López Obrador y Trump tienen algo en común: ambos atropellan los derechos

 

AMLO y Trump en la Casa Blanca. Foto: Presidencia de México.

Por José Miguel Vivanco*

En 2018, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, hizo su campaña presidencial como un anti-Trump, prometiendo rechazar las políticas anti-migrantes, bravuconería y amenazas del presidente de EE. UU. Esta semana un nuevo López Obrador se reunirá con Trump en Washington, muy distinto al político en campaña. Lejos de desafiar a Trump, López Obrador se ha convertido en uno de sus aliados más cercanos, colaborando con él en políticas que atropellan derechos y siguiendo las pautas abusivas del manual de su vecino en temas como migración, seguridad pública, Covid-19, libertad de prensa y derechos de las mujeres.

La visita oficial—organizada para celebrar la entrada en vigor del T-MEC, el acuerdo que reemplazará el TLCAN—será el primer viaje internacional de López Obrador desde que asumió el cargo en 2018. Críticos en su país se preocupan que un viaje aparentemente destinado a impulsar la economía de México y el libre comercio de América del Norte será cooptado por Trump para su campaña de reelección. Es revelador que el Primer Ministro Canadiense, Justin Trudeau no participará en la visita y que López Obrador haya rechazado la posibilidad de reunirse con representantes de la campaña de Biden o congresistas demócratas durante su paso por Washington. Como dijo un analista político, la relación deliberantemente amistosa de López Obrador con Trump “no siempre ha sido útil al mejor interés nacional de México.”

Tras asumir la presidencia con la promesa de no “hacer el trabajo sucio de Estados Unidos”, López Obrador ha sido un socio entusiasta de Trump en los intentos de este último por desmantelar el sistema de asilo de los EEUU y evadir lo que dispone el derecho internacional sobre refugiados. Envió al Ejército a la frontera sur de México para interceptar a las familias de refugiados que huyen de la violencia y abusos en Centroamérica. Suscribió el programa “Quédate en México”, que obliga a los solicitantes de asilo a esperar sus audiencias, en campamentos improvisados, peligrosos e insalubres en el lado mexicano de la frontera, donde pueden ser secuestrados y extorsionados y sufrir violencia por parte de los carteles, así como por agentes mexicanos.

El presidente de México también comparte con Trump la inclinación a usar las fuerzas militares en actividades de seguridad pública interna. En 2019, López Obrador reformó la constitución para que el Ejército pudiera realizar actividades de seguridad pública, patrullar las calles y detener a civiles. De este modo, formalizó una política que había iniciado en 2006 su predecesor, Felipe Calderón, con el pleno apoyo del Gobierno de EE. UU. En México, 14 años de actividad militar en tareas de seguridad pública han causado miles de víctimas de torturas, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales.

Los dos líderes han tenido una respuesta notablemente similar a la pandemia de Covid-19. Ambos han desinformado a la población y han restado gravedad a los riesgos que entraña la Covid-19. Ambos han atacado a periodistas por informar acerca de la pandemia o por cuestionar la respuesta del gobierno. Ambos han seguido asistiendo a actos públicos, sin que estuvieran garantizadas las condiciones de salubridad. López Obrador ha desestimado las recomendaciones de evitar viajar y asistir a eventos, al considerarlas parte de un sabotaje político de sus adversarios, en lugar de importantes directrices de salud pública. Estados Unidos y México se encuentran ahora entre los países con las mayores tasas diarias de fallecimientos por Covid-19 del mundo.

Los dos líderes muestran habitual hostilidad hacia los medios de comunicación independientes. López Obrador ataca a los medios casi todos los días y ha tomado prestada la acusación de Trump de que trasmiten «noticias falsas». Periodistas mexicanos denunciaron recientemente que su administración utilizaba bots y cuentas falsas en las redes sociales para intimidar a periodistas. A su vez, el presidente López Obrador no ha hecho el más mínimo esfuerzo por responder al alarmante número de casos de asesinato de periodistas por carteles, que hacen de México uno de los lugares más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. López Obrador se queja del “hampa del periodismo.” Trump prefiere referirse a los periodistas como “basura” y “el enemigo del pueblo.”

El récord de Trump con las mujeres es un tema ampliamente conocido. El presidente mexicano, por su parte, hace poco les dijo a los periodistas que cree que la mayoría de las llamadas al 911 por violencia doméstica son falsas. Se ha referido a los cuestionamientos sobre el femicidio como una táctica de distracción. Ha manifestado que el feminismo no es popular porque pretende “cambiar el rol de las mujeres”. Su administración lanzó recientemente una campaña en la que sugería que, para evitar la violencia doméstica, los probables agresores debían calmarse y “contar hasta 10”.

Hay que subrayar, sin embargo, que López Obrador se diferencia de Trump al menos en un aspecto: a pesar de sus políticas anti-derechos, se describe a sí mismo con frecuencia como un “humanista” y habla públicamente sobre el respeto de su gobierno por los derechos humanos. Trump, al contrario, ni siquiera pretende valorar esos temas, salvo cuando se trata de atacar regímenes, como Irán o Venezuela, que le resulta políticamente conveniente. En cualquier caso, las acciones de estos dos líderes valen más que mil palabras, demostrando una repudiable indiferencia hacia los derechos humanos en ambos lados de la frontera.

«Es un gran tipo«, dijo Trump la semana pasada sobre López Obrador. Es posible que él crea que se está mirando en el espejo.

*José Miguel Vivanco es director para las Américas de Human Rights Watch

 

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