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Morir por el ‘sueño americano’ cuando apenas se empieza a vivir

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23 de mayo, 2019

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Morir por el ‘sueño americano’ cuando apenas se empieza a vivir

 

David Torres

David Torres

David Torres

Hacia noviembre de 2017, el entonces Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos HumanosZeid Ra’ad Al Hussein, daba un contundente informe de su visita a Guatemala, nación a la que describió como asombrosa y diversa, pero en la que existen, dijo, dos realidades.

Como si hubiese hecho una radiografía de buena parte de las naciones latinoamericanas, si no es que de todas, el funcionario mencionó uno a uno los aspectos que lamentablemente definen el devenir del país centroamericano. Dijo, entre otras cosas, que “para una pequeña minoría, Guatemala es un país moderno y funcional donde se concentra el poder económico y político”.

Pero sin hacer escalas en su discurso, entró de lleno en lo que ha convertido a ese país en un constante productor de migrantes que, al no encontrar los satisfactores mínimos de sobrevivencia, emprenden, sin otra ilusión que la de ayudar a sus familias, una peligrosa e incierta travesía hacia el norte sin más escudo que su propia esperanza.

Declaró Al Hussein sin dudarlo: “Para el resto de la población, en particular para las mujeres, los pueblos indígenas, afrodescendientes, migrantes y personas con discapacidad, es un país donde han enfrentado toda una vida de discriminación, marginación y los efectos perniciosos de la corrupción y la impunidad”.

Es precisamente de esta otra realidad —esa que lacera incluso lo más vulnerable de los derechos humanos— de donde provenían todos aquellosmenores de edad que han muerto en custodia de las autoridades migratorias estadounidenses. De Guatemala se han contabilizado cinco, pero recién esta semana se dio a conocer el caso de una menor salvadoreña, de apenas 10 años edad, que  perdió la vida en septiembre de 2018 en Nebraska, pero cuyo deceso se había mantenido oculto, elevando a seis los fallecidos en similares circunstancias. Hasta ahora.

Y basta escuchar los testimonios que han recogido los diversos medios de información entre familiares y amigos de las víctimas —desde Jakelín Kaal, de 7 años, fallecida en 2018, hasta Carlos Hernández, de 16, muerto hace unos días— para darse cuenta de la terrible realidad de su situación, misma que, a pesar de las voces que los rechazan a lo largo de su travesía, les obliga a desprenderse de los suyos en busca, como lo ha hecho el ser humano en toda su historia, de un entorno mؘás propicio para preservar su existencia; más allá de bloqueos legales migratorios, actitudes xenófobas que nunca han sido nuevas o teorías sobre la superioridad o inferioridad entre culturas.

No es Estados Unidos el destino migratorio per se; es la necesidad humana la que lo ha convertido, solo por ahora, en el polo inicial de salvación. Cuando ninguna llave abra esta puerta, las nuevas rutas migratorias buscarán otros destinos, mientras persista la disparidad económica que no ha podido resolver ningún sistema de vida en sociedad.

Así de simple y de complejo a la vez. Simple, porque no se necesita lucubrar demasiado para entender las razones del éxodo centroamericano de estos días; complejo, porque quienes se han erigido en custodios de una frontera que quisieran infranqueable no admiten otro argumento más que el del “mérito” para tener acceso a lo más parecido a “la tierra prometida” de esta etapa histórica que nos ha tocado vivir.

Si no hay mérito en saber que, también según datos de la ONU hasta 2017, un 83% de la población guatemalteca vive en la pobreza absoluta o extrema, entonces qué lo es.

En efecto, de ese cúmulo de desesperanzas regionales centroamericanas es de donde surge la gran mayoría de los migrantes que se han arriesgado a solicitar asilo en Estados Unidos, tocando la puerta correcta, cierto, pero en un momento en que se ha corrido el cerrojo para esos “pobres y cansados que gimen por respirar libres”, como reza el poema de Emma Lazarus, ‘El nuevo coloso”, tan multicitado pero tan poco comprendido en estos tiempos.

Eso era lo que representaban, también, Jakelín Caal (7), Felipe Gómez Alonso (8), Juan de León Gutiérrez (16), Carlos Gregorio Hernández (16) y muchos más que han perdido la batalla en el camino. Y cómo olvidar en este breve recuento a Claudia Patricia Gómez González, jovenguatemalteca asesinada de un balazo en la cabeza hace exactamente un año por un agente de la Patrulla Fronteriza en Texas.

En fin, los lenguajes y los contextos son distintos según el terreno que cada uno pise, como lo ha demostrado el presidente Trump con su plan migratorio basado en un sistema de méritos, en el que ha dejado por fuera a los Dreamers, a los beneficarios de TPS y a los 11 millones de indocumentados que ya viven aquí, en lugar de aprovechar todo ese potencial que ya se ha educado aquí, trabajado aquí, pagado impuestos aquí y ha formado familias que no reconocen otro hogar más que este.

Hogar al que aspiraban, por cierto, los seis menores de edad que han muerto en custodia del país considerado más poderoso del planeta, en este Siglo XXI de nuestra confusa era.

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