El coronavirus, entre un nuevo ‘contrato social’ o el reajuste profundo del sistema

David Torres
David Torres

 

David Torres

Si algo ha empezado a configurarse en la estructura socioeconómica estadounidense a raíz de la pandemia de Covid-19 es el carácter indispensable del trabajo de quienes verdaderamente garantizan la sobrevivencia humana.

En efecto, entre los trabajadores del campo y los de la salud, junto con los encargados de limpieza y los empleados de supermercados y farmacias de todas las comunidades, han mantenido a salvo a una nación de más de 300 millones de habitantes durante semanas interminables.

Y entre ese mar de gente que va y viene arrimando el hombro para ayudar a que este sistema no sucumba, también están, por supuesto, los inmigrantes, que con documentos o sin ellos se han fajado como ninguno en el frente de batalla contra el mortal virus, mientras el resto de los habitantes, incluyendo los antiinmigrantes y xenófobos más recalcitrantes, miran a través de la ventana para, entre otras cosas, atestiguar cómo se mueve el viento.

Esa nueva radiografía del sistema en que vivimos ha puesto en evidencia sus propias contradicciones. Pero sobre todo ha desenmascarado la hipocresía de quienes, desde una posición de poder, han desempolvado el catálogo de insultos y descalificaciones contra el “otro”, el indocumentado, el migrante, el extranjero de color, con el fin de ganar votos entre quienes se niegan a aceptar la nueva realidad demográfica que es y será irreversible a lo largo y ancho de Estados Unidos por el resto de su historia.

Por ejemplo, reacio a aceptar que se siga contratando personal indocumentado, el presidente ha decretado, paradójicamente, que se reabran las procesadoras de carne para seguir proveyendo a los consumidores de un producto que para muchos sigue siendo de primera necesidad.

Solo que en esas empresas es donde se ha detectado un alto número de contagios de Covid-19, razón por la cual tuvieron que cerrar. En Tyson Foods, por ejemplo, se tiene el registro de 900 trabajadores infectados, según reportan medios locales de Indiana.

Pero la cuestión no queda ahí: una gran mayoría de trabajadores de dichas empacadoras no son los que arremeten una y otra vez, en marchas y desde sus tribunas cibernéticas, contra los indocumentados, sino precisamente son estos últimos quienes han mantenido viva la industria de la carne, enfrentando un régimen laboral de espanto; soportando temperaturas gélidas todos los días; con sueldos que no rebasan los 15 dólares; trabajando jornadas extenuantes para cumplir con la cuota de producción y, sobre todo, con la amenaza latente de que algún día lleguen los agentes de migración para detenerlos y posteriormente deportarlos.

Quienes hayan laborado en Tyson Foods o en alguna otra procesadora de alimentos de Tennessee, Iowa, Indiana o Mississippi, donde ha habido redadas masivas de ICE en los últimos años, reconocerán perfectamente este terrorífico cuadro laboral, el que ninguno de los que vociferan en su contra se atrevería a padecer y solo prefieren la cómoda crítica que les ofrece el anonimato de las redes sociales, así como un privilegiado nativismo y patriotismo mal entendidos y peor ejercidos.

Y es aquí donde la serpiente del capital se muerde la cola: sin mano de obra no funciona el sistema. Y vaya que en este caso no es una huelga lo que tiene paralizadas a las empresas, sino un ente diminuto e invisible que pulula por doquier y que ha puesto de rodillas a la economía considerada más poderosa del planeta, donde ya se ha cobrado la vida de más de 60 mil personas y contagiado a más de un millón.

Es más, en un escenario extremo, digamos que podría incluso decretarse la obligatoriedad de trabajar en dichas plantas o en cualquier otra industria o negocio del país, con tal de reactivar la economía a como dé lugar, casi con respiración de boca a boca; pero la amenaza del contagio y la eventual fatalidad no solamente haría más inhumano al sistema, sino que lo volvería obsoleto, más que irrelevante para las nuevas poblaciones que exigen un nuevo “contrato social” en este nuevo siglo, o de plano un cambio sustancial en el engranaje del sistema.

Esa es precisamente una de las mayores enseñanzas de este aislamiento social forzado por la propagación de un virus que llegó para alterar todo, al menos en este país: ha hecho visibles a los eternos ninguneados; ha identificado a quienes en el racismo fincan su modo de vida; ha catapultado las contradicciones de un sistema económico en decadencia; ha reordenado las prioridades personales y familiares, sobre todo en los hábitos de consumo; ha modificado temporalmente el sistema de eseñanza–aprendizaje; pero sobre todo ha permitido ver que la ley de la máxima ganancia ya no debe ser la mejor fórmula para sostener una sociedad que paga mal a quienes más producen y garantizan su funcionamiento.

Hace unos días la hispana Blanca Parra comentó a Telemundo, tras informar que su marido murió por efecto del coronavirus que contrajo en una procesadora de alimentos en Dallas, lo siguiente: “Yo sé que había personas enfermas que seguían yendo a trabajar. Yo sé que había supervisores que sabían que había gente enferma y los dejaban trabajando. Tengo mucha decepción de la humanidad de las personas de esas compañías tan grandes que no valoran el trabajo de sus empleados”.

Tal parece que la segunda parte de La jungla, de Upton Sinclair, se estuviera escribiendo más de cien años después, con otros inmigrantes como personajes, pero sufriendo las mismas pésimas condiciones de vida y de trabajo.

No podemos volver a la “normalidad” como si nada hubiese ocurrido o como si nada hubiera sido evidenciado, sobre todo la inhumanidad del sistema de cosas en que nos desenvolvemos y que nos debe muchas respuestas, sobre todo a quienes ahora mismo, incluidos los inmigrantes indocumentados, están ahí afuera arriesgando sus vidas por salvar las del resto de la población. Si algo tiene que ser modificado o reajustado a profundidad es precisamente la forma como funciona la estructura socieconómica en que se desarrollan nuestras vidas, sobre todo la forma como se distribuye lo producido y su ganancia. Cuando menos para hacer justicia a quienes hoy dan la cara por el resto de nosotros.

Regresar a lo mismo, o bien “que todo cambie para que todo siga igual” (según la máxima de Lampedusa), habría sido una miserable pérdida de tiempo.

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