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¿El mito mejor vendido por el castrismo?

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07 de febrero, 2017

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¿El mito mejor vendido por el castrismo?
Roberto Álvarez Quiñones.

Roberto Álvarez Quiñones.

Roberto Alvarez Quiñones

Cualquier respuesta a la pregunta del título podría basarse en la llamada Ley Campoamor, esa que postula:   “en este mundo traidor/ “nada es verdad ni mentira/ todo es según el color/ del cristal con que se mira/, y que dejó como legado el genial poeta español Don Ramón, de apellido tan singular.

Sí, pudiera depender del color del cristal la identificación de una manera u otra el mito mejor vendido por el castrismo, pero yo me atrevería a asegurar que luego de leer este artículo va a ser difícil que usted no coincida conmigo en que fue y sigue siendo el de la educación y la salud pública gratuitas como una “obra genuina de la revolución“.

Ese fue el mejor acabado producto de marketing político-ideológico de Fidel Castro y luego de su hermano Raúl, entre los tantos que tejió en su andar el mayor de los dos como dictador (el más largo de la historia moderna). Dicho en breve, la educación y la salud en Cuba conforman la joya de la corona de la propaganda castrista, por su sensibilidad en lo humano, y su gran alcance proselitista.

Tan magistralmente fue vendido a nivel planetario que aún hoy  sigue vivo, pese a que ya simplemente no existe. Y es el más sofisticado porque no es algo que se pueda decir que es falso del todo, pues hasta 1991 ciertamente los servicios de educación y de salud pública se expandieron por todo el país, aunque no con la calidad pregonada.

¿Dónde radica entonces el cuento de caminos? En dos falacias:

  • Fidel hizo creer a todos que ello se debía al sistema comunista implantado por él y el Che Guevara. Aseguraba que era superior a los modelos socioeconómicos “burgueses” de Latinoamérica y todo Occidente.
  • Desde hace 26 años la educación y la salud pública en Cuba son una triste calamidad, tan deprimente que el gobierno ya no menciona el tema siquiera en la isla, sólo lo exporta para mantener viva la propaganda de siempre.

La verdad al respecto es que si ambos servicios alcanzaron un notable nivel fue exclusivamente gracias a los fabulosos subsidios de la Unión Soviética, y al manejo irresponsable y caprichoso de dichos recursos financieros. En eso consiste el mito.

Fue siempre un gran embuste afirmar que los avances sociales en Cuba eran producto de la economía estatal socialista, centralmente planificada. Falso, jamás se habría podido lograr nada si hubiese dependido de la economía castrista, la más improductiva y descapitalizada de las Américas

Lo que ocurrió fue que con propósito de propaganda política-ideológica Fidel usó gran parte del dinero soviético para gastos sociales totalmente desproporcionados para el tamaño de la economía cubana y su grado de desarrollo, en vez de dedicarlo al desarrollo económico del país para levar el nivel de vida del pueblo y asumir entonces los gastos en educación y salud de forma sustentable, autóctona, y no postiza y falsa.

O sea, Fidel se acreditaba los honores, pero era el tío Sacha quien pagaba la abultadísima cuenta, con regalos entre 4,000 y 6,000 millones de dólares anuales. Valiente “logro” revolucionario.

Por eso al desaparecer la URSS , hace 26 años, todo se vino abajo. Brotó la mentira de la vitrina social de que tanto presumía el comandante. Hoy el régimen ya no habla de educación ni de salud pública. No puede.

Escuela en el campo: disparate y despilfarro

Fueron incontables las barbaridades cometidas por el difunto faraón cubano. En uno de sus arranques de locura se le ocurrió un plan “único en el mundo” que denominó Escuela en el Campo. Ordenó la construcción de 535 enormes escuelas de tres y cuatro pisos en los campos (40 de ellas para becados del Tercer mundo), con una gravísima afectación para la economía nacional y la vida de los cubanos.

El comandante gastó en eso varios miles de millones de dólares. En los 20 años que duró su disparatado experimento (hasta 1991) se emplearon 10 millones de toneladas de cemento, se ensamblaron 2,000 ómnibus rusos (Girón) para transportar a los estudiantes. Se consumieron 16 millones de toneladas de alimentos, y 15 millones de toneladas de combustible. Eso sin contar el equipamiento técnico y docente, uniformes, y todo el cuantioso avituallamiento necesario en general.

Con tan fabulosos recursos financieros se pudo desarrollar más la economía nacional y satisfacer las más agobiantes necesidades de la población, que con cada nueva gigantesca escuela en los campos se empobrecía cada vez más..

La inmensa mayoría de los estudiantes secundarios y preuniversitarios fueron trasladados a aquellas escuelas rurales para trabajar en la agricultura como peones de media jornada. Y los que quedaron en las ciudades también eran llevados a trabajar al campo por períodos entre 45 días y tres meses.

Al cesar los subsidios de Moscú aquellos enormes inmuebles campestres fueron abandonados. Algunos fueron convertidos en cárceles y otros en viviendas, que siguen vacías por falta de trabajadores que quieran laborar en terrenos llenos de marabú.

Miles de adolescentes embarazadas

El daño social causado fue inmenso. Marcaron negativamente a cientos de miles de adolescentes en lo psicológico, familiar, moral, sexual, académico, educativo, y en las maneras para comportarse socialmente.

Decenas de miles de niñas y adolescentes entre 12 y 14 años se iniciaron en la vida sexual en aquellas escuelas y sus oscuros alrededores campestres durante las noches. Lo mismo con muchachos de más edad que con profesores. Miles de ellas quedaron embarazadas y se convirtieron en madres solteras, o abortaron.

Por otra parte, en el sistema educativo castrista se institucionalizó el lavado de cerebro de niños, adolescentes y jóvenes. Todavía hoy se les inculca una visión distorsionada de la historia y la realidad de Cuba y del mundo, se cultiva el desprecio a los valores democráticos y las libertades individuales. Se venera a Fidel Castro y su idiotez de que “el futuro pertenece por entero al socialismo”, o la aún más ridícula consigna de “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”.

¿Escasez de escuelas antes de 1959?

Según la propaganda castrista, en Cuba antes de 1959 apenas había escuelas públicas y maestros, y la enseñanza universitaria era muy cara y no estaba al alcance de los hijos de los trabajadores.

Falso. En 1958, según el Anuario Estadístico de Cuba,   había en la isla 7,567 escuelas primarias públicas (gratuitas) y 869 privadas, o sea, 8,436 en total. De las escuelas públicas, 1,206 estaban en el campo. A mediados de los años 50 la educación pública contaba con 25,000 mil maestros, y la educación privada con 3,500.

También eran públicos los institutos de segunda enseñanza, con avanzados planes de bachillerato — de punta en Latinoamérica–, las escuelas normales para maestros, escuelas del hogar, escuelas normales de kindergarten, de comercio, de bellas artes, de agrimensura, de artes y oficios, de periodismo, escuelas profesionales de publicidad y los institutos tecnológicos y otros. En unas 170 instituciones de ese tipo en el curso 1955-56 la matrícula fue de 70,029 alumnos.

Hacerse médico con 5 pesos mensuales

En cuan to la enseñanza universitaria, hoy en día casi nadie en Cuba sabe que en la Universidad de La Habana la matrícula anual costaba sólo 60 pesos –60 dólares entonces–, a pagar en tres plazos. Un joven podía graduarse de médico, ingeniero, abogado, arquitecto, contador público, o de doctor en Ciencias Sociales, en Filosofía y Letras, o en Pedagogía, con 5 pesos mensuales.

En la práctica eran gratis las clases, las prácticas de laboratorio, los deportes, el formidable Balneario Universitario en Miramar, con su piscina olímpica y la playa. Me acuerdo que en el balneario por 50 centavos yo almorzaba bistec de palomilla, arroz, papas fritas, ensalada y un postre. Alguien de mi edad (75) que lea este artículo, si iba también al balneario universitario en 1959 y 1960, podría confirmarlo.

También era gratuita la asistencia médica en la Clínica del Estudiante, que ocupaba el séptimo piso del actual Hospital Fajardo. Yo estuve hospitalizado en esa clínica estudiantil por una fiebre muy alta que por suerte derivó en un vulgar sarampión, aunque realmente severo.

Obviamente los estudiantes tenían que comprar libros y cosas para sus clases, pero en la librería universitaria (Alma Mater) tenían bajos precios. A los estudiantes procedentes del interior del país sus familias debían costearles el hospedaje en alguna casa de huéspedes cercana a la universidad, que costaba como promedio 50 pesos mensuales, incluyendo desayuno, almuerzo y comida.

Asistencia médica de alto nivel

En 1958 Cuba contaba con un sistema de asistencia médica de alto nivel profesional y tecnológico. Había 35,000 camas de hospitales. Con una población de 6.6 millones de habitantes, había una cama por cada 190 habitantes, cifra superior a la de una cama cada 200 habitantes en países desarrollados. Estados Unidos tenía 109 camas por habitante. Sin embargo, en 2013, había 38,642 camas, una por cada 289 habitantes.

A fines de los 50 Cuba registraba la tasa de mortalidad infantil más baja de América Latina, seguida por Argentina y Uruguay, según la Organización Mundial de la Salud. En médicos por habitantes en 1958 la isla era sólo superada por Argentina y Uruguay

Derrumbe al cesar los subsidios

Al desaparecer la URSS, el dinero venezolano pudo solventar parte de esos gastos sociales. Pero dado el deterioro imparable de la economía castrista la demanda de cash creció y los subsidios de Caracas resultaron insuficientes. Para colmo, el precio del petróleo se desplomó.

Hoy el sistema de educación en Cuba es una calamidad. Faltan libros de texto, libretas, lápices, uniformes, materiales y equipamiento tecnológico para las clases y para las prácticas de laboratorios. Tampoco hay suficientes maestros y profesores calificados, ni acceso a internet, ni programas de estudios modernos, propios del siglo XXI.

Los edificios y muebles de las escuelas sueltan los pedazos, en ruinas. Los fraudes y la corrupción campean entre el profesorado y el alumnado. Con “regalitos” al maestro alumnos son aprobados fraudulentamente. El presupuesto para la educación ha sido reducido drásticamente.

Se cierran hospitales

En el sector de la salud, lejos de aumentar el número de camas y de hospitales, desde 2010 han sido cerrados 64 hospitales. Ya se perdió el 31% de la capacidad de hospitalización del país. La escasez de medicamentos es alarmante.

En 2010 fueron despedidos 47,000 empleados del sector de la salud. Los consultorios del médico de la familia se redujeron de 14,007 en 2006 a 11,506 en 2013, y siguen disminuyendo por falta de médicos, pues son exportados para confiscarles el 75% de sus salarios en divisas, como esclavos de bata blanca en pleno siglo XXI.

Casi la mitad de los 82,000 médicos cubanos graduados en la Isla prestan servicio en 67 países, fundamentalmente en Venezuela y Brasil. El 75% del salario de esos esclavos modernos constituyen la mayor fuente de ingresos en divisas del país. Debido a tantos galenos fuera del país ha caído mucho la atención médica primaria y especializada.

Igualmente es lamentable el estado de los hospitales: falta de higiene elemental, pululan cucarachas y mosquitos, los pacientes tienen que llevar sus propias sábanas, almohadas, jeringuillas, y a veces el yodo y el mercurocromo. Muchas intervenciones quirúrgicas  no se realizan por falta de cirujanos, de puntos para suturas, o de gaza para absorber la sangre. La poca comida para los hospitalizados es intragable.

Lo asombroso aquí es que pese a ese desastre en salud y educación, la propaganda sembrada por Fidel sigue vigente en el mundo, y son muchos quienes siguen creyendo que la educación y la salud públicas son un estupendo “logro de la revolución.

A esos creyentes yo los invito a que vayan a Cuba, visiten hospitales y escuelas fuera del melifluo circuito reservado para los turistas. Y luego me cuentan.

Al no haber ya suficiente dinero extranjero regalado, y como expresión de la inviabilidad de la economía socialista cubana y la crisis económico-social que devasta la isla, la educación y la salud pública hoy dan pena.

Son una vergüenza nacional. Y latinoamericana.

 

 

 

 

 

 

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