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Cuba: la cultura es libre, o no es cultura

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24 de septiembre, 2018

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Cuba: la cultura es libre, o no es cultura

 

Roberto Álvarez Quiñones.

Roberto Álvarez Quiñones.

Roberto Alvarez Quiñones

Imaginémonos que Beny Moré, la mayor figura de la música popular cubana en el siglo XX,  le hubiesen prohibido ser artista, o sea, cantar y tener una orquesta,  por no haber estudiado música en una escuela de arte, o que estuviese en la cárcel por haber actuado por la libre en el cabaret Tropicana,  o en una película en México, sin haber sido contratado por el gobierno de Carlos Prío o la dictadura de Batista.

Sigamos imaginándonos cosas:  Plácido Domingo, Celine Dion,   Luis Miguel y Shakira están en prisión, o recibieron multas millonarias por actuar sin haber sido contratados por sus respectivos gobiernos, y por actuar en el extranjero por su cuenta, sin haber sido enviados oficialmente por sus gobiernos.

Pensemos ahora en la cara que pondría un suizo, un francés, un australiano, un costarricense, un brasileño, o un japonés  si le preguntan  ¿cuál es la política cultural de su país?  Creería que le están tomando el pelo.

Y no he comenzado aquí una estampa humorística. Todos estos absurdos (que no pudo sospechar Kafka) serían realidad en Cuba con la política cultural de Raúl Castro.

Para empezar, la existencia misma de una política cultural en un país es ya un disparate.  La cultura es libre, o no hay cultura. Solo hay política cultural en las sociedades cautivas, como la cubana, acogotada por un sistema político totalitario.

Por eso el decreto-ley 349, vigente desde julio pasado,  le da al Ministerio de Cultura cubano la potestad de decidir quién puede, o no, ser artista.  Ya vimos que según ese prisma Beny Moré no era un artista. Increíble, pero cierto.

Ahora ese ministerio designa inspectores para que suspendan espectáculos, pongan  multas, confisquen  instrumentos musicales, cancelen licencias de cuentapropistas, y hasta expropien la vivienda de artistas que actúen sin ser contratados por el gobierno. Exige que para ser artista hay que haber estudiado en una escuela de arte ¿Es lo que hacen en Bélgica, o en Chile?

Sin duda  detrás de este decreto están también las fuerzas armadas.  Al impedirle a los negocios privados que contraten artistas por su cuenta se favorece a los militares, dueños de los hoteles y demás instalaciones que generan divisas. No quieren competencia.

Como respuesta a este atropello cultural artistas cubanos redactaron una carta al presidente Díaz-Canel  en la que rechazan esa medida que “criminaliza el arte independiente” y agrede los “valores éticos y culturales”.  Quieren un diálogo con el gobierno para que sea derogado.

Otros artistas dieron a conocer  el “Manifiesto de San Isidro”,en la sede del Museo de Arte Políticamente Incómodo, en el barrio de San Isidro, Habana Vieja, en el que llaman a presionar para que se elimine el funesto decreto-ley.

Y es sintomática esta protesta. El Barrio de San Isidro, muy conocido a principios del siglo XX por su “zona de tolerancia” y las peripecias del célebre proxeneta Alberto Yarini, es hoy un destacado centro socio-cultural con actividades por la libre (léase clandestinamente) de artesanos, músicos, pintores y actores de teatro.

En medio de todo el diario Granma se apareció con la defensa de esta barbaridad en un artículo firmado por Pedro de la Hoz, vocero “ad hoc”  del Ministerio de Cultura y del Departamento Ideológico (DI) del Partido Comunista,  que sin dudas “orientó” el artículo. El DI dirige el ministerio citado y traza la política cultural en la isla.

Para el articulista el decreto es una maravilla y quienes lo critican no hicieron una lectura razonada del documento original”.  O sea, quien lo cuestiona es porque no lo leyó bien, pues el documento es perfecto.

De la Hoz reitera que la libertad de creación es “uno de los principios irreductibles de la política cultural de la Revolución”. Y agrega que esa política es la que trazó Fidel Castro en 1961 en sus “Palabras a los Intelectuales”, que califica de una “política abierta, plural, antidogmática, enemiga de todos los sectarismos”.

                ‘Conmigo, todo; contra mí, nada’.

Se burla de todos.  Nadie en la burocracia del PCC puede hacer creer que ignora el carácter fascista de aquella arenga de Fidel Castro en junio de 1961 –tres meses después de proclamar el carácter comunista de su revolución– en la Biblioteca Nacional, acuñada luego como “Palabras a los Intelectuales“.

Fue simplemente un plagio que hizo Castro  de una frase que Mussolini usaba para definir al fascismo: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.

Fidel, admirador confeso de Mussolini en su juventud,  adaptó la frase:   “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”. Fue una amenaza a los creadores cubanos:   “Conmigo, todo; contra mí, nada”.

Cómo puede hablar de “política abierta” y “plural” ningún funcionario o vocero del régimen si el propio comandante  la cercenó de cuajo en 1961. El colmo es que con un nuevo ¿Presidente? en vez de dejar que al fin la cultura sea libre como en cualquier país normal, se convierte en ley la asfixia de la cultura cubana,  57 años después. Para atrás como el cangrejo.

O sea, mientras se agrava la crisis social y económica la dictadura en vez de flexibilizar la camisa de fuerza que le tiene puesta a la capacidad de los cubanos para crear riquezas,  de cualquier índole, la aprieta más.

Tal y como lo percibía Mussolini, ahora en Cuba ser músico, pintor, escultor, actor, bailarín, escritor o periodista, fuera del Estado, es delito.  Poco importa que el artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclame que toda persona tiene derecho a expresarse artísticamente libremente y a “la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora”.

Cuidado con el  ‘Big Brother’

En Cuba ese artículo y los restantes 30  son “propaganda enemiga” o “peligrosidad social predelictiva”. Este último delito fue inventado por los nazis en los años 30.  En Cuba  actuar a espaldas del “Big Brother” (el ojo omnipresente que lo ve todo) conduce a prisión, o a recibir una multa desorbitante.

Una de las primeras cosas que hizo Castro I al asaltar el poder fue estatizar los medios de comunicación y los artísticos, todo el sistema nacional de educación, expulsó del país a sacerdotes y monjas, y lanzó la mayor operación de lavado de cerebro realizada nunca en el hemisferio occidental.

Prohibió decir nada positivo de los 57 años de república “neocolonial” y solo destacar la maldad de la “burguesía” y la rapacidad del “imperialismo”. Se prohibió leer prensa y libros foráneos no socialistas, tener contacto con extranjeros “no amigos de Cuba”. Se silenció a los grandes artistas cubanos que emigraban o eran “gusanos”, como Ernesto Lecuona, Osvaldo Farrés o Celia Cruz, por solo citar tres casos.

Fueron prohibidos los Beatles, Elvis Presley, los Platters y toda la música “diversionista” occidental. Se internaron artistas e intelectuales en campos de concentración (las UMAP). En fin, fue una “revolución cultural” (no sangrienta) cinco años antes de la maoísta.

En verdad  Fidel hizo lo que propugnaba  Antonio Gramsci. El fundador del Partido Comunista de Italia –más astuto y peligroso que Marx y Lenin—sostenía que para implantar el comunismo y sostenerlo no era necesario una revolución violenta, sino tomar el control de los medios de comunicación, las escuelas y universidades, y acabar con la influencia religiosa en la población. Y así lo hizo el comandante.

El artículo de Granma mencionado afirma que el decreto 349 actualiza las normas y preceptos que deben garantizar que el Estado (de nuevo nos tropezamos con el “Gran Hermano” de Orwell)  responda a “los requerimientos y exigencias del desarrollo de la vida cultural y social de la nación.  ¿Es eso lo que hacen los gobiernos de Austria y Nueva Zelanda, digamos?

Esos requerimientos constituyen, en forma no muy bien disimulada,  la vigencia en pleno siglo XXI  del principio fascista-fidelista que somete a la cultura cubana. Paradójicamente cuando ya el comandante está petrificado en Santiago de Cuba y corren los tiempos del “reformista” Raúl Castro, y de su administrador,  Díaz-Canel.

Heráclito de Efeso  sostenía que “todo cambia, todo fluye”. Menos en Cuba. Todo sigue igualito:   “O conmigo, o contra mí”.

 

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