AMLO deslegitima las elecciones de EU y a Biden: está del lado equivocado de la historia

Por Maythé Ruffino*

Con todo esta vez notó que sus palabras,

mencionado apenas el tema de las elecciones,

dejaban suspensa en el caudillo la mirada de costumbre.

Al contestar él,

sólo quedaron en sus ojos los espurios resplandores de lo irónico;

se hizo la opacidad de lo impenetrable.

Martín Luis Guzmán, La sombra del caudillo

 

 

Es un hecho, Joe Biden, en el viernes 13 de noviembre del 2020 ha sido confirmado por la Associate Press y todas las cadenas televisivas y diarios más importantes estadounidenses como el presidente electo irrefutable de las elecciones. Le adjudican al presidente electo Joe Biden 306 y a su oponente, el perdedor Donald Trump, con 232 votos del Colegio Electoral. En cuanto al voto popular Biden lleva acumulados 78,082,226 votos y Trump 72,728,045 votos. Y la cuenta sigue subiendo con los votos remanentes que falta incorporar a la cuenta de estados que aún los reciben por correo. Biden recibe un mandato histórico de la sociedad estadounidense con un apoyo que supera en 5,354,181 votos a Trump. Es consenso a lo interno de las instituciones y de los Estados Unidos, lo mismo que a nivel internacional que Joe Biden es el ganador de las elecciones y el presidente electo.

La certificación final de los estados debe culminar en condiciones normales el 8 de diciembre para dar margen a los electores miembros del Colegio Electoral reunirse y emitir su voto en correspondencia con el mandato del voto popular de cada estado y así elegir al presidente el 14 de diciembre. El único estado que certifica su elección después de la fecha de salvedad es California, que lo hará el 11 de diciembre.

El impresionante voto ciudadano a favor de Biden es, indudablemente, un referéndum por la reafirmación de la democracia. Es mayor al que ha recibido cualquier presidente en los Estados Unidos. Y dentro de la dura pugna por el poder, y quizás una de las elecciones más cruentas por las que ha pasado EEUU, lo que era tradición se derrumba, se cuestiona, se agrieta.

La certificación de las elecciones ahora se convierte en un evento visible y lleno de incertidumbre, cuestionado por Trump quien en su manipulador rol de ‘outsider’ cuestiona la legitimidad de toda institución, procedimiento o proceso en la democracia más antigua del mundo. Lo hace para mantener el entusiasmo de su base, misma que representa a 72 millones de estadounidenses. Un capital político poco despreciable, monumental, que ningún republicano antes había acumulado. Un capital político que ha logrado traducir a beneficio económico personal. Ahora, recaudando fondos para su cruzada antisistémica para resarcir el daño de lo que él llama ‘un fraude electoral’. Un capital político dogmático, violento y enardecido por el racismo y la noción de que su raza blanca, superior a todas, se haya en peligro de extinción.

Trump la enardece y agita a placer para satisfacer sus fines personales y la posible consolidación de su autocracia. Sigue sin reconocer la legalidad y legitimidad de las elecciones, la victoria de Biden y se niega a la transición de gobierno de forma pacífica. Su gente le tiene una fe ciega, votaron por Trump en contra de cualquier pronóstico y a pesar del recrudecimiento y el cinismo del carácter fascista y deplorable de sus políticas y de su estilo autocrático y despótico de gobernar.

Es ya un consenso dentro de la comunidad de analistas políticos, intelectuales, y muchos progresistas que defienden la democracia en el mundo entero, desde líderes de países hasta organizadores de base, ciudadanos comunes, que Donald Trump es un autócrata fascista que instauró un gobierno autoritario, centralizador del poder ejecutivo bajo dos ejes: el racismo basado en la supremacía blanca y la violencia. En sus tácticas políticas Trump erosionó la agencia de contrapesos y balances de los poderes judiciales y legislativos. Reprimió, hostigó y suprimió a la prensa independiente y crítica. Se valió de la mentira sistemática, el desprestigio, la violencia verbal, e institucional y del acoso en contra de las instituciones democráticas, de los grupos progresistas, de las minorías y de los discapacitados para consolidar un discurso hegemónico supremacista, racista, discriminador. Apoyó abiertamente a grupos racistas que sustentan la supremacía blanca, la violencia contra los judíos, los musulmanes, los nativoamericanos, los afroamericanos y por supuesto contra los latinos y cualquier otro grupo minoritario que no pertenezca a la raza blanca.  Construyó una carismática imagen machista, de superhombre exitoso en los negocios, con las mujeres, en el mundo del espectáculo. Un hombre de éxito en el mundo capitalista que con el ejemplo y experiencia propia sacaría de la miseria a los blancos desposeídos. Les avivó un odio racista histórico y fundacional de los EEUU. Los hizo sentir poderosos contra las minorías, frente a sus mujeres. Como un caudillo eliminó la mediación de las instituciones y sus procesos y buscó la comunicación directa con sus bases. Los hizo sentir que podían acceder a su poder y beneficios, a su fama y carisma directamente, a través de las redes sociales y su inmediatez, a través de sus mítines masivos y su espectáculo permanente lleno de escándalo y violencia. Todas claras características —como lo señala el politólogo español, Rafael del Águila Tejerina, en su estudio sobre Los fascismos— de un gobierno autocrático fascista.

Pero y entonces, ¿dónde quedan los principios de justicia social, igualdad, gobierno del pueblo, de democracia pura y dura que sustenta AMLO? ¿Por qué no se hicieron expresos el 7 de noviembre, cuando los mandatarios más progresistas llamaron a Joe Biden para felicitarlo? O por lo menos se hubiese sumado al tercer día o al día siguiente. ¿Por qué realmente hasta casi después de una semana de su victoria AMLO no se ha expresado a favor de Biden?

La comunidad internacional de líderes, democráticos los primeros, menos los que siguieron y por último los dictadores más ríspidos ya han felicitado a Biden. AMLO no sólo no lo ha felicitado, pero además se negó a recibirle una llamada iniciada por el equipo del recién electo presidente de EU durante los primeros días de esta semana. El argumento de AMLO dice el, se ampara en el principio constitucional mexicano a la no intervención. Pero la excusa es pobre y no alcanza, ni para Biden ni para los demócratas estadounidenses ni para los del mundo.

Es obvio, en términos políticos, que desde el primer momento, una felicitación representaba tomar partido entre la opción por la democracia representada por Biden o el fascismo autocrático y despótico de Trump. Los líderes de Francia y Canadá fueron entre los primeros en legitimar el proceso electoral estadounidense y la victoria de Biden. Y así se ha ido sumando el mundo entero. Quedan, del lado negro del silencio sólo Putin y AMLO.

 El historiador Timothy Snyder, en su libro On Tyrany, define perfectamente el tipo de gobierno autoritario, racista y despótico de Trump. Ha hecho continuadas declaraciones sobre cómo el autócrata busca aferrarse por la vía de la violencia al poder.

Trump, a pesar de ser carismático, de tener poder de movilización de masas y cualidades que lo hacen un líder, no tuvo durante su cuatrenio, la audacia política para crear la infraestructura necesaria dentro de las instituciones militares y de inteligencia para fraguar la toma y permanencia en el poder con el apoyo del aparato represivo.

Sí logró apoderarse de la Suprema Corte de justicia y de parte de las cortes de apelación de circuito y distritales, del senado y casi la mitad del congreso. Pero su fuerza y poder no penetró una de las instituciones claves que todo autócrata debe tener, las fuerzas armadas, de inteligencia y policial. Trump tiene cuadros de apoyo dispersos, pero no suficientes para que logre consolidar lo que Snyder, y muchos otros, ven como un intento de golpe de estado.

Lo que es cierto es que, como señala Snyder, en estas elecciones las bases supremacistas trumpistas han cambiado. Antes eran una minoría los iracundos y violentos, ahora, son la mayoría de sus bases los que se violentan. Eso es peligroso, porque Trump no tiene de su lado el aparato militar y represivo del estado organizado y jerarquizado. Sin embargo, tiene un ejército desorganizado y violento de ciudadanos fanáticos, racistas e iracundos, la mayoría con un promedio de tres armas por cabeza. Todos sedientos de rescatar su nación blanca y aniquilar a las minorías de color que les han arrebatado su riqueza y su felicidad.

Trump ha buscado por medio de las vías legales e institucionales quedarse con el poder, desprestigiar las elecciones. De trece demandas legales ha perdido el 100% en las cortes estatales. Ahora, descabeza las secretarías de defensa y militares poniendo a sus fieles cuadros de seguidores. Pero la serpiente de varias cabezas no logra dominar el cuerpo.

Los expertos señalan que el cuerpo militar y de fuerzas especiales y policiales no responde a la dirigencia trumpista, que jamás se movilizarían bajo el mando de Trump para gestar un coup d’etat. La sangre y el cuerpo que Trump domina es amorfo, está en las calles de las ciudades, en los suburbios, en las zonas rurales, pero desorganizado, es un ejército latente. Pero Trump empieza a movilizar a esa bestia. Hubo una manifestación masiva el sábado 14 de noviembre. Está probando el poder con el que cuenta directamente con sus bases. Trump se aferra al poder en la Casa Blanca, tiene mucho que perder fuera de la inmunidad presidencial. Inserta la mentira de la ilegitimidad de las elecciones para corroer la gobernabilidad de Biden en un país partido por mitad.

Hay muchos analistas ingenuos que piensan que la democracia ha triunfado. Yo no lo creo así. Triunfó el referéndum para volver al sistema democrático. Para retomar la ruta. Pero la democracia no es un trofeo que se gana después del triunfo en una contienda deportiva y brilla reluciente sobre los hombros del pueblo. La democracia es un proceso y un estado, un modo de existir que se construye día a día y se va consolidando en un cuidadoso mecanismo institucional y extraconstitucional, en las calles, en donde fluye la vida de los ciudadanos. Es una elección de vida desde lo granular microcósmico hasta lo comunal nacional e internacional.

Señala Snyder, “democracy doesn’t win. Is the people who choose democracy”. La democracia un estado fluido por el que se debe luchar permanentemente. Cada ciudadano estadounidense decidió hacerlo por la vía del voto. Cada mandatario en el mundo por la vía expresa de su apoyo al recién presidente electo Biden.

Casi todos en el mundo menos, vergonzosamente, el que se autodenomina un presidente democrático y del pueblo, Andrés Manuel López Obrador. En esta batalla entre las políticas y propuestas democráticas y las autocráticas fascistas, —que pusieron al descubierto y en polos opuestos a Biden y a Trump, cada uno con su mitad del país— los líderes del mundo tomaron partido. Y es que ante una injusticia, el que guarda silencio se convierte en cómplice de esta. Ante la injusticia del fascismo autocrático trumpista, —que busca retener a toda costa y por las vías de la ilegalidad y la violencia el poder— el pueblo estadounidense, lo mismo que los mandatarios que representan a sus naciones, han decidido ponerse del lado correcto, del lado democrático, del lado justo de la historia.

El punto aterrador donde los populismos extremos de derecha e izquierda se encuentran

Muchos analistas reducen a la escala personal y psicológica un asunto que es enteramente político, ideológico, ético cuando buscan explicar el silencio y la negación del presidente de Mexico de felicitar a Biden. Es un error reducir a lo psicológico lo político. Lo hacen con Trump, cuando lo infantilizan y hacen pensar que sus actos autocráticos son berrinches de un ‘bully’ que no sabe perder. Disminuyen el acto político a una debilidad psicológica. En esta postmodernidad lo que abundan son las explicaciones freudianas, junguianas, las terapiadas, pero escasean los análisis serios que llevan a los pueblos a regímenes opresivos, autocráticos y despóticos. Se individualizan los fenómenos políticos y se pierde la perspectiva política, económica y de clase.

AMLO, con un gobierno populista que autodefine como ‘progresista de izquierda’ tiene muchos puntos de contacto con el gobierno autocrático de Trump, excepto el uso de la violencia, y el del racismo manifiesto. Dos características claves que distinguen a los populismos radicales del fascismo.

AMLO comparte con Trump la centralización del poder, el caudillismo carismático, la victimización, el enardecimiento de las masas bajo falsas premisas, el encono antisistémico, institucional y personal contra todo lo que se opone a su concentración del poder y lo que el denomina la Cuarta Transformación. Ha procurado la erosión de la prensa, la destrucción de las instituciones del gobierno, culturales, artísticas, la comunicación directa con sus masas. Todas tácticas políticas que se corresponden a la par con las de Trump. AMLO en su gobierno ha sostenido miles de mentiras. De acuerdo con el director de SPIN Taller de Comunicación Política [1], Luis Estrada, el mandatario federal ha mencionado cerca de 32 mil 193 mentiras en las conferencias de prensa diarias. Dirige, igual que Trump, un gobierno basado en la victimización y la mentira. Niega la ciencia, enfrenta una de las pandemia más mortíferas que ha enfrentado la humanidad exactamente de la misma manera en la que lo hace Trump. Negándola, minimizándola, dejando morir a miles.

Es aún más alarmante, la mayor audacia con la que el gobierno de AMLO ha destruido los contrapesos en la Suprema Corte, que está totalmente secuestrada por AMLO, el sistema judicial, el legislativo, las fuerzas más poderosas del movimiento Morena, ahora institucionalizado en varios partidos políticos. El voto abrumadoramente mayoritario del pueblo. Pero lo más aterrador de la concentración caudillista del poder es la manera en la que ha hecho entrar en la arena política al ejército que se había mantenido fuera de esta esfera de acción. AMLO esta empoderando al ejército en tareas de construcción de infraestructura, dotándolo de poder en las áreas del control de la población civil y la lucha contra el narcotráfico. Le está dando capital financiero y político en la sociedad. Se está ‘echando a la bolsa’ al ejército. Esto, lo veo extremadamente peligroso. En nombre del bien común y del pueblo, con una agenda caduca y retrógrada en términos de desarrollo económico, energético, y una concentrada acumulación del poder y destrucción del estado y del gobierno AMLO empata su populismo radical de ‘izquierda’ con el ‘populismo extremo de derecha’ de Trump que ya es considerado fascista por la mayoría de los expertos.

AMLO acumula capital político en las fuerzas armadas y desmantela los cuadros de intereses políticos ajenos para penetrar en estas instituciones. El gobierno autocrático de AMLO tiene muchas más posibilidades de aferrarse en el poder que lo que Trump quizás puede ahora. De los 72 millones de seguidores trumpistas, quizás un 3 por ciento pueden llegar a realizar acciones extremas y violentas en nombre de su caudillo. Tener un ejército bajo tu mando ya representa una garantía en el poder en caso de que sea necesario activarlo.

Es aterrador pensar en los puntos de similitud de un hombre que parecía representar una alternativa entre tanta corrupción y desamparo para el pueblo de México. AMLO ha traicionado a la Cuarta transformación y al pueblo que le dio su mandato. Su filiación política con el populismo de Trump para mí es manifiesta. El que no está con el pueblo estadounidense y por la restauración de la democracia, está a favor de Trump y el fascismo. Aquí, en esta hora negra, no hay medias tintas. AMLO y Putin son los rostros que quedarán en el lado equivocado de la historia en esta ardua lucha que vive el pueblo estadounidense por la justicia social, contra el racismo y la supremacía blanca y por reiniciar el proceso de restauración de la democracia.

Contra Peso Ciudadano. https://www.contrapesociudadano.com/en-casi-2-anos-de-mananeras-amlo-ha-dicho-32-mil-mentiras-amlo-segundo-informe/

Maythe Rufino:

Poeta, escritora mexicana. Profesora universitaria de California State University. Egresada de la Universidad de California de Los Ángeles donde cursó las licenciaturas de Ciencias Políticas, Estudios Latinoamericanos y Literatura Hispanoamericana. Recibió su maestría de California State University, Los Ángeles y actualmente cursa el doctorado en la Universidad de California de Santa Bárbara. Ha impartido talleres literarios, dado conferencias y participado en la vida intelectual, cultural, literaria y poética en México, España, Canadá, Argentina y EEUU. Ha publicado en varias revistas y diarios en las ciudades de México, Managua, Los Ángeles, Miami, San Francisco, Washington, Madrid, Montreal y Argentina. Antologada por el Fondo de Cultura Económica en Anuario de poesía mexicana 2004 como una de las mejores poetas mexicanas. Miembro del concejo editorial de las revistas Monóculo, La Hoja y La Luciérnaga. Ganadora del premio de poesía de la Casa de Cultura de Long Beach, California 1999 y Premio de poesía Cal State LA 2006. Fue cronista y crítica literaria del diario La Opinión de Los Ángeles, además de dirigir talleres de literatura.

 

 

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