De niña a mujer 

Por Virginia Gaglianone

“¡Qué hermoso tu bebé, es igualito al padre!” “Todos en la familia tienen las manos del abuelo”. “Si vieras mis fotos de cuando era chica, te darías cuenta de que es idéntica a mí”.

Cada vez que alguien llega al mundo, nos apresuramos a buscarle rasgos parecidos a algún pariente, como si necesitáramos convencernos y establecer que la o el recién nacido es uno de los nuestros. Pero los rasgos y el cuerpo cambian con los años, algunos parecidos se diluyen, otros se acentúan. Se nos pegan gestos, maneras de hablar, de caminar.

Alrededor de los 12 años, dejé de ser “igualita al papá,” para convertirme en “¡Qué pena que te hayan tocado las piernas de tu madre!” Del día a la noche, llegaron las comparaciones y comentarios crueles, de esos comentarios que se hacen “por amor”, pero que duelen más que cualquier insulto. Mi cuerpo, y en particular mis piernas, se convirtieron en motivo de vergüenza y baja autoestima.

Pasarían décadas hasta que entendería que, después de todo, no era tan malo tener las piernas de mamá. Entendí que millones de mujeres tienen curvas y no por eso sienten vergüenza. Con los años entendí que los estándares de belleza de una sociedad son arbitrarios y que es de esperar que nuestro cuerpo cambie durante la adolescencia. Con los años entendí lo que significa tener cuerpo de mujer.   

Hoy no tengo que explicarle a mi hija que su cuerpo es perfecto tal y como es, porque ella pertenece a una generación y a una cultura muy diferentes a las mías. Pero en la Argentina de mi generación, la transición de niña a mujer era, y en algunos casos sigue siendo, muy confusa. Las mujeres de mi generación crecimos leyendo cuentos de princesas que iban por la vida buscando príncipes que les salvaran la vida. Teníamos que ser bastante atractivas “para conseguir marido”, pero no demasiado, para no parecer “superficiales”, o “fáciles”. Para las de mi generación, aumentar de talle 4 a talle 8 era un pecado. Y también era un pecado que alguien nos dijera cosas feas por la calle, cuando íbamos camino a la escuela. ¡Como para no estar confundidas!

“Si un hombre te dice cosas groseras y ofensivas es tu culpa por vestirte de esa manera. Sos vos la que le causa los malos pensamientos”, me explicaban los curas católicos cuando me iba a confesar. Y si bien la explicación no tenía ninguna lógica y me hacía sentir muy mal, la aceptaba porque lo había dicho el cura: “Diez Ave Marías, diez Padres Nuestros y vístete de manera tal que no hagas pecar a los hombres”.

Sé que, afortunadamente, muchas cosas han cambiado desde entonces. Cada tanto, cuando escucho hablar a algunas de mis amigas y mujeres de mi generación, descubro que muchas otras siguen igual.

Por años, mis piernas fueron el motivo de incontables dietas, horas en el gimnasio y ropa holgada para esconderlas. No importaba cuánto tiempo me pasara sin comer, cuántas horas corriendo y haciendo gimnasia, siempre seguía teniendo las piernas de mamá. Me pasé la adolescencia deseando adelgazar, “aunque sea unos kilos más”, soñando con haber nacido con otro cuerpo, con ser alguien que ni era, ni soy, ni nunca seré.

Más de una vez me pregunté qué hubiese pasado si mis piernas hubiesen sido largas y delgadas, como las que retocan y embellecen con “Photoshop” para las revistas. Estoy convencida de que si nunca hubiese hecho dieta hoy sería delgada y no sabría lo qué es sufrir desórdenes alimenticios. Pero a los 15 años todo lo que me importaba era ser aceptada y alcanzar el modelo arbitrario de belleza del momento. Y mis piernas me lo impedían.

Hoy miro fotos de cuando era joven y daría lo que fuese por volver a verme así. ¿De qué me quejaba? ¿Cómo es que no me daba cuenta de que estaba todo en mi cabeza, de que los estándares de belleza son arbitrarios y de que es imposible que millones de mujeres en el mundo tengamos el mismo tipo de cuerpo?

Mi madre y millones de mujeres pasaron por lo mismo. Y es que es prácticamente imposible escapar de los sutiles mandatos culturales de cada generación. No importa cuán imperceptibles sean los mensajes sociales que recibimos a diario, sus raíces son profundas y no siempre se pueden ver.

Por mucho tiempo sentí rencor. Hoy siento pena. Pena por tantos años desperdiciados odiando a mis piernas y a mi cuerpo. Pena por tantos años sintiéndome mal y resentida por parecerme a mi mamá. Si hoy pudiese volverla a ver, le diría que sus piernas y su cuerpo son hermosos, le diría cuánto orgullo siento cuando alguien me compara con ella. Si pudiese volverla a ver le agradecería todo lo que me dio, incluyendo sus piernas, sus curvas, su cuerpo de mujer.

 

 

 

 

 

 

 

 

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