Las malas compañías

Rosana Ubanell

La mediocridad no viene dada de nacimiento, se crea y desgraciadamente se convierte en un sistema de vida con un mecanismo de replica altamente contagioso. Es lo que ha pasado en España en los últimos años y lo que le sucede a muchas personas en su vida cotidiana. No nos engañemos, los empresarios, los políticos, los banqueros españoles no han salido del aire: se han criado en España y en la cultura imperante del país.

El español no es mediocre por naturaleza. Ponga usted a un español en un ambiente creativo, de superación, rodeado de estímulos y trabaja como el mejor. Y lo mismo vale para cualquier otro ciudadano del mundo.  Lo que pasa en España se reproduce exactamente igual en muchos otros países.

Sin embargo, se ha creado en España un ambiente tan profundamente generalizado de mediocridad que se ha convertido en la norma. Muchos se ahogan, otros se mantienen a flote siguiendo la corriente y adaptándose a la vulgaridad, mientras que los más valientes emigran buscando nuevos horizontes.

Este gran problema tiene una sencilla solución: elegir las compañías adecuadas.

En cualquier faceta de nuestras vidas tenemos la opción de seleccionar a nuestros compañeros de viaje: a nuestra pareja, a nuestros amigos, colegas de trabajo o empleados y adversarios en el deporte. De esta sencilla elección dependerá nuestro futuro.

Si  optamos por una pareja (hombre o mujer según el caso) mediocre, poco estimulante, gris, sin ambición, sin ganas de crecer y aprender, sin hambre de superación, porque creemos que esa persona será “más fácil de manejar”, no podemos echar la culpa a nadie si no alcanzamos nuestros logros.

Si nos rodeamos de amigos aburridos, incultos, poco viajados, que no leen ni un libro y no les importa el mundo que les rodea, nunca mejoraremos.

Si decidimos contratar a empleados mediocres para que no nos hagan sombra, no sacaremos nuestra empresa adelante.

Si disputamos un deporte contra un contrincante menos dotado para ganar y sentirnos superiores en lugar de elegir a uno mejor para aprender aunque perdamos, nunca nos superaremos.

¿Por qué algo tan evidente no se soluciona? Porque las personas creen que rodeándose de mediocres, su mediocridad luce mejor o incluso a lo mejor no se nota.

Un  hombre mediocre luce como un genio ante su pobre esposa, con la pata quebrada en la casa; un empresario se siente dios frente a unos humildes empleados que para ganarse el pan tienen que darle coba. Unos amigos más tontos nos hacen sentirnos importantes. Un adversario deportivo poco dotado que siempre pierde frente a ese ídolo que se cree Piqué y que no pasa de ser un desgraciado dando patadas a un balón. Craso error.

Nuestra única manera de dejar la mediocridad atrás es precisamente la contraria: rodearse de personas brillantes, estimulantes, emprendedoras,  inspiradoras, de las que siempre aprendamos algo.  Esas son las que siempre nos estarán empujando a subir un nuevo escalón, a mejorar, a superarnos, a luchar por nuestros sueños.

Pruebe a hacerlo un día. Acérquese a una de estas personas, seguro que conoce a alguna y verá lo bien que se siente pasada la primera impresión. Igual que la mediocridad se contagia, el estímulo también. Y si aún regresa a su antiguo ser, es usted un MEDIOCRE sin solución además de un COBARDE de corazón.

 

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