Ganar y perder

Álex Ramírez-Arballo.

La cultura de la competencia

Bien mirado, la victoria y la derrota es un asunto más bien relativo. Ganando se puede perder y perdiendo, qué duda cabe, se puede ganar. Lo que sucede es que estamos atrapados en el tiempo presente y no tenemos, por ello, la perspectiva necesaria para juzgar lo que vivimos; cuántas veces no nos ha pasado que pensando en una mala experiencia pasada alcanzamos a comprender que aquello que creímos una tragedia no era sino un simple contratiempo. Estar consciente de esto puede ayudarnos a superar los momentos difíciles que sí, siempre llegan.

En estos tiempos en los que nos encontramos viviendo se nos ha impuesto el deber de ganar a como dé lugar. Aún más, esta actitud (usualmente denominada “competitiva”) es entendida comúnmente como el signo más claro de la salud mental. Si deseas establecer alianzas, encuentro, colaboración, diálogo, es porque algo dentro de tu interior debe andar mal o  -ya de plano- sucede simplemente que eres un caso perdido. A mí no me importa mucho este rechazo, pues estoy plenamente convencido de que en lo que me quede de vida no tengo otro deber que el de procurar un cambio en la visión del mundo, en la mía propia y en la de aquellos que me rodean; es decir, busco con pasión –aunque sin temeridad- la promoción de una concepción solidaria de la existencia.

Del plato a la boca se cae la sopa, me repetía una y otra vez, con toda prudencia, mi abuela. Los años me han demostrado que este dicho está lleno de verdad: muchas veces he tenido que renunciar obligadamente a lo que casi consideraba ganado. Estas victorias prorrogadas son la mejor escuela de humildad que conozco; las caídas son una verdadera enseñanza de humildad y serenidad.

Pero volvamos a un término que he mencionado antes: competitividad. Se trata de una palabra tomada directamente del mundo de la empresa y, por tanto, implica necesariamente un carácter despersonalizado. En el mundo de los negocios, un competidor es alguien que, como al enemigo en la guerra, se debe aniquilar; de este modo, competir es equivalente en todo al discriminar y, en no pocos casos, a odiar. Como es natural, quien ha sido educado en estas circunstancias tendrá una naturalidad hostilidad hacia los demás, pues sólo cobrarán sentido para él aquellas personas a las que pueda derrotar o someter. Se trata, pues, de un comportamiento enfermizo que reduce las relaciones interpersonales a un mero ejercicio de fuerza. Los seres humanos somos más, debemos serlo, que simples bestias de pelea.

Buscar lo mejor

Creo que lo mejor es establecer relaciones en las que ambas partes salgan beneficiadas de algún modo; aún más, creo que la mejor manera de que esto suceda es precisamente renunciando a una actitud competitiva y adoptando, prudentemente, una disposición dialogante y colaborativa. No creo, a despecho de lo que puedan afirmar los pesimistas de profesión, que esto sea utópico, no; aún más, creo que tal ha de ser el destino de nuestra sociedad. La crisis económica (producto directo del “talante competitivo”) así lo demuestra: no es posible sostener un desarrollo basado en la depredación y el sometimiento infinitos. El factor humano volverá, y con fuerza.

Se trata simplemente de estar a favor de lo mejor, que somos nosotros mismos. Se trata de resignificar a la persona, otorgarle nuevamente la centralidad que nunca debió haber perdido. Para lograr todo ello es preciso olvidarnos de un término que mucho daño nos ha hecho: el individuo. No somos individuos, somos personas, y la diferencia no es cosa menor.

Ganar es tener sentido

Creo que no existe victoria más elevada que el saber por qué vivimos. Se trata, pues, de un triunfo existencial sobre el que podemos construir todo lo demás; qué razón de ser tendría cualquier proyecto humano si es que se finca sobre la absurdidad de la existencia. Ciertamente hay algunos que me podrían refutar alegando que lo que nosotros hacemos es sólo por jugar; sin embargo, creo que se trata de un argumento insuficiente: no hay juego, por divertido que sea, que no termine por aburrirnos.

Más allá de las ilusiones de la moda y el mercado, de las corporaciones y un sistema financiero que se descuaderna día a día, lo esencial humano es algo que desea acotar el absurdo y, por tanto, comprender que es lo que sucede a su alrededor. Somos no otra cosa que lectores, agentes del sentido que observan cada detalle y circunstancia tratando de escudriñar lo confuso para dar con un para qué. Ejemplos de esto que voy diciendo abundan. Piensa, por ejemplo, amigo lector, en que muchas veces se ha visto que, ante una tragedia espantosa, no pocas personas tienden a invocar un para qué de aquel horror. Sin esta capacidad de comprensión y entendimiento el ser humano seguiría siendo sólo un animal.

Por todo lo anterior, creo que el ser triunfante es aquél que sabe para qué ha nacido, independientemente de su popularidad o de sus logros económicos. Aún más, creo que adquirir esta conciencia es siempre liberador y, por tanto, transformador. El sentido, a diferencia del éxito material, es algo que no se agota y además algo a lo que todos, sin importar nuestras circunstancias concretas, podemos aspirar.

En el aula siempre he tratado de difundir estas ideas, pues nada me resulta más lamentable que el observar a un muchacho de veinte años aguijoneado por el mal de la competitividad. Algunos de ellos viven obsesionados con el reconocimiento académico y, lo que es peor, este estado de angustia les impide disfrutar plenamente de las maravillas que una persona de su edad puede gozar. Por ejemplo, esta enfermedad de la competencia termina por diseminar los grupos de muchachos y es responsable de un sectarismo cada vez mayor. Esto, por donde se le vea, es una lástima.

Ganamos al perder, como decía al comienzo de estas líneas. Ganamos al perder el miedo, la fijación por el prestigio, la obsesión por la posesión y el reconocimiento de los demás. Ganamos mucho al desear ser personas plenas en la comunidad, agentes del sentido y la alegría. Ganamos siempre al trabajar por la justicia; porque acaso no exista mayor razón de ser y estar en este mundo que el buscar, sin dramatismos protagónicos, que cada quien obtenga y disfrute aquello que merece.

 

 

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