Ante el muro en la frontera, ‘la respuesta está en el viento’

David Torres
David Torres

David Torres

Desde que anunció la construcción de un “grande y hermoso” muro en la frontera con México, más como un anzuelo de campaña para ingenuos en política que como una realidad a concretarse en el corto plazo como hizo creer a muchos, el actual presidente de Estados Unidos no ha dejado de referirse a su proyecto de maneras tan eufemísticamente diversas, que caen sin demasiado esfuerzo intelectual en el ámbito de lo absurdo.

Ha dicho, por ejemplo, que el muro será “fuerte”, “virtualmente impenetrable”, y que en épocas de altas temperaturas se pudiese “freír un huevo” en su estructura. No ha dejado pasar la oportunidad para decir, también, que se tratará de una valla que “no será realmente derribada”.

Sin embargo, lo que le ha sucedido recientemente a un segmento de su muro en los límites con Mexicali contradicen en buena medida, al menos de manera simbólica, la pretenciosa retórica que ha utilizado para blindar mentalmente su muro de antemano. Sucede que la fuerza y la velocidad de los vientos de Santa Ana, que alcanzaron según los reportes meteorológicos unas 37 millas por hora, lograron literalmente inclinar esa parte del muro recientemente construida.

De no haber sido por una hilera de árboles en el lado mexicano, la estructura hubiese caído sin remedio de manera estrepitosa por completo.

Las explicaciones técnicas del insuficiente fraguado del cimiento al momento del inesperado y poderoso ventarrón salen sobrando cuando el hecho concreto fue que la fuerza de la naturaleza se ha venido a sumar a otras formas de franquear el umbral del muro fronterizo, o bien a poner a prueba si han valido la pena los millones de dólares invertidos hasta el momento: ya unos han abierto segmentos con una sierra caladora de 100 dólares, mientras que otros se han aventurado a pasar usando una escalera de trabajo.

Es cierto que la posterior e inmediata detención de los intrépidos puede minimizar su cometido, pero esa es una consecuencia, y no el irrefutable hecho en sí de haber traspasado el “grande, impenetrable y hermoso muro”.

Como muchas de sus elucubraciones y salidas verbales sin ton ni son, pero que tienen gran repercusión en sus mítines y en los medios informativos, sobre todo los de su preferencia, el cúmulo de elogios que ha hecho a una obra inconclusa son equiparables, precisamente, a su estilo personal de gobernar.

Es decir, a pesar de seguir el modelo “a la estadounidense” de repetir hasta el superlativo cansancio que el país es el “mejor en todo” (el más en esto, el más en esto otro, el más en aquello), el mandatario, lo acepte o no, ha sido desbalanceado parcialmente por la existencia de un informante anónimo —un “whistleblower”— que lo condujo hacia la antesala de uno de los juicios políticos más controversiales de la historia de Estados Unidos.

El informante “sopló” tan fuerte, que puso a trabajar horas extras a legisladores de ambos partidos para decidir qué hacer con la “papa caliente” en que se ha convertido el presidente. Es seguro que el Senado republicano lo exonere de las acusaciones de abuso de poder y de obstrucción al Congreso, pero al igual que el viento que dobló su muro, su figura como “hombre fuerte” se ha tambaleado frente a la Constitución, al país y al mundo.

Y es hasta ese límite precisamente que ha llegado el conflicto que tiene en una crisis constitucional a Estados Unidos: Trump o la Carta Magna.

Shi Huang Ti, el emperador chino que ordenó el inicio de la construcción de la Gran Muralla entre 220 y 206 a.C., pretendía, como lo planteó magistralmente el escritor argentino Jorge Luis Borges en “La muralla y los libros”, repeler y detener avances enemigos y quemar todos los libros para que no hubiese referencias a emperadores anteriores a él. Su idea era que la historia empezara con su “legado”.

Pero Shi Huang Ti era emperador y no reconocía ley alguna que la emanada de él mismo. No alcanzó a ver su obra; la dinastía Ming y otras se encargaron del resto durante siglos, dándole un giro distinto al original permitiendo el eventual intercambio comerical y de otro tipo, precisamente para la sobrevivencia del eterno imperio. Hoy es un atractivo turístico más.

Así, ni el muro de Adriano en el año 122, ni el de Berlín en 1961, ni el de Botsuana en 2003, entre muchos otros, han servido para el propósito inicial que los hizo aparecer en la escena histórica. Todos han fracasado.

Quién iba a decir que una ráfaga de viento iba a poner al descubierto que el muro de Trump es, simbólicamente, dos cosas al mismo tiempo: débil en su inutilidad, por una parte; y por otra, una decisión cuasi imperial en estos tiempos en que incluso un partido se ha dejado embelesar y secuestrar hasta el punto de decir que haber abusado de su poder está bien (quid pro quo), si eso justifica ganar las elecciones, como lo manifestó Alan Dershowitz, uno de los abogados del presidente.

Habrá que reabrir los libros de teoría política, derecho constitucional y filosofía de la historia para saber qué diablos están tratando de “inaugurar” sus defensores o qué camino le están allanando a la mafia que se ha enquistado en el poder.

Por lo pronto, no queda más que conformarse con tararear a Bob Dylan, para al menos en el terreno poético imaginar que, incluso para derribar un muro, “la respuesta está en el viento”.

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