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Cuba: fatal desperdicio de capital humano

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05 de julio, 2017

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Cuba: fatal desperdicio de capital humano
Roberto Álvarez Quiñones.

Roberto Álvarez Quiñones.

Roberto Alvarez Quiñones

Es triste ver en las imágenes y fotos que llegan de Cuba cómo en pleno día están las calles y parques repletos de personas adultas que conversan, hacen cuentos, o juegan con el perro. No tienen empleo. Se dedican a “inventar” para sobrevivir.

De todos los datos estadísticos que hoy ofrece la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) del régimen el más escandalosamente falso es el de la tasa de desempleo, al asegurar que en 2016 fue de 2.4%.

Foto: Edgar Pagaza, Facebook.

Foto: Edgar Pagaza, Facebook.

El gobierno de Cuba siempre miente en sus estadísticas económicas y sociales, y con total impunidad, pues no es posible verificar ninguna cifra. Comenzó a mentir a principios de 1960, cuando el ministro presidente del Banco Nacional de Cuba, el Che Guevara, montó en cólera al enterarse de que el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) en 1959 no había llegado al 1% y obligó a sus economistas a buscar otros métodos para calcular el PIB y aumentarlo para dar una buena imagen de la revolución.

Pero en esto del desempleo se cogió el dedo con la puerta, pues recientemente Cuba fue elegida como miembro del Consejo de Administración de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para el período 2017-2020, y el gobierno de Raúl Castro se vio obligado a informar a la OIT que de 7 millones de personas en edad laboral que hay en la isla, 4.9 millones trabajan y los otros 2.1 millones no tienen empleo.

Eso significa que la tasa real de desocupación es de un impresionante 30%, una de las más altas del mundo y la segunda más elevada de las Américas, detrás de Haití. Sin embargo, el régimen no lo admite ante los cubanos, so pena de negarse a sí mismo. La propaganda castrista siempre ha propagado el mito de que en Cuba no hay desempleo porque es un país socialista marxista-leninista y ese flagelo es propio del “decadente” sistema capitalista.

Claro, si lo saben en Ginebra (sede de la OIT) el mundo entero lo sabe: hay en la isla más de dos millones de personas en edad laboral que no tienen empleo. Lo peor es que en su inmensa mayoría son jóvenes. Conforman la estampa viva del “hombre nuevo” castro-guevarista. No hay en las Américas desperdicio mayor del más valioso capital que posee una nación.

Desperdicio del capital más valioso

Es un axioma universalmente reconocido que el principal recurso económico-social que tiene un país es el capital humano, la capacidad creadora de su gente. Así ha sido desde que surgió el homo sapiens, excepto en los regímenes comunistas del siglo XX y lo que va del XXI, en los que la propiedad privada para producir bienes y servicios en grande es una herejía castigada por la ley.

Es ese el caso de Cuba. El Estado castrista fue capaz de mantener niveles de empleo más o menos aceptables mientras contó con los cuantiosos subsidios de la Moscú. Pero todo era artificial. En cada centro de trabajo sobraban trabajadores, las plantillas estaban infladas casi hasta el infinito. Siempre cabía uno más, aunque no hiciese falta, si era amigo de alguien allí empleado.

Cuando desapareció la Unión Soviética, los subsidios venezolanos resultaron insuficientes para mantener semejante nivel de improductividad, con más de 1.5 millones de empleados estatales que hacían muy poco, o casi nada. Y se hizo necesaria la “actualización del modelo económico socialista”, que aunque sigue siendo estatista y estalinista el mundo entero llama “las reformas de Raúl Castro”.

Como si estuviera en la Luna y no con los pies en la tierra, una de las primeras medidas anunciadas por el propio dictador, como parte de esa “actualización” citada, fue el despido gradual de esos 1.5 millones de trabajadores sobrantes en las plantillas del sector estatal, pero sin liberar las fuerzas productivas de la nación para que un creciente sector privado pudiese asimilar a esa enorme masa de trabajadores cesanteados.

Oficios medievales

O sea, la dictadura siguió plantada en la Edad Media. Otorgó licencias a título personal para prestar sólo precarios servicios de corte medieval. Incluso dejó fuera a los profesionales universitarios, que con su know how pudieran aportar mucho al país por cuenta propia. Lógicamente, a los pocos meses se le dio marcha atrás al anunciado despido masivo, pues iba a provocar un caos y probablemente desestabilizaría al régimen.

Pero pese a no haber un sector privado capaz de asimilarlos, decenas de miles de trabajadores estatales de todas formas perdieron sus empleos por falta de materias primas en sus fábricas, el cierre de algunas, o la reducción de la actividad industrial y comercial debido a la recesión derivada de la crisis en Venezuela. Muchos otros continúan abandonando casi a diario sus centros de trabajo porque el salario promedio de unos 23 dólares no les alcanza para sobrevivir y mantener a sus familias y prefieren “resolver” en el mercado negro.

El resultado golpea la vista. Hoy en pleno día los parques y calles de todas las ciudades de la isla están llenos de hombres y mujeres en edad laboral. Conversan, hacen cuentos, o juegan con el perro.

Sólo 155,605 jóvenes son cuentapropistas, que representan el 31% del incipiente sector privado de la isla. Algo más de un millón de jóvenes laboran en el sector estatal, pero no trabajan alentados por el miserable salario cubano promedio, sino porque pueden sustraerle al Estado productos que luego venden en el mercado negro para subsistir.

Los ‘faltantes’ son aplaudidos

Por raro que parezca, robar al Estado en Cuba no es delito, sino un acto de legítima defensa que la gente aplaude muy contenta. Gracias a los “faltantes” en los inventarios estatales, o los “desvíos de recursos”, es que existe el verdadero mercado nacional, el subterráneo, el que mantiene vivitas y coleando a las familias cubanas.

El 30% de desempleo que hay en la isla actualmente explica por qué Cuba ostenta un récord insólito, es el único país del hemisferio que hoy está más atrasado económica y socialmente que a mediados del siglo XX. Ni Haití, con una tasa de desocupación mayor que la cubana, está en ese caso, pues su salario promedio de 59 dólares mensuales duplica al de Cuba. La isla “revolucionaria” está por debajo de cero en materia socioeconómica, y necesita primero llegar a cero para despegar y luego construir el futuro.

Sin duda la reconstrucción del devastado país estará a cargo de esos jóvenes que hoy no tienen empleo, y los que cuelgan sus títulos universitarios en la pared y pedalean un bicitaxi, o se maquillan como estatuas vivientes para recibir propinas de los turistas.

Los cubanos a los que hoy se les prohíbe ser prósperos empresarios privados, técnicos o empleados bien remunerados, serán quienes con el concurso financiero de la banca internacional y nacional, e inversionistas extranjeros y cubanoamericanos, reconstruirán la economía cubana, que antes de la pesadilla castrista era una de las más pujantes del continente. Edificarán el país moderno y democrático que todos anhelamos.

 

 

 

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