EEUU se juega este año su democracia y su reputación

Maribel Hastings.
Maribel Hastings.

 

Maribel Hastings

Los demócratas parecen ir definiendo su contienda por la nominación presidencial, tras el contundente triunfo de Bernie Sanders en el caucus de Nevada. Esta victoria, aparentemente en gran medida gracias al apoyo del voto latino, sobre todo joven de este estado racialmente diverso. Claro está, Carolina del Sur se manifiesta el sábado y el Súper Martes es el 3 de marzo, por lo que los pronósticos pueden esperar.

Sin embargo, si algo quedó claro el sábado es que el Partido Demócrata está en plena transformación y no es precisamente a favor del llamado establishment o la clase dominante, que durante décadas ha prevalecido en el partido. Así lo demostraron las reacciones a la jornada del sábado con analistas y presentadores televisivos hiperventilando su análisis en vivo.

Pero antes de ello habría que analizar por qué está pasando todo esto. No se puede despachar pensando que la extrema derecha personificada en el presidente Donald J. Trump genera automáticamente una extrema izquierda personificada por Sanders. Y cabe aclarar que Sanders, contrario a Trump, no esboza ideas racistas ni tiene ínfulas de dictador.

Aquí, por una parte, el racismo de Trump y de sus políticas públicas han generado temor, rabia y una sed de cambio entre diversos sectores de votantes, particularmente los hispanos, que han estado en el ojo del huracán que ha sido Trump en sus vidas.

Es quizá prematuro concluir que el hartazgo con Trump generará una movilización sin precedentes hacia las urnas, pero al menos en esta etapa inicial de asambleas y primarias, Nevada demuestra que cuando una campaña invierte y le habla directamente a las comunidades afectadas, estas responden y participan. Ese parece haber sido el caso con Sanders y los latinos en Nevada.

Y también va quedando claro el papel crucial que podría tener el voto latino, particularmente joven, en el proceso de primarias demócratas y posteriormente en la elección general.

Y son precisamente esos votantes hispanos los que quizá también estén hartos de un establishment demócrata que no necesariamente haya respondido a sus necesidades. Quizá también hay un factor generacional y los más jóvenes quieren mirar más allá de las mismas figuras y las mismas ideas demócratas que parecen haberse estancado en los años noventa del Siglo 20.

Sanders podrá tener 78 años, pero sus propuestas se consideran radicales entre diversos sectores.

En 2016 el establishment republicano descartó a Trump e incluso algunas de las figuras que ahora lo alaban, entonces lo catalogaron de demente y demagogo, entre muchas otras cosas. Trump ganó la nominación y la presidencia y tiene al Partido Republicano en sus manos bailando al son que él les toca.

También en 2016 la candidata del establishment demócrata, Hillary Clinton no pudo derrotar a Trump en el Colegio Electoral, y aquí nos encontramos ahora.

Quizá los electores demócratas están listos para su propia “revolución” en el proceso de nominación.

La interrogante es si Sanders, de ser el abanderado, atraerá a otros sectores demócratas más moderados y centristas en una elección general frente a Trump. Quizá la motivación de remover a Trump de su cargo obre milagros en noviembre.

Pero es mejor no adelantarnos, porque falta un buen tramo por recorrer y desde 2016 el negocio de los pronósticos está bastante desacreditado.

De momento somos testigos de la historia que nos está tocando vivir, presenciando las transformaciones de los dos principales partidos políticos del país: el Partido Republicano convertido en un culto a Trump en detrimento de nuestras instituciones democráticas y nuestro liderazgo mundial; y los demócratas en una lucha interna por su identidad y en el proceso buscando a la persona que pueda frenar a Trump en noviembre. No hay “mucho” en juego: sólo nuestra democracia y nuestra reputación mundial.

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