México: hacia dónde

Era indudable que la primera alocución de Felipe Calderón para recibir el Año Nuevo estuviese centrada en los buenos

David Torres.

deseos que todo gobernante quiere para su pueblo. Es algo que se acostumbra y que se lleva a cabo, sin más ni más. Y era obvio que también una parte de su discurso televisado hiciera mención al tema de la inseguridad y, fundamentalmente, al de la lucha contra la delincuencia organizada.

En pocas palabras dijo el mandatario que su país va en la ruta correcta.

Han pasado cuatro años de su gobierno y le faltan dos. En ese período han sido abatidas más de 30 mil personas —10 mil tan sólo en el año que terminó— durante la llamada “narcoguerra”; algunos estados del norte están bajo el control de los carteles y ahora se empieza a dar a conocer que dichas organizaciones se desplazan y tienen presencia en otras latitudes: Estados Unidos, Latinoamérica, Asia, Africa y Europa.

Por otro lado, la ola antiinmigrante en Estados Unidos empieza a crecer. Los triunfos republicanos de noviembre pasado desataron esa idea que, con el paso de los días, se va afianzando cada vez más.

Incluso otros estados, además de Arizona, ya están dispuestos a proponer iniciativas de ley para negar la ciudadanía automática a los hijos de indocumentados que nazcan en territorio estadounidense. A saber, son: Alabama, Delaware, Idaho, Indiana, Michigan, Mississippi, Montana, Nebraska, New Hampshire, Oklahoma, Pennsylvania, Texas y Utah.

Y pensar que para el estadounidense medio —incluso para el político que se supone tiene más preparación y conocimiento—, el “indocumentado” es solamente “mexicano”, a partir de una limitada imaginación entrenada por Hollywood o por reportes periodísticos parcializados sobre el vecino del sur.

Es decir, en lo que se refiere a los mexicanos, cuyas esperanzas de desarrrollo económico y educativo se ven cada vez más estrechas, los dos países que alguna vez imaginaron como la tabla de salvación para sus “realizaciones” —término utilizado por el propio mandatario mexicano en su discurso— se han convertido en una peligrosa zona de arenas movedizas.

En efecto, Calderón llamó a 2011 el año de las “realizaciones”. Pero, ¿a qué se refiere en realidad con ello?

a) ¿Mayor inversión extranjera directa?
b) ¿Aumento de salarios sin incremento desmesurado de precios?
c) ¿Creación de más y verdaderas fuentes de empleo para retener la mano de obra mexicana y evitar que emigre a Estados Unidos?
d) ¿Más oportunidades laborales y académicas para bajar las cifras de “ninis”, los jóvenes que ni estudian ni trabajan?
e) ¿Justicia para las madres de Ciudad Juárez?
f) ¿Revelar los nombres de los funcionarios de alto nivel coludidos con el narcotráfico?
g) ¿Eliminar la imagen de país con una justicia plagada de corrupción?
h) ¿Desarticular al cartel de Sinaloa, que no ha tocado en su guerra contra la delincuencia organizada?

Quizá ninguna de estas preguntas tenga respuesta concreta. Son demasiados los retos, y la ausencia de un verdadero estadista en el momento que más requiere México en su historia contemporánea está dejando sin rumbo específico a todo un país, cuya migración no se detiene y se ve en la bifurcación de un camino igualmente escabroso: por un lado, en Estados Unidos los mexicanos se verán presionados y perseguidos por una avalancha de discriminación y racismo, diseminada en los discursos de los legisladores que hablan en pro de la seguridad nacional, y apoyados cada vez más por otras comunidades igualmente hispanas, pero acomodaticias y con un recelo inocultable; por otro, en México se verán empujados hacia el norte por el ninguneo y la violencia, la injusticia y la mala administración de la riqueza.

Sí, en efecto: Calderón dice que su país está en la ruta correcta. No aclaró, sin embargo, para quién está pavimentando ese camino ni hacia dónde conduce a la mayoría de sus habitantes.

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