¿Qué pensar?… O ¿cómo pensar?

Por Manuel Sañudo Gastélum

Tengamos cuidado con lo que pensamos; no sea que se nos convierta en realidad,  para bien o para mal. Pues lo que pensemos… ¡eso seremos!”

Katel

 Tus acciones y resultados se originan en tus actitudes.  Y éstas, a su vez, provienen de lo que piensas.

El qué pensar es producto de lo que te enseñaron a creer como la respuesta indicada para la vida y los negocios. Si así fuiste educado es por eso que sigues al pie de la letra esas respuestas, sin evaluar si son las adecuadas para los nuevos problemas que enfrentas.

Cuando estas respuestas pre-concebidas te fallan, quizás le eches la culpa a cualquier cosa menos al origen de ello: al qué pensar, pues no cuestionas su validez en el tiempo y la fuente de donde vinieron.

En la Universidad Francisco Marroquín, de Guatemala, están usando la metodología del “Diálogo Socrático”. El nombre viene de la forma en que Sócrates educaba en su época, basándose en conversaciones y agudas interrogaciones sobre las ideas convencionales.

La resultante a lograr, según el Rector, es que los profesionales, de ahí egresados, se conviertan en hábiles autodidactas que se enfrenten con éxito a los cambios e, incluso, los provoquen cuando sea necesario.

Ahora, en la realidad de tu vida, echa una ojeada a tus pensamientos y actitudes de cara al cambio: ¿Por qué o para qué vas a cambiar?

La respuesta es simple, porque la vida es eso: un cambio constante. Todavía más, es la única constante. Y si ésta es la característica esencial del escenario que te rodea, lo primero es que revises qué es lo que piensas y si es necesario que lo modifiques.

Esta revisión del esquema, aprendido, del qué pensar – que otros te enseñaron – para pasar a uno del cómo pensar, hará que tu mente adopte una reflexión continua sobre lo que acontece, y sobre lo que debe de ser tu respuesta correcta para esos nuevos escenarios.

Esto es un proceso de aprendizaje – y también de desaprendizaje – de los conocimientos que has acumulado y que se han tornado falsos por el cambio del entorno. Saber cómo pensar involucra plena conciencia de lo que es cierto, de la verdad; de que aprendas nuevas formas de pensar y tomes la decisión de ser extremadamente cuidadoso con lo que piensas.

Saber cómo pensar te libera para usar conscientemente tu libertad total de escogencia, pues tu mente puede ser entrenada a pensar sólo aquello que le permitas, en vez de lo que decidieron los demás que era lo correcto para ti. Recuerda lo que dicen en el argot de la computación: “Si la basura es el insumo, basura será el resultado”.

– Pero cuesta trabajo cambiar… ¡y mucho! – probablemente objetarás. En especial si has tenido la fortuna de recibir una educación formal, que te has empeñado en asimilar, sin descartar las enseñanzas familiares  que tienen más peso que las escolares. Pues una vez adquiridos los conocimientos, sientes que ya posees la fórmula del qué pensar, y del qué hacer. Y a ello te aferras, con aprehensión de náufrago, en un mundo cuya velocidad de cambio te está rebasando.

Pocas veces habrás hecho un alto en el camino para revisar tu arsenal de pensamientos y fórmulas aprendidas, y sigues actuando como lo vienes haciendo… porque así lo has hecho siempre, incluso con éxito; y entonces nuevamente te preguntas: ¿para qué cambiar?

Debes cambiar cuando tus resultados no son los que deseas. Cuando en vez de éxitos haya fracasos repetidos. Y ante los fracasos, quizás reacciones con más ahínco y aumentando la carga de acciones que te llevaron al error, en el equivocado supuesto de que lo que te faltó fue una mayor dosis de lo mismo. Pero no es posible esperar un resultado distinto, haciendo lo mismo. ¿No es así?

Llega, entonces, el momento del cambio y de transitar hacia nuevos pensamientos y conocimientos. Esta transición – intensa por cierto – implica que renuncies a los paradigmas obsoletos; y que pases además de un qué pensar a un cómo pensar, que construyas otros esquemas de creencias y respuestas acordes a las nuevas variables.

Eres lo que piensas que eres y por eso actúas así, y de esto se desprenden tus resultados en consecuencia lógica.

Podrás refutar lo anterior argumentando que: “No me va bien porque tengo mala suerte, o porque no tengo dinero suficiente, o porque la economía está decaída, o por lo que sea”.

Y parece que estarías diciendo la verdad. Sin embargo, si te va mal es por lo que piensas, no porque la economía esté deprimida, porque tengas mal agüero o te falte el dinero. A muchos les va bien cuando a otros tantos les está yendo mal.

Si cambias tu anacrónico qué pensar por uno nuevo que te resulte funcional, tendrás más posibilidades de que seas de los del grupo ganador.

 El autor es Consultor en Dirección de Empresas. Correo: manuelsanudog@hotmail.com

Facebook: www.entusiastika.blogspot.com

D. R. © Rubén Manuel Sañudo Gastélum. Se prohíbe la reproducción de este artículo sin el permiso de su autor.

Comments

comments

Leave a Reply

Your email address will not be published.