La Historia que no se cuenta

No habían pasado más de dos semanas después de las revelaciones de WikiLeaks, con las consecuentes incomodidades

David Torres.

políticas internacionales que produjo, cuando The New York Times dio a conocer el contenido de documentos desclasificados con información inmediata posterior al término de la Segunda Guerra Mundial: el amparo y la protección que el gobierno de Estados Unidos dispensó a diversos personajes nazis que cometieron miles de crímenes de lesa humanidad.

Entre los mencionados por el Times, basándose en el reporte “Hitler’s Shadow: Nazi War Criminals, U.S. Intelligence and the Cold War”, están Rudolf Mildner y Anton Mahler. Dicho informe, de acuerdo con el diario neoyorquino del lunes 13 de diciembre, fue preparado por un grupo creado por el Congreso, con el fin de identificar, desclasificar y, en su momento, revelar el contenido de archivos federales sobre los crímenes nazis y de los esfuerzos de los aliados por mantener bajo protección a criminales de guerra.

En el caso de Mildner, se le cita como el responsable de la ejecución de cientos, si no es que de miles, de polacos de la resistencia, amén de que como comandante de la policía alemana destacado en Dinamarca siguió las órdenes de Hitler de deportar a unos ocho mil judíos a Auschwitz.

Respecto de Mahler, se da a conocer que como agente de la Gestapo le correspondió interrogar a un líder estudiantil de nombre Hans Scholl, quien posteriormente fue decapitado, además de haber servido en la Bielorrusia ocupada, donde se le culpó de la ejecución de más de 45 mil personas, la mayoría de origen judío.

¿Qué tienen de actualidad y de particular relevancia estos dos casos que representan una de las perversidades más crueles del Siglo XX y cuya esencia, en buena medida, ya ha sido analizada y estudiada a profundidad?

La respuesta es clara: hay verdades que no convienen a ciertos poderes el ser reveladas en su momento, en función de intereses bilaterales o multilaterales, sin importar que, a la postre, sea imposible ocultarlas por más tiempo y pongan en entredicho las “bondades” que se haya autoimpuesto un determinado país para crearse una buena imagen.

En el caso de Estados Unidos, los documentos desclasificados indican que Mildner escapó de un campo de internamiento en 1946, sugiriendo que el trato indulgente de agentes estadounidenses contribuyó de algún modo a escapar, e incluso añade el documento citado por The New York Times que habría permanecido bajo custodia estadounidense para identificar “comunistas” y otros “elementos subversivos”, antes de establecerse en Argentina.

En lo que se refiere a Mahler, se recomendó que, junto con otros nazis, fuese protegido de procedimientos criminalísticos influidos políticamente en Alemania.

¡Dos o más criminales de guerra auxiliados para esconderse sin pagar por sus crímenes! Tal como ocurrió con Klaus Barbie, “El Carnicero de Lyon”, quien tras cooperar con la inteligencia estadounidense fue ayudado a irse también a Argentina.

Retomar estos ejemplos históricos de documentos desclasificados por instancias oficiales, para los que hubo que esperar más de medio siglo a fin de conocerlos o, en su defecto, confirmarlos, conduce a reivindicar como altamente importante la tarea informativa que, ya en la actualidad y haciendo uso de las nuevas tecnologías que ha acarreado internet, ha hecho, por ejemplo, WikiLeaks.

Esto es, no se trata solamente del tiempo de espera para desenmascarar al poder, ahora más rápidamente, sino de las posibilidades de evitar en lo posible nuevas atrocidades como las reveladas en el reporte de ese grupo del Congreso, que nada tiene que ver con Wikileaks.

El dominio que han ejercido los Estados hegemónicos sobre sus pueblos y otras partes del mundo ha encontrado su coto momentáneo en WikiLeaks que, a su vez, se ha convertido en la otra forma de contar la historia, aquella que no se conforma con la versión oficial de los hechos, sino que, con elementos tomados de sus propios actores –declaraciones y decisiones que sobre todo prefieren ocultar–, modifican la visión del mundo.

Esta función que ha venido a cumplir WikiLeaks en la reinterpretación de la historia contemporánea recuerda en mucho un hermoso libro del historiador y antropólogo mexicano Miguel León Portilla titulado “La visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la Conquista”, publicado en 1959, donde, a partir de escritos precisamente indígenas, se cuenta ese otro lado de las atrocidades, de cómo los pueblos originarios vivieron y padecieron la caída de Tenochtitlan y la pérdida de su esplendor a manos del mundo europeo.

Es decir, hasta ese momento sólo se tenían las fuentes escritas por el conquistador –por el vencedor— y había que conformarse con su contenido, básicamente el dictado por frailes misioneros que, además de glorificar el avasallamiento, imponían la nueva religión. Pero hacía falta el cotejo, la consulta con la parte vencida, ese otro lado que siempre enriquece la tarea del periodista, del historiador y, por qué no decirlo, del lector.

Es curioso, pero las verdades que se le han ocultado al mundo en toda su historia son directamente proporcionales a las mentiras que se le han impuesto como la verdad absoluta.

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