Dos virus en la Casa Blanca: xenofobia y ahora Covid-19

El coronavirus ha entrado en la Casa Blanca con al menos dos infectados, según información oficial. La esposa de Stephen Miller, uno de los más cercanos asesores del presidente Donald Trump, es uno de los casos. Foto: Tomada de internet.
El coronavirus ha entrado en la Casa Blanca con al menos dos infectados, según información oficial. La esposa de Stephen Miller, uno de los más cercanos asesores del presidente Donald Trump, es uno de los casos. Foto: Tomada de internet.


Maribel Hastings y David Torres

Si algo quedó demostrado a fines de la semana pasada es que el Covid-19 no discrimina, aunque los funcionarios encargados de hacer frente a la pandemia sí lo hagan. Es una práctica casi natural de quien tiene el poder y que, por ese hecho, piensa o siente que es inmune a todo, incluso a un mortal virus que ha dejado estragos en todo el mundo.

Mientras la administración Trump, funcionarios y asesores de la Casa Blanca han hecho lo indecible por convertir a los inmigrantes en chivos expiatorios de su fracasada respuesta al virus, o han utilizado la pandemia para impulsar sus políticas antiinmigrantes y racistas, han sido algunos de esos mismos funcionarios los afectados por el coronavirus.

En efecto, se expusieron tanto creyendo en el halo protector presidencial, que resultaron perjudicados en su salud, tal como todos aquellos otros funcionarios, hoy en desgracia, que creyeron en el discurso supremacista del mandatario, pero que a la postre, al ser desechados del Gabinete por ya no convenir a los planes de la Casa Blanca, cayeron en desgracia, sin que su reputación se vaya a recuperar en el corto, mediano o largo plazos. Quedaron marcados para siempre.

Así, el asesor presidencial Stephen Miller, arquitecto de las políticas antiinmigrantes de Trump y quien ha usado el Covid-19 como excusa para restringir incluso la migración documentada a Estados Unidos, fue centro de atención al revelarse que su esposa, Katie Miller, secretaria de prensa del vicepresidente Mike Pence, dio positivo a la prueba del coronavirus.

Mientras la señora Miller, al igual que su jefe Pence, asistía a todas partes y reuniones sin utilizar siquiera una mascarilla, resulta que portaba el virus. ¿A qué inmigrante culparán ahora, que hasta el director del Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC), Robert Redfield, y el epidemiólogo Anthony Fauci han tenido que colocarse en cuarentena voluntaria por posible exposición al virus?

Trump dice que le practican la prueba del Covid-19 todos los días y que esta resulta negativa, pero ha estado muy cerca de todos esos funcionarios, sin que se le pueda conminar a aislarse por seguridad nacional. La pregunta es: ¿a cuánta gente podría contagiar un presidente así?

Por su parte, Alex Azar, secretario de Salud, afirmó esta semana que ha sido el “estilo de vida” de los empleados de las empacadoras de carne, en su mayor parte migrantes y minorías, lo que ha desatado la propagación del virus en estos negocios; pero no menciona la irresponsabilidad de los patronos que han obligado a los empleados a ir a trabajar enfermos para cumplir con los designios de un Trump que quiere reactivar la economía sobre los hombros de casi 80,000 muertos.

De este modo, el sistema económico tiene una prueba de fuego en estos momentos, que lo definirá para siempre, dependiendo del modelo que escoja para superar esta crisis. Y tiene que escoger entre humanizar sus prácticas, a sabiendas de que la fuerza laboral es la que sostiene las compañías; o bien, volver a su etapa salvaje en que la máxima ganancia estaba por encima de la vida y la dignidad de los trabajadores.

Por eso, por más que culpen a los migrantes para tratar de tapar su propia incompetencia en el manejo de esta crisis, se les ve la costura. Y su maquiavélico esquema tampoco florece porque son esos inmigrantes o sus descendientes los que están representados a todos los niveles: entre los caídos por el virus, entre los médicos, enfermeras, paramédicos y otro personal de salud que día a día combaten la pandemia; entre los que pizcan, distribuyen, cocinan y reparten los alimentos que seguimos obteniendo, aun en medio de la crisis, y en tantas otras labores esenciales.

Deben entenderlo de una vez: la “nueva normalidad” después de la pandemia tiene que tomar en cuenta la importancia vital que cada elemento tiene en el engranaje de las nuevas sociedades que darán vida y forma a este siglo que apenas rebasó su segunda década. Si algo debe quedar claro también es que al menos esta nación deberá tender hacia su evolución social o socio-económica, y no hacia su involución.

Pero qué puede esperarse si el jefe de Estado es incapaz de mostrar un ápice de empatía hacia los familiares de los muertos y solo está mal manejando la respuesta a la pandemia en función de lo que le conviene personal y políticamente. Usar a los migrantes como chivos expiatorios es peccata minuta. Pero el virus que no discrimina, el Covid-19, ya hizo su entrada en la Casa Blanca, donde otro virus, el de la xenofobia, sigue infectando nuestra política pública.

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