Bajo el aura de Carlos Fuentes

David Torres

David Torres

Era uno de esos titulares de prensa que jamás se olvidan: “El mundo, en riesgo de que se lo lleve la chingada”. Lo publicaba el periódico mexicano La Jornada, que recogía una de las declaraciones más críticas que hacía Carlos Fuentes desde Valladolid, donde participaba en el segundo Congreso Internacional de la Lengua Española, en octubre de 2001, en referencia al conflicto que mantenía al planeta en vilo tras los atentados del 11 de septiembre, previendo lo que vendría en 2003 en Irak.

En realidad, el autor de La muerte de Artemio Cruz era mucho más preciso en su reflexión, pues insistía en que ante las marcadas desigualdades en el mundo, donde 3 mil millones de personas vivían solamente con lo básico, o se instauraba “desde la base de la sociedad civil una cultura humanista, o este mundo tiene todas las trazas de que se lo lleve la chingada”.

 Yo imprimí esa portada en una versión reducida y la coloqué en un muro de mi pequeño espacio en La Opinión, periódico donde trabajaba por esas fechas en Los Ángeles. Sin entender el sentido ni el significado de esa frase, no faltó quien se sintiera absurdamente ofendido, por lo que la empresa me obligó a retirar de mi lugar ese pequeño reconocimiento a la verdad histórica que expresaba Fuentes en ese momento crucial para el mundo.

A mí, la exigencia de quitar dicha copia de mi propio espacio me pareció, por supuesto, un acto de rara intolerancia y evidente ignorancia proveniente de un diario del “primer mundo”.

Pero ahora que ha muerto Carlos Fuentes, más que algunas de sus obras más significativas, como Aura, La región más transparente o Terra Nostra, esa frase fue lo primero que vino a mi memoria, en cuyo recuerdo reivindico automáticamente el pensamiento abarcador, universal, de uno de los intelectuales más preclaros, puntuales y precisos de Hispanoamérica, que no sólo colocó en el mapa mundial a las letras mexicanas contemporáneas, sino que mantuvo todo el tiempo esa pasión por escribir, y a través de la escritura desenmascarar las perversidades del poder en cualquiera de sus manifestaciones.

De hecho, ver una y otra vez su rostro en las múltiples imágenes que circularon desde el primer momento en que se confirmó su fallecimiento en la Ciudad de México a los 83 años, aún me mantiene en la natural incredulidad de que ya no está para consultarlo en cualquiera de los temas de la actualidad o del pasado, de política o de literatura, de humanismo o de historia, de lenguaje o de travesías, de cine o de filosofía.

Y es que a su modo, Fuentes encarnaba esa idea del escritor total, comprometido con las letras, sí, pero sobre todo con su realidad, con su tiempo, con su gente. Un sabio a la manera de Goethe, o un Goethe a la manera de Fausto. Tolstoi reencarnado, Dostoievski redivivo.

Años atrás, en 1993, durante una conversación en Los Ángeles a propósito de uno de sus libros (El naranjo o los círculos del tiempo), respondiendo a cada una de mis preguntas tocó  el tema de la vida y de la muerte. Dijo claramente: “Como pertenezco a una cultura que es la de México y la de España, la muerte no tiene para mí el sentido que el mundo occidental racionalista le ha dado. El mundo del progreso ha decidido separar a la vida de la muerte: primero es la vida y luego es la muerte”.

Y prosiguió: “Frente a la manera como los norteamericanos se refieren a la muerte, esta extravagante forma de decir ‘pasó’ (passed away), o a la de los franceses que son tan racionalistas al decir ‘ya no es’ (Il n’est plus), nosotros decimos simplemente ‘ya se murió’, cumplió su destino. Para nosotros la vida y la muerte no son dos cosas separadas: todo es vida, la muerte es parte de la vida. Y para mí personalmente la muerte es la condición de la vida, porque sin las muertes que me preceden yo no existiría, no podría escribir nada, no tendría un pasado. La muerte es la pérdida del futuro quizá, pero  no la del pasado. Venimos todos de la muerte, todos somos descendientes de la muerte. Eso es lo que en el Continente Americano entendieron dos supremos novelistas: William Faulkner, en Estados Unidos, y Juan Rulfo, en México”.

Tan rica y profunda era su respuesta, que la pregunta inevitable fue si alguna vez había imaginado su propia muerte. Fuentes contestó sin titubear: “Constantemente. Creo que cada vez que uno escribe imagina su muerte. Siempre me he imaginado ahogado. La muerte por agua es una imagen recurrente que tengo. Por eso entro al mar, viajo en barcos, nado, para exorcizar ese miedo, para no tenerle miedo a esa muerte. Estoy seguro de que será otra. Le tuve mucho miedo a volar y por eso mucho tiempo no tomé aviones; pero ahora es donde más a gusto me siento, escribo, leo. Va uno conquistando territorios, ¿no? Pero el último territorio que no se conquista es el de la ‘calaca pelona’ que en cuanto se le presenta a uno le dice: ‘Ahora sí, ya te chingaste’”.

La esperanza, sin embargo, no faltó en nuestra conversación, pues de hecho esta partió de una pregunta de autocrítica, sobre en qué momento consideraba que se encontraba su carrera literaria. Sonrió un poco y con amabilidad contestó: “Quisiera contar con unos buenos 20 años para terminar lo que quiero escribir. Lo escrito anteriormente, escrito está. Me apasiona lo que quiero escribir todavía, y basta ver la lista de textos que precede a la publicación de mi último libro para darme cuenta de lo que me falta por escribir. Ojalá todavía tenga tiempo de hacerlo. Yo me duermo todas las noches con el enorme deseo de que llegue la mañana cuanto antes para poder sentarme a escribir otra vez. Para mí es un enorme placer escribir, es un placer sensual, intelectual, y mientras tenga eso estoy en ese punto de mi carrera, en el de levantarme cada día a las seis de la mañana para sentarme a escribir”.

Se ha ido, en efecto, otro de los grandes escritores, de los imprescindibles e irremplazables. Pero uno del que se aprende y se aprenderá todo el tiempo, si se sigue, claro, el consejo que tan explícitamente también expresó durante aquel nuestro diálogo angelino: “El consejo que yo le doy a los escritores jóvenes es el siguiente: nalgas para sentarse a trabajar, porque de lo contrario no se consigue nada. La inspiración no nos visita acostados en la cama mirando el techo. Hay que estar sentado, trabajar y seguir la regla de Oscar Wilde: el genio es 90% transpiración y 10% inspiración”.

La muerte del autor de La frontera de cristal y Gringo viejo, entre muchos otros libros, invade de una profunda orfandad a las letras hispanas y cierra todo un ciclo de la literatura mexicana y mundial. Eso es definitivo, aun para sus críticos más insidiosos y acérrimos, que también, como muchos de nosotros, han vivido bajo el aura de Carlos Fuentes.

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