos del cantinfleo, sonámbulos del metro, danzantes aztecas, un Miguel Hidalgo del siglo XXI deambulando con su estandarte de la Virgen de Guadalupe ad hoc o, como actualmente, integrantes y seguidores de #Yosoy132, que también han encontrado en el Zócalo un ámbito donde sus voces ya son parte de la historia.

Han recibido críticas feroces. Y cómo no, si son jóvenes y surgieron como oposición a Enrique Peña Nieto, candidato del PRI a la presidencia, lo que hace inclinarlos en automático hacia la izquierda “a la mexicana” de Andrés Manuel López Obrador, con todo y lo que eso significa. Lo que para muchos tampoco es fácil de digerir, por el manipuleo ancestral de las izquierdas en provecho de su propio capital político que no hace avanzar a nadie más que a sus burocráticas, tribales e intolerantes élites, que también las tienen.

Pero los #Yosoy132 están ahí, a la expectativa de sus propias virtudes y yerros, con-no-saber-qué-hacer pero sabiendo que-hacer-algo-es-algo-bueno. Para su generación. Para México, a pesar de ironías de críticos ajenos no solamente a lo que significa ser joven en este país, sino a la posibilidad de entender que cada quien tiene su momento. De eso se trata. ¿Que alguien los “maneja”? ¿Y quién o qué movimiento –de izquierda, derecha, centro—no tiene un origen y un objetivo, que choca con quienes no concuerdan con su existencia ni con sus actores?

Y siempre hay alguien detrás. Ni bueno ni malo: cada organización tiene su propio Tlacaélel, ese sabio poder detrás del trono.

De otro modo no funcionan las cosas aquí. Y en época preelectoral, menos, sobre todo a unos días de que el 1 de julio se confirme o no la que muchos esperan sea la “primavera mexicana” y transforme todo para bien. O lo que más se le acerque.

La generación del 68 ya fue. Sus líderes y seguidores fueron un aporte significativo para abrir la ostra de la democracia en México en su momento. La experiencia del 88 con Cuauhtémoc Cárdenas y la Corriente Democrática mostró también otro aspecto del país que se avecinaba, sin olvidar lo que hizo a su modo Manuel J. Clouthier con aquel PAN que en nada se parece al que ha fracasado hoy en sus promesas de cambio.

Y esta generación quiere y busca respuestas. A su modo, claro está. A su ritmo, por supuesto. Con el despunte apenas de su nivel de conocimientos, ni más ni menos. Con los recursos que les ha dado esta era tecnológica, a web. ¿Aprenderán? Quizá. ¿Aportarán algo positivo? Ya lo hacen, pues quienes auguraban que la juventud actual –con involuntarios “ninis” de por medio–  estaba solamente destinada a ser carne de cañón para las organizaciones de la delincuencia organizada, están demostrando que desean otro camino, cimentando el país que van a dirigir en un futuro no muy lejano, manipulados o no: unos en las ligas mayores o menores de la política de cualquier signo; otros en las disciplinas científicas; algunos más en la enseñanza y la mayoría en la fuerza laboral.

Del resultado de su gestión histórica dará cuenta el tiempo. No sus aduladores ni sus críticos y detractores.

Mientras tanto, en el Zócalo está su espacio natural, como lo ha sido de nihilistas al grito de guerra, prestidigitadores de las ideologías, alcohólicos, abstemios, candidatos Aloquesea y Aloquecaiga, mariachis, militares en desfile, presidentes en su balcón, nobles decimonónicos, arqueólogos de nubes, antropólogos fast track, jazzistas, tangueros, sanadores de almas, oradores de ayúdate-a-ti-mismo, poetas en su propia maldición, dictadores, golpistas, asesinos, regentes de antaño, jefes de gobierno de hoy, tranviarios de otros tiempos con Subida al Cielo y Esquina Bajan, bicitaxistas ecológicos, soldados estadounidenses izando su bandera en una de sus tantas intervenciones (¡maldito siglo XIX de ordeñas patrióticas!), Hernán Cortés y sus huestes aquel 13 de agosto de 1521 o Botellita de Jerez evocando a La Malinche.

Pero, sobre todo, de altruistas eternos de la Suave Patria.

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