EEUU y Cuba, un largo camino por recorrer

 

María Luisa Arredondo.
María Luisa Arredondo.

A diferencia de 1928, cuando una entusiasta multitud recibió en La Habana al entonces presidente de Estados Unidos, Calvin Coolidge, el pasado domingo Barack Obama llegó a la capital cubana en medio de una pertinaz lluvia y de calles semidesiertas. En el aeropuerto, ni siquiera Raúl Castro acudió a recibirlo, tal vez como presagio de una visita con evidentes claroscuros que incluso resultó opacada por los ataques terroristas en Bélgica.

El carácter histórico y emblemático del viaje de Obama a la isla es, por supuesto, innegable. Tuvieron que transcurrir 88 años para que un jefe de la Casa Blanca pisara suelo cubano y derrumbara así la idea de que el restablecimiento de las relaciones entre ambos países era prácticamente imposible.

La pregunta que todo el mundo se hace ahora es qué tanto cambiará la isla como consecuencia de la reanudación de vínculos diplomáticos y comerciales con Washington.

Muchas de las dudas quedaron despejadas en la inusual conferencia de prensa que dieron ambos gobernantes en el palacio presidencial de La Habana, donde quedó claro que, a pesar del acercamiento, los dos países mantienen profundas diferencias, específicamente en los temas de la democracia y los derechos humanos.

Aunque Obama dijo que su visita no tenía como fin imponerle a Cuba ideas de cómo gobernar, hizo una férrea y apasionada defensa de los beneficios de la libertad y de la democracia. Se atrevió a defender a los disidentes del régimen castrista e incluso se reunió con varios de ellos.

Castro, a su vez, recalcó que si bien los dos países han hecho progresos para normalizar sus relaciones, los avances son insuficientes debido al embargo y a que Estados Unidos se niega a entregar la base militar de Guantánamo. Criticó, asimismo, que en la Unión Americana no exista el acceso universal a la salud y que sea tan marcada la disparidad de salarios entre hombres y mujeres.

Pero sin duda el momento crucial de la conferencia ocurrió cuando Castro tuvo que responder a los cuestionamientos de la prensa estadounidense sobre los presos políticos y los disidentes arrestados. Visiblemente molesto por su falta de costumbre para enfrentar a periodistas independientes, negó de manera tajante que en la isla hubiera presos políticos y exigió que le dieran nombres.

Fue, desde luego, la respuesta típica de un líder autoritario a quien no le interesa que la realidad lo desmienta a la vista de todos. Mientras Castro hablaba, la policía cubana detenía en las calles y frente a las cámaras de televisión a quienes pretendían manifestarse en contra del gobierno de la isla. Estos hechos son una prueba irrefutable de que el gobierno cubano no está dispuesto a cambiar ni un ápice. Lo único que le interesa es que Estados Unidos lleve a la isla los dólares e inversiones que tanto necesita para sobrevivir.

Obama está consciente de ello. Pero está convencido de que la única forma de exportar a Cuba los ideales de justicia y democracia de Estados Unidos es mediante acuerdos comerciales, por lo que prometió hacer todo lo que esté a su alcance para terminar con el embargo. Su esperanza es que el cambio económico mejore las condiciones de vida de los cubanos y que eventualmente esto propicie la apertura política. La transición, sin embargo, no será fácil ni de la noche a la mañana. Al menos no ocurrirá mientras los Castro sigan en el poder.

*María Luisa Arredondo es fundadora y directora ejecutiva de Latinocalifornia.com

 

 

 

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