A prestar atención

Por Virginia Gaglianone

“No valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos”, dicen por ahí, y tienen razón.

No apreciamos nuestra salud hasta que nos enfermamos. No apreciamos a nuestra pareja hasta que nos deja por otra, o por otro. No apreciamos nuestra libertad hasta que nos damos cuenta de que la han ido cercenando, poco a poco, casi en secreto, y ya es demasiado tarde.

La moraleja del viejo cliché no es sólo que tenemos que valorar lo que tenemos, también nos recuerda que tenemos que prestar atención. Y en los últimos años, muchas cosas parecen haber escapado a nuestra atención. Alrededor del mundo, gobiernos democráticos han sido reemplazados por líderes autocráticos y personalidades de culto. Reportes de organizaciones de Derechos Humanos nos alertan de las amenazas a gobiernos democráticos y a derechos civiles. Desde China, a Rusia, a Nicaragua, a Arabia Saudita, todos los días nos llegan reportes de ataques a la prensa independiente, a la autonomía corporal, a la libertad de expresión.

En EE. UU., decenas de representantes y senadores han estado empujando legislación que dificulte el acceso al voto. La Corte Suprema ha estado tomando con impunidad decisiones que afectan nuestra autonomía corporal.

Desde la decisión del Tribunal Supremo de revocar el derecho al aborto, se han reportado historias que parecen sacadas de una película de terror. En Alabama, por ejemplo, la policía encarceló por tres meses a Ashley Banks, una joven embarazada de 23 años, con la excusa de “observar y controlar” la salud del feto. Tristemente, la historia de Ashley no es un hecho aislado. Diariamente nos enteramos de casos similares. Por algún motivo que desconozco, en la actualidad, hay personas que consideran que controlar y criminalizar a las personas embarazadas es una buena idea.  

Pero la erosión de nuestras libertades personales no se limita al derecho de decidir sobre nuestros cuerpos. Hemos visto como en Florida, el gobernador Ron DeSantis impulsó la ley conocida como “No digas gay” que prohíbe que en las escuelas siquiera se mencione el tema de orientación sexual y género. También vimos como cientos de distritos escolares a lo largo de país decidieron censurar decenas de libros por considerarlos “peligrosos”. Vimos la obsesión con prohibirles a los educadores que enseñen la parte de la historia que incluye actos de racismo y discriminación.

El problema con estas medidas ridículas y peligrosas a la vez es que causan confusión e infunden miedo. Y cuando, por miedo, empezamos a autocensurarnos, renunciamos a nuestras libertades y derechos fundamentales. Internalizar la censura es darle la llave de casa al opresor y dejar que se instale en nuestras mentes.  

Quienes crecimos durante dictaduras militares tenemos un referente de cómo nuestras libertades personales pueden desaparecer de un día al otro. Y así y todo, muchas veces nos olvidamos y también dejamos de prestar atención.  Los argentinos que crecimos bajo una de las tantas dictaduras estamos tristemente familiarizados con la censura. Crecimos escuchando a músicos que tenían que cambiar las letras de las canciones para que los militares no las pudieran entender y prohibir. Crecimos viendo películas a las que les cortaban escenas enteras, porque al censor de turno le parecían peligrosas, o inmorales, o qué se yo qué.  Nunca me imaginé que décadas más tarde, en EE. UU. y bajo un gobierno elegido por el pueblo, pasarían cosas similares.

Y no es que sea trágica ni pesimista. Es que me alarma que mis hijos no vayan a disfrutar de las mismas libertades que yo disfruté a su edad. Me alarma que, en lugar de ir para adelante, estemos yendo para atrás.

Hoy son los libros, las personas embarazadas, las historias censuradas, y quizás no nos afecte personalmente. Mañana va a ser algo que sí nos toque de cerca y va a ser demasiado tarde.

¿Y qué podemos hacer?

Podemos acordarnos de votar cada vez que tenemos la oportunidad. Podemos apoyar a la prensa independiente e informarnos. Podemos exigir más de quienes nos representan en el gobierno. Podemos leer los libros que quizás prohíban en un par de años.  Podemos apreciar y defender lo que tenemos, mientras lo tenemos.

Podemos prestar más atención.

Después no digamos que nadie nos avisó.

 

 

 

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