El efecto Titanic

Por Álex Ramírez-Arballo

Hace poco tiempo descubrí que mi hijo ha desarrollado, ignoro cuándo o cómo fue que todo esto empezó, una fascinación por el malogrado buque inglés que se hundió en el Atlántico norte después de ser embestido por un colosal témpano de hielo. Una noche antes de dormir me pidió ponerle atención; entonces fue que comenzó a contarme con sumo cuidado y detalle esa historia que tú y yo, amigo lector, conocemos bien y de sobra. Me sorprendió profundamente el brillo de aquellos ojos que al mirarme me revelaban un entusiasmo profundo: se trataba de la emoción de quien se encuentra descubriendo el mundo y sus misterios. Al finalizar me dijo: “Fue muy triste todo eso”.

Aquella conversación me conmovió y me hizo pensar que algo no andaba bien con aquel muchacho: ¿cómo podría suceder que un niño de seis años se apasionara por un asunto histórico e ignorara cuestiones más propias de su edad, como los deportes o los libros de colorear? Decidí entonces entrar a Internet e investigar; quería saber si había otros padres que, como yo, tenían hijos viviendo obsesiones históricas. Lo que encontró me sorprendió profundamente.

Existen muchos niños, jóvenes y adultos que son fanáticos del Titanic. Se trata de personas que coleccionan posters, películas, fotografías y modelos a escala del trágico barco; encontré incluso varios clubes –a ambos lados del Atlántico- que se reúnen en espacios públicos para contarse una y otra vez la historia de aquellos funestos sucesos de 1912.

Tiene que haber algo, pensé, alguna razón por la cual el que es considerado el naufragio más importante de la historia posea ese poder de seducción. La devoción que tantas personas le profesan (esto ya ocurría antes de la famosa superproducción cinematográfica), supone que este hecho histórico nos conmueve, nos toca en nuestro ser esencial e íntimo. Atrevo algunas lecturas.

El Titanic nos conmueve principalmente porque es un suceso trágico. Se trata de un evento oscuro que nos recuerda la fragilidad de nuestra existencia; de algún modo que no intento explicar aquí, el contemplar el estrepitoso fracaso del que se suponía sería el más grande éxito de la ingeniería naval, nos comprueba -como en la Torre de Babel de las Sagradas Escrituras- que la soberbia humana nos lleva a cometer grandes disparates. Aquel barco encarna la arrogancia y la autosuficiencia desenmascarada por obra y gracia de la mala fortuna.

La ciencia y su progreso son aplastados por la naturaleza, que sin esforzarse mucho desmantela los esfuerzos de las “hormigas” humanas. ¡Vaya lección de humildad! Este oscuro suceso nos obliga a mirar cara a cara nuestra relación de dependencia y precariedad; quienes se han dado cuenta de esto no tienen más remedio que asociarse con los demás porque, como bien dice el dicho, la unión hace la fuerza.

En el mundo de los negocios existe algo que Gerald M. Weinberg denomina el “Efecto Titanic” y que resume en el siguiente aforismo: “La idea de que el desastre es imposible frecuentemente conduce a un impensable desastre.” Esto implica que quienes confían demasiado, quienes están absolutamente seguros de su éxito, no están preparados en lo absoluto para enfrentar con inteligencia un revés. No es muy difícil imaginar cómo reaccionaría una persona del mundo de la empresa que no ha incluido en su agenda la posibilidad de que todo aquello por lo que ha trabajado tan arduamente se venga al suelo en un instante.

Bien haríamos en recordar también, en el ámbito de la vida cotidiana, que todo aquello que hacemos, no importando cuánto cuidado y responsabilidad tengamos, bien puede no conducir hacia ese buen puerto esperado. Quien no se encuentra preparado para la derrota no puede, con legitimidad, aspirar a la victoria.

No pocas veces he atestiguado el dolor, la frustración y el amargo desencanto que produce un revés en la vida de alguien que no asume la posibilidad del fracaso. Quien no tiene la capacidad de resistir y sobreponerse a las dificultades, reacciona casi siempre con ira, reclamando a manotazos, como lo hacen los niños, aquello que considera le ha sido arrebatado de manera ilegítima y truculenta. Lo hemos visto en nuestras casas, lo hemos visto en la vida pública.

Recuerdo ahora la ocasión en que estando en mi clase les pregunté a mis alumnos sobre el valor de la derrota. Se rieron y pensaron que era una broma; uno de ellos se animó, después de unos segundos, y levantó la mano: “La derrota es una pérdida, no algo que tenga valor.” Repliqué preguntando: “¿A quién le gusta el beisbol?” De nuevo unos largos segundos y después se alzan, temerosas, algunas manos. Entonces afirmo: “Un bateador de éxito es aquél que tiene, más o menos, un promedio de .300; es decir, palabras más, palabras menos, fracasa en siete de cada diez ocasiones. Aquella información, tan ignorada por evidente, capturó de inmediato la atención de aquellos muchachos que de manera casi instintiva repudiaban la idea de encontrar valor alguno en la derrota. Aquí también hay algo evidente y que es muy importante recordar: no podemos aspirar al éxito si no estamos dispuestos a asumir los constantes contratiempos que entraña.

Las tragedias, pues, nos recuerdan que todos moriremos, son un memento mori que tiene también una función didáctica, la de evitar que tropecemos con ese obstáculo tan común y tan doloroso: la soberbia. Creo que todos alguna vez en la vida tendremos nuestro “Titanic” personal, un sacudón total que nos vuelve a colocar los dos pies bien plantados sobre el suelo; si somos fuertes sobreviviremos, seremos otros, nuevos y realizados. Entonces tal vez diremos, como me dijo mi hijo aquella noche: “Fue muy triste todo eso”.

Para reflexionar: “La tragedia es una experiencia que ilumina el carácter.” Joyce Carol Oates

Álex Ramírez-Arballo es profesor de español y literatura en la Pennsylvania State Univesity. Publica artículos sobre la filosofía personalista y participa como conferencista abordando temas de carácter humanista. Puede ser contactado en Twitter: @AlexRamaMX y a través de correo electrónico: alexramamx@gmail.com

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