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Estilo J.L. Sierra

David Torres

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16 de septiembre, 2014

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Estilo J.L. Sierra
David Torres.

David Torres.

En Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, Jorge Luis Borges da forma a uno de los pensamientos fundamentales de su vasto mundo literario y filosófico: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Es seguro que cada ser humano define el suyo —o se encuentra con el suyo— a la deriva de cualquier circunstancia, lo que equivale a decir hallarlo a la hora y en el lugar menos esperado, por más meditado que sea su presente y sobre todo por más anhelado que sea su futuro: a bordo de un barco; en la página clave de un libro; tras una clase de la materia más complicada; en el umbral de un conflicto armado; en las postrimerías de una historia amorosa; en un cuarto solo, atado a la sombra de Virginia Woolf;  en un arrabal donde se busca siempre una nostalgia; en un poema aún no escrito que dé sentido y equilibrio al universo; o, quizá, al cruzar una frontera de un país a otro de manera subrepticia.

Saber para siempre quién se es, entonces, podría ser una tarea “fortuitamente deliberada”, sobre todo si a partir de ese momento el gen del compromiso con uno mismo y con su destino se convierte en el hilo conductor de cada uno de nuestros pasos, que seguirán ineludiblemente todo el tiempo el largo camino de las convicciones.

Como pocos diaristas angelinos de su generación, José Luis Sierra, periodista mexicano fallecido el pasado 5 de septiembre en la ciudad de Pasadena, supo eso desde su inmersión en la realidad-real, según su propio recuento, y que la palabra escrita iba a ser su vehículo principal para decir todo aquello que, afirmaba, de una y mil formas le incomodaba. Claro, él lo expresaba siempre de otra manera un tanto cuanto más profana. “Esto es para siempre, jefe, para siempre”, solía agregar desde la sobriedad de sus pensamientos cuando había que hacer un periódico más y alejado de toda solemnidad hacia su persona. La pleitesía no era su mejor aliada: “Me cagan los elogios y los lloriqueos fingidos de ciertos entrevistados en la televisión”, expresaba mientras sumía temerariamente el pie en el acelerador de aquel viejo auto deportivo entre azul y gris en el que aún jovencísimo paseaba hacia principios de los años 90 del siglo pasado por las calles angelinas en busca de no se sabía qué. Lo imaginaba entonces como un Hunter S. Thompson del Altiplano enfrascado en cualquiera de sus reportajes o en su versión más cercana a La gran caza del tiburón.

Si logró su cometido en el ámbito periodístico o no, será tarea de quienes den cuenta de la historia o la historiografía del tan sui generis periodismo en español, en algunos casos una quimera, no sólo de la ciudad de Los Ángeles, sino de todo Estados Unidos. Lo que sí es un hecho es que logró demostrarse a sí mismo que, con todas las limitaciones que tanto se autocriticaba —un ejercicio poco común en el gremio y ahora mucho menos común gracias a ese “mundo feliz” Huxleyano que representa un aspecto de las redes sociales, el mejor escaparate de toda nuestra vanidosa miseria humana; en otras palabras, la nueva Hoguera de las vanidades—, pudo enfrentar sus propios fantasmas —redacción, sintaxis, ortografía, edición— y superarlos hasta lograr hacerse de un importante espacio en el periódico La Opinión, medio informativo que lo consolidó como periodista, sí, pero que también lo limitó, como a muchos otros, debido a la pobre visión de sus diversos dueños al negarse a posicionarlo como un medio nacional e internacional por sí solo, y en su lugar despedazarlo como lo hicieron, al convertirlo en un eslabón más de una cadena de publicaciones que no ha podido encontrar más que el rumbo de la entelequia  informativa.

Lo conocí en la primavera de 1992, en el apogeo de los motines de Los Ángeles tras el veredicto de no culpabilidad de los cuatro policías involucrados en el caso Rodney King. Él era reportero precisamente del periódico La Opinión, cubriendo la alcaldía desde una oscura oficina del edificio municipal, y yo un aspirante a corresponsal de la extinta revista Macrópolis de la Ciudad de México, donde había trabajado como reportero de la sección cultural, tras diversas incursiones en tareas de edición en medios impresos como La Jornada o la revista Casa del Tiempo. Cubrimos juntos, también, el caso Álvarez Macháin hacia finales de ese mismo año de 1992 durante las tensas audiencias en la corte federal, en medio de un mar de agentes de la DEA y testigos protegidos que eran citados a declarar todo el tiempo. Él seguía siendo parte del equipo de reporteros del diario angelino y yo ya editaba un semanario llamado Enfoque, propiedad de una atractiva empresaria surcoreana que se hacía llamar “Xóchitl Mayo” y cuyos cheques de pago rebotaban con bastante frecuencia.

Sierra fue el primero en todo el mundo —y doy fe de ello— en dar a conocer por teléfono a una radiodifusora mexicana la noticia de la exoneración del doctor Humberto Álvarez Macháin, acusado de participar en la tortura al ex agente de la DEA Enrique Camarena Salazar, en una propiedad de Rubén Zuno Arce, cuñado del ex presidente Luis Echeverría Álvarez. José Luis saltó como resorte del asiento que ocupaba y corrió hacia las cabinas telefónicas antes que nadie en cuanto el severísimo juez Edward Rafeedie exoneró al médico mexicano, y para mi sorpresa y la de todos, no sé cómo no le llamó la atención por alterar el orden en la sala. El caso es que la noticia ya iba firmándola con los apresurados pasos que daba hacia la salida, como un Herodoto inmigrante a punto de iniciar la nueva versión de Los nueve libros de la historia. Su primicia fue recogida de inmediato por los diarios vespertinos y por otros medios impresos y electrónicos mexicanos.

Más que una anécdota para esta nota, es la rememoración del estilo de trabajo de José Luis Sierra, en quien se conjugaba la contextualización del inmigrante como periodista y del periodista como inmigrante. ¿Cuántos, desde entonces e incluso durante décadas anteriores, han tenido que ejercer esta actividad fuera de sus países para formar parte de una historia periodística migratoria que aún no termina de escribirse? El caso de Sierra, más allá de lo emblemático por su reciente pérdida irreparable, contiene al menos dos verdades: la del reportero que sí sabe lo que es patear la calle en busca de información y la del mismo reportero que, con base en la experiencia adquirida, puede y merece acceder a otros puestos en el escalafón y desde los cuales servir de guía a los noveles aspirantes que le vienen pisando los talones. En su caso, todo fue lógicamente creíble y sobre todo entrañable, a pesar de no pocos exabruptos propios de su desinhibida personalidad reflejados en su particular estilo de ejercer el periodismo, yerros que solía remediar con una franca, estentórea y contagiosa carcajada, misma que solía emplear cuando recordaba sus tiempos duros previos al ejercicio periodístico, durante los que tenía que pernoctar donde le fuera posible y dormir en cuartos de mala muerte, decía, muchas veces sobre una colchoneta en el suelo. Bromeábamos al respecto porque no había lugar para las lamentaciones, e incluso le comentaba, con ironía de por medio, que su caso era como el de los personajes de la novela Levantado del suelo, del escritor portugués José Saramago, en la que describe la difícil vida de los campesinos que trabajan una tierra que no es suya, pero que a la postre se levantan para defenderse de las injusticias. “Ojalá”, decía, y no paraba de reír.

La razón por la que no llegó a la dirección del periódico La Opinión se pierde en los recovecos de las extrañas decisiones empresariales, que a partir de la primera década de este siglo fueron privilegiando en puestos ejecutivos a gente que jamás pisó la calle, que no tenía respeto por la profesión o que exhibía un desconocimiento absoluto de la comunidad a la que pretendían informar.

Dejamos de vernos en 1994, cuando tuve que regresar a México por razones personales. A mi retorno a Estados Unidos hacia finales de la década de los 90, esta vez al norte del estado de Illinois, donde editaba otro pasquín semanal de nombre Nueva Semana que dirigía un barranquillero de nulo conocimiento editorial, una fría mañana recibía una llamada de José Luis desde Los Ángeles, unos cinco años después, en la que me proponía sumarme a La Opinión, como coeditor de un semanario político denominado Cambio. Él ya era jefe de asignaciones de la sección metropolitana, paso que supuse lógico después de su etapa como reportero. Eso garantizaba al menos un cambio cualitativo y una certeza de que las cosas no iban tan mal. Es decir, que al parecer esa empresa respetaba y reconocía la experiencia de sus redactores en beneficio de la tarea informativa. Más tarde nos daríamos cuenta que no. Aun así, bajo la directriz del “joven Sierra”, como también se le conocía, la cobertura de los múltiples temas angelinos mantenían a flote al periódico y es un hecho irrefutable que al menos dos generaciones de reporteros compartieron con él experiencias y conocimientos.

Perdimos contacto cotidiano en 2004, cuando un nuevo camino laboral me llevó a la ciudad de Dallas, Texas, y pocas veces coincidimos a mi retorno a Los Ángeles en 2006. La última vez que nos vimos fue para compartir una comida con Loreta y sus hijos, donde daba rienda suelta a sus proyectos, pero ambos manteníamos el contacto profesional a través de amistades comunes y de sus reportajes sobre la frontera, a la que él tenía tomado el pulso perfectamente. Todos coincidían en lo mismo: era incansable, y con creces.

Hubo un tiempo en que la mitificación de la siguiente frase convirtió a la actividad informativa en el más ilusamente romántico de los destinos para cualquier aspirante a redactor: “Una vez que hueles la tinta es imposible apartarte del periodismo”. Se hacía referencia, por supuesto, a los medios impresos que por antonomasia imperaron en la conciencia social durante décadas, muy por encima de la televisión y la radio. Es imposible saber si un médico forense podría decir lo mismo sobre los fétidos olores al momento de definir su profesión, pero es cierto que la tinta para los periodistas de antaño fue una especie de estupefaciente efectivísimo para sumarse a las filas de una actividad que, más que un empleo siempre mal remunerado, es básicamente una forma de ser. Es seguro que José Luis Sierra lo haya sabido desde el primer momento.

Aún no hay una frase que ancle a los noveles redactores con el uso de las redes sociales, pero es seguro que la encontrarán: es una cuestión generacional, no en términos de edad, sino de madurez en el ámbito de la condición humana y del ejercicio periodístico, adaptado —como ha sido siempre— al desarrollo de la tecnología informativa. Seguramente no será el olor la palabra clave, sino quizá el sonido o el aspecto visual o táctil. Ya sabremos si Bill Gates, Steve Jobs y Mark Zuckerberg desplazan definitivamente a Gutenberg.

“Eso me vale madres”, decía el joven Sierra. “La información es la información y el periodismo es el periodismo”.

Alter ego de sí mismo, José Luis lideró a su manera toda una época en el tipo de periodismo impreso que se ejercía en Los Ángeles en las dos últimas décadas del Siglo XX  y en la televisión en estos primeros años del Siglo XXI. En todo caso, Sierra es un momento en la historia del periodismo hispano del sur de California y, al mismo tiempo, es un momento entrañable y abarcador que impulsó con su estilo personal diversos destinos.

Además de un legado, él representa, sobre todo en estos tiempos, una referencia de lo que puede lograr un inmigrante que se da cuenta para siempre quién es.

 

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