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“…que los niños vengan a mí”

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11 de julio, 2018

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“…que los niños vengan a mí”
David Torres

David Torres

David Torres

La simpleza con la que el actual gobierno de Estados Unidos suele plantear la “solución” a un fenómeno histórico-social tan complejo como el migratorio conduce a pensar que, en el fondo y en la forma, no lo entiende, ni en definitiva lo acepta. “Que no vengan”, ha dicho llanamente el mandatario en torno a la crisis de los menores migrantes separados de sus padres generada por su propia presidencia.

Es claro que al agregar la palabra “ilegalmente” a su ocurrencia del día —tras no tener respuesta a su incumplimiento de reunir a los niños con sus padres—, lo que Trump pretende es que leyes particulares “regulen” los urgentes impulsos de sobrevivencia de vastos grupos humanos que se encuentran en situaciones de alta vulnerabilidad. Grupos que, antes que pensar en un trámite migratorio para el que no hay tiempo, prefieren arriesgarlo todo y salir lo antes posible de su entorno, simplemente para salvar la vida y la de los suyos. Pero eso es difícil de entender para esta administración, sus funcionarios y sus seguidores.

Es un hecho ya que en esa situación se encuentran precisamente las familias centroamericanas que ahora mismo padecen un doble sufrimiento: el que los hizo huir de la violencia de sus países y el que enfrentan al ser separados tras pedir refugio en una nación que durante toda su existencia ha presumido de ser compasiva y benevolente con el perseguido, el pobre, el necesitado, el desposeído, el amenazado o el hambriento. Pero todo eso ha quedado ensombrecido ahora y expuesto a su propia prueba de fuego.

Y no, no es necesario que Trump y sus exclusivos asesores repitan una y otra vez que emigrar-inmigrar “debe” llevarse a cabo solamente “dentro de la ley”, pues el mundo entero ya entendió que el racismo convertido en política pública del trumpismo se enfoca en atacar y bloquear al inmigrante de color, sobre todo el latino que habla español, en este preciso periodo de la historia de Estados Unidos. Antes, ya se sabe, fueron otros los que padecieron su inocultable xenofobia: asiáticos, irlandeses, italianos.

A los mexicanos, no hay que olvidarlo, los ha tenido en la mira también en otras épocas, no solamente en la actualidad: las deportaciones masivas de los años 30 y 40 del siglo pasado dan cuenta de esa otra ignominia, de esa otra traición. Sí, por supuesto que hay otras deudas pendientes.

Pero el jugar con las vidas de los niños, que en el fondo no son solamente inmigrantes sino refugiados, convierte al Estados Unidos de Trump en una nación decadente. Al cerrar la puerta a los menores en peligro y al utilizarlos como carnada psicológica para disuadir a otros de venir a este país, se autoexcluye de las sociedades de bienvenida y se coloca en las que prejuiciosamente señalan al “otro” como enemigo. Así, sin más explicación, sin más argumentos que las ocurrencias que emanen de la boca de su líder un día tras otro.

De tal modo que al separar a un niño inmigrante de sus padres que buscan refugio, Estados Unidos se separa de sí mismo y del resto del mundo.

Pero además sorprende sobremanera que una nación que ha cifrado su devenir histórico en la fe; que obliga a sus funcionarios a juramentar ante la Biblia; que ha acuñado incluso en su dinero la frase “En Dios confiamos”, como si una divinidad determinada fuera parte de un trueque; que se da golpes de pecho en Navidades; que se llena de pesadumbre por los pobres en Días de Acción de Gracias y les reparte comida, aunque sigan siendo pobres al otro día; que cite a diestra y siniestra salmos y pasajes bíblicos a la menor provocación, como ese de “dejad que los niños vengan a mí…”, etc.; que agradezca en familia a su divinidad por los alimentos en la cena; que condena al no creyente por ejercer su derecho a no profesar religión alguna, o que se autoproclame el salvador del mundo, no pueda aceptar ahora mismo el evidente simbolismo de una infancia necesitada, amenazada, perseguida y violentada en sus derechos que pide humildemente un espacio de salvación, una oportunidad de vida y de esperanza.

En efecto, “dejad que los niños vengan a mí” ha dejado de tener un sentido manifiesto y compasivo en la nación que ha sido despojada, oficialmente, de toda misericordia.

Porque la forma como Trump ha exhibido a su sociedad ante el mundo, sobre todo con este drama en el que ha obligado a vivir a los menores centroamericanos arrancados de los brazos de sus padres, mantiene en vilo la credibilidad de este laboratorio social que prometía mucho, pero que ahora mismo podría quedar solo y abrazado a su propia orfandad.

Mientras tanto, la perspectiva del inmigrante sobre este país podría estar cambiando a pasos agigantados a partir de ya, confirmando así que no es que el inmigrante escoja por gusto venir a esta nación, sino que es esta nación la que se ha autoproclamado como una especie de “tierra prometida” y se ha atravesado con su insufrible propaganda del “Sueño Americano” en el camino de millones de seres humanos que, más que “soñar”, solo buscaban salvación y continuar con su propia historia, personal y familiar, con los ojos bien abiertos forjando una nueva realidad.

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