Maduro: ‘¿elecciones para qué?’

 

Roberto Álvarez Quiñones.
Roberto Álvarez Quiñones.

Roberto Alvarez Quiñones

La convocatoria de Nicolás Maduro de una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución copiada de la castrista tal vez podría percibirse como una versión nostálgica del “congreso de los soviets” que dio paso al primer país comunista en la historia, hace 100 años. A Maduro sólo le faltó lanzar la consigna de Lenin en 1917:   “¡todo el poder a los…” las comunas (soviets en ruso) chavistas!

O como una reedición de la consigna lanzada por Fidel Castro en 1959 de “¿Elecciones para qué?”, luego de haber prometido desde la Sierra Maestra y ya como jefe de gobierno en febrero de 1959, que se convocarían elecciones generales para elegir democráticamente al Presidente de la República y un Congreso pluripartidista. Casi 60 años después, todavía los cubanos están esperando que se convoquen elecciones democráticas en la isla.

Pero no, la Constituyente no es más que una burda maniobra ilegal para no celebrar las elecciones que establece la propia Constitución chavista, en 2018. Y para desmantelar la Asamblea Nacional, todas las instituciones del Estado “burgués”, y gobernar como Raúl Castro. Es más cómodo y no hay que hacer teatro para aparentar ser lo que no se es.

Intervención directa de Cuba

El narcogobierno de Maduro quiere implantar, ya sin hojitas de parra semánticas, el modelo castrista y oficializar la unión de Venezuela y Cuba una sola patria “revolucionaria”. Y digo oficializar porque esa unión ya existe. De hecho funciona hace rato, aunque no se llame ni Cubazuela ni Venecuba. La estrategia de la criminal represión contra los manifestantes venezolanos es teledirigida desde La Habana, incluso con la participación in situ de fuerzas especiales del MININT vestidas de civil o con el uniforme de la Guardia Nacional Bolivariana.

En Venezuela hay cubanos en los puestos claves del Estado, el gobierno, las fuerzas militares y represivas, y en la inteligencia y contrainteligencia del régimen, incluyendo la seguridad personal de Maduro.

Con una nueva Constitución de tipo soviético los chavistas quieren demoler la fachada democrático-occidental que hasta ahora vendían al mundo y armar un sistema político de “poder popular” de “democracia participativa”, o “directa”. Así le llaman los marxistas a las dictaduras comunistas pese a que son, precisamente, los sistemas políticos más excluyentes y menos participativos del mundo.

Tomemos el caso cubano. No hay votación directa de los ciudadanos para elegir al Jefe de Estado y de gobierno. Las circunscripciones comunitarias en Cuba, parecidas a los Consejos Comunales en Venezuela, están controladas por el Partido Comunista (PCC), que es constitucionalmente la máxima instancia de poder político, por encima del Estado y del gobierno. Pero la cúpula partidista y su líder nacional (el jefe de jefes de la nación) no son elegidos por el pueblo, y la membresía total del PCC no llega ni al 10% de la población del país.

Cuba tiene 11.2 millones de habitantes y de ellos 8.2 millones son adultos. Sin embargo, el PCC tiene sólo 720,000 militantes. O sea, el 92.1% de la población adulta cubana no es comunista. El otro 7.9% de los cubanos militantes es el que puede ocupar los cargos públicos del Estado, las fuerzas armadas, el dizque Parlamento y todas las instituciones de la nación hasta el nivel de departamento y de sección. No hay jefe de mediana importancia en Cuba que no sea miembro del PCC.

En China hay 1,382 millones de habitantes (en 2016) y el Partido Comunista cuenta con 88 millones de miembros. Es decir, el 93.6% de la población china no es comunista. En Vietnam hay 4 millones de militantes comunistas en una población de 91 millones de habitantes. En la URSS en sus mejores tiempos apenas el 6.5% de la población pertenecía al Partido Comunista.

En Venezuela no sería diferente, las últimas encuestas revelan que el apoyo al gobierno chavista no llega al 19% de los ciudadanos. Ya es sabido que los delegados a la Constituyente serán escogidos a dedo por el gobierno en los sindicatos y las comunas, controlados por el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). En Cuba la actual Constitución la redactó una pequeña Comisión escogida a dedo por Fidel Castro ¿coincidencia?

Los ‘soviets’ castro-chavistas

Vale aclarar que la Constitución cubana fue copiada al carbón de la vigente en la Unión Soviética. Fue así que surgió en las Américas la figura del Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, en vez de Presidente de la República. Todo importado de Moscú. Ese Consejo de Estado, que en la URSS se llamaba Soviet Supremo, en Cuba es “elegido” por los diputados, todos miembros del PCC, que sin chistar deben aprobar para Presidente al jerarca designado previamente por el dictador (Primer Secretario del PCC).

Como la sobrevivencia del castrismo depende de que el régimen chavista siga en el poder, La Habana insiste a Maduro y su cohorte de criminales que no pueden entregar el poder, porque irán a la cárcel. Que no se rindan aunque haya que masacrar a los venezolanos, cosa que en buena medida ya se hace.

Lo que pasa es que esta maniobra llega muy tarde. No solo porque el general Castro se retira como Presidente dentro de 9 meses, sino porque tratar de imponer a estas alturas el modelo castrista no es viable por tres factores: 1) el rechazo del pueblo, que ya es casi una insurrección nacional; 2) la devastadora crisis económica, social y humanitaria, la peor de Venezuela en 206 años, solo tiene solución con el fin del chavismo; y 3) el fracaso absoluto del castrismo, el modelo a copiar, que convirtió a Cuba en puras ruinas y una cárcel gigante.

Además, el régimen de Caracas no es una dictadura tradicional como tantas ha habido en Latinoamérica, ni un régimen estalinista clásico bajo la máscara de una utopía paradisíaca (como la describe el himno “La Internacional”). Se trata de una pandilla de criminales, ladrones, y narcotraficantes buscados por la justicia internacionalmente. El de Venezuela es un narco-estado.

Con Fidel sepultado en Santa Ifigenia, Hugo Chávez en su tumba del Cuartel de la Montaña (Caracas) y Raúl Castro con 86 años (el mes próximo), cansado, y al frente del PCC sin muchas energías, el pretendido modelo social castro-chavista está muerto. El discurso hipnotizador tipo Mussolini con el que Fidel Castro engañó a muchos cubanos, a la izquierda mundial y a tanta gente en el planeta, es historia antigua. El populismo de Hugo Chávez, también. Lo que queda es la tiranía químicamente pura, a golpe limpio, tiros, hambre, miseria. Y rebelión popular permanente.

La revolución “de los humildes, por los humildes y para los humildes” que vendió el Castro mayor,   y que le compró Chávez bien caro,  fue otra “Gran Estafa” como la narrada por Eudocio Ravines a mediados del siglo pasado.

Indiferencia internacional

Por eso es inadmisible el silencio que guarda la mayoría de los gobiernos del mundo, y muchos de América Latina, ante la salvaje represión de las manifestaciones y la violación de los derechos humanos en Venezuela. En la OEA no se acaban de alcanzar votos suficientes para aplicar la Carta Democrática al régimen chavista, o para acordar el rompimiento masivo de relaciones diplomáticas con Caracas, cosa que solo ha hecho el gobierno de Perú.

El propio gobierno de EEUU hasta ahora no ha hecho nada en apoyo al pueblo venezolano. Maduro y sus esbirros deben sentir presión internacional y sanciones efectivas. Sus crímenes deben ser denunciados en el Consejo de Seguridad de la ONU, en la OEA, en todos los foros internacionales. La injerencia castrista en Venezuela debe ser duramente repudiada.

Y choca sobremanera la posición del presidente Mariano Rajoy de España, quien se apresta a realizar una amistosa visita al dictador Raúl Castro, artífice de la tragedia venezolana.

En cuanto a la Constituyente, Maduro y su narcogobierno son incapaces de comprender que copiar la Constitución de otro país no es nada práctico, sobre todo si la original no sirve.

 

 

 

 

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