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Del Estado-nación al Partido-Estado

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19 de noviembre, 2018

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Del Estado-nación  al Partido-Estado
Roberto Álvarez Quiñones.

Roberto Álvarez Quiñones.

Roberto Alvarez Quiñones

A la luz del derecho el Estado cubano  es una aberración histórico-jurídica, una anomalía que se contrapone a la razón y a la propia naturaleza humana.  Este tema, poco o nada abordado por los académicos (tampoco analizan la similitud entre fascismo y comunismo),  viene a colación ahora con el proyecto de Constitución con el que Raúl Castro quiere darle una nueva imagen a su Partido-Estado.

Este último es una versión disimulada de monarquía absoluta. Es una hibridación  ilegítima, pues no emana de la voluntad popular. El Partido-Estado no es un producto natural de la evolución histórica del Estado. Es postizo, impuesto a la fuerza.

Más de 1,000  años antes de Cristo, luego de quedar atrás la tribu como forma de organización social pre estatal basada en la agrupación de numerosas familias, se formaron  las ciudades-Estados. Fueron fundamentales en Mesopotamia y en Grecia, con Babilonia,  Atenas, Esparta y Tebas. En América la civilización Maya tuvo a Chichén-Itzá, fundada en el siglo VI. En la Edad Media brillaron Florencia y Brujas. Hoy quedan remanentes modernos como El Vaticano, Mónaco y Singapur (“Ciudad de los leones”).

Llamadas “polis” en Grecia, eran pueblos nucleados  en torno a una urbe y áreas agrícolas,  de pastoreo, bosques,  y puertos para comerciar. O sea, eran autosuficientes económicamente y soberanas, defendían su territorio.  Los hombres libres (había esclavos) se representaban a sí mismos en el gobierno,  votaban y eran personalmente responsables del cumplimiento de las leyes

Finalizado el medioevo vino  ya el Estado-Nación, con el Renacimiento y especialmente luego de la Guerra de los 30  Años en Alemania y la Guerra de los 80 años entre España y los Países Bajos, en 1648. Se estableció en Europa un nuevo orden social basado en la soberanía, esta vez  nacional, pero que alcanzó su plena institucionalización y mayoría de edad en América con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776, y la Constitución de 1787.

George Washington fue el primer jefe de Estado en la historia elegido en las urnas por el pueblo y con el nombre de Presidente. O sea, en EE.UU se plasmó antes que en ninguna otra parte el Estado de derecho con separación real de poderes que armonizó los intereses del individuo y la comunidad   y el derecho de propiedad como fruto natural de la cooperación entre los ciudadanos.

De manera que  aunque inspirado en el pensamiento político, social, filosófico y enciclopedista de la Ilustración Europea en el llamado “Siglo de las Luces”, el Estado moderno no brotó en el Viejo Continente, sino en América,  antes de que  la Revolución Francesa  pusiera fin en 1789  al  “ancien régimen” de las monarquías absolutas.  Pero en el Nuevo Mundo no rodaron salvajemente por el suelo las cabezas de  40,000  ciudadanos a golpes de guillotina.

Actualmente, con la revolución tecnológica y la globalización se va conformando algo así como el Estado globalizado.  Los países y sus habitantes están más interconectados que nunca. De alguna manera una expresión temprana de ese nuevo Estado futuro, ya no autosuficiente y que cede parte de su soberanía al “grupo”,  son los Estados de la Unión Europea.

El híbrido postizo:  el Estado soy yo

Pero en medio de esta evolución histórica del Estado se atraviesa un paréntesis, el Partido-Estado. Vio la luz en 1917 con la revolución bolchevique en Rusia. Tan pronto Lenin tomó el poder el Partido Comunista se tragó al Estado y lo suplantó. De partido político pasó a ser otra cosa, Partido y Estado a la vez.  Así sucedió en los 35 países en los que fue impuesto el comunismo, Cuba incluida. Los pueblos sometidos al “socialismo real” de hecho fueron regresados a las monarquías absolutas, en las que el Estado lo era todo y el individuo nada.

Algo muy similar ocurrió en Alemania y en Italia con el fascismo, pero en grado menor, pues el partido-Estado fascista nunca suprimió la propiedad privada. Y  a diferencia de los partidos comunistas, los partidos fascistas estaban subordinados al Estado fascista. En cambio, el PC en el poder es el Estado mismo, no hay separación real de ambos, e incluso según la propia  Constitución el PC como institución es la máxima expresión de poder en el país, no es el Estado.

El florentino Nicolás Maquiavelo, considerado el padre de las ciencias políticas modernas, en 1513 por primera vez empleó la palabra Estado (en “El Príncipe”). Lo llamó Stato, del latín status. También entronizó el concepto de la “Razón de Estado” para justificar las medidas incluso ilegales y atropellos de un gobierno para mantener el orden establecido o enfrentar a enemigos y disidentes. Maquiavelo mostró así su vocación autoritaria.  Obviamente el marxismo-leninismo tiene sobrados rasgos maquiavélicos. Como los tiene el fascismo.

Pero ninguno de los artífices teóricos del Estado moderno, como John Locke, el Barón de Montesquieu, Adam Smith, Jean Jacques Rousseau, Thomas Jefferson, ni antes tampoco Thomas Hobbes o el propio Maquiavelo,  pudieron sospechar que algún día un partido político al llegar al poder dejaría de serlo para convertirse en el Estado mismo.

El partido de los Castro, un pulpo institucional

El Partido Comunista-Estado de Cuba, creado por Fidel Castro a su imagen y semejanza, no es un partido político, sino un pulpo institucional, un desmesurado aparato estatal-administrativo-ideológico-paramilitar-represivo, cuya misión es mantener la “lealtad revolucionaria” del pueblo mediante el control social, la intimidación —velada o explícita contra militantes y no militantes—,  y el bombardeo constante de propaganda.

Si en algo encaja de manera perfecta la frase del rey Luis XIV de Francia , “L’Etat, c’est moi” (“El Estado soy yo”) es en la definición de un PC en el poder, pues el partido es el Estado mismo, las dos cosas en una sola. Es juez y parte a la vez.

Un Partido Comunista ortodoxo (no es el caso en China y Vietnam) en el poder, como el castrista, asume todos los poderes públicos, suprime la propiedad privada, monopoliza la economía y los medios de comunicación, la educación, la salud, la cultura, la vida privada de los ciudadanos y las fuerzas armadas con la excepción de Cuba,  donde el dictador y un grupo de militares están por encima de la Constitución y del Partido-Estado.

La mayoría de los cubanos no sabe cómo se llama el presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular (gobernador) o municipal (alcalde) pero todos conocen el nombre del Primer Secretario del PCC. Es quien encabeza en el territorio el Partido-Estado y tiene poder real.

Excluidos el 92.1% de los ciudadanos

La naturaleza tiránica del castrismo no solo se advierte por su carácter policial, sino porque excluye de la vida política a más del 90% de la población cubana. Constitucionalmente el PCC es la máxima expresión del poder político en la Isla, pero solo tiene 700,000  militantes (hace 20 años que su membresía no crece) y la Unión de Jóvenes Comunistas cuenta con 450,000 militantes, en un  país con 11.2 millones de habitantes. Es decir,  9 de cada 10 cubanos no son comunistas.

Según datos oficiales la isla tiene ahora 8.9 millones de ciudadanos adultos (mayores de 16 años). Por tanto, solo son miembros del PCC el 7.9% de los adultos. El otro 92.1% no es comunista. Pero esa minúscula cantidad de comunistas constituye el patriciado, que son los ciudadanos de primera clase que pueden ocupar los cargos públicos del Estado, el gobierno, las fuerzas armadas, y el dizque Parlamento. No hay jefe de mediana importancia en Cuba, ni diputado, que no sea miembro del PCC.

De manera que el Partido-Estado no representa a todos los ciudadanos, sino a los de primera clase, los que militan en el PCC. Ello significa que solo el 7.9% de la población (que milita en el PCC)  es la que elige a los delegados que cada 5 años en los congresos partidistas “eligen” a su dirección nacional,  que es la que dirige la nación.

Una ventaja de la élite dictatorial a cargo del partido político convertido en Estado es que esgrime permanentemente  la “Razón de Estado” postulada por Maquiavelo. La asfixia de las libertades básicas modernas en Cuba, los atropellos y la marginación del pueblo de la vida política, el secretismo enfermizo,  obedecen a “razones de Estado”.

Conclusión:  había más libertad y derechos ciudadanos en una tribu sumeria hace 5,500 años, o en Babilonia, o en los tiempos medievales oscuros de Carlomagno, que la que hay hoy en Cuba.

 

 

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