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Loa a mi abuela: Una víctima del Franquismo

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09 de febrero, 2014

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Loa a mi abuela: Una víctima del Franquismo

Aitana VargasPor Aitana Vargas

Sus manos delicadas y arrugadas se abrieron como lo hacen la amapolas en primavera para recoger ese ramo de flores color carmín que le entregaron nada más reposar sus pies cansados en el aeropuerto internacional de Barajas. En su rostro anciano y afable se dibujaba una sonrisa de tranquilidad y sosiego ante la atenta mirada de familiares y periodistas que con sus cámaras inmortalizaban aquel momento.

Sus pisadas por la terminal número 4 del aeropuerto madrileño marcaban el final del largo viaje que Ascensión Mendieta recorrió junto a una veintena más de españoles. Ese trayecto de Madrid a Buenos Aires, y de la capital argentina de regreso a la española realizado en diciembre de 2013, forma parte de un momento histórico para la España moderna que algún día será recogido en los libros de texto.

Surcaron el mar de nubes del océano Atlántico para declarar ante la magistrada argentina María Romilda Servini de Cubría por los crímenes cometidos durante la Guerra Civil y la dictadura española. Pero aún en febrero de 2014, la justicia y las autoridades españolas se dejan la piel y la poca dignidad que les queda tratando de enjaular los temidos fantasmas de aquella época. Tanto es así, que se retuercen en sus despachos institucionales para evitar abrir un proceso legal en España y escuchar los interminables lamentos de las víctimas que sufrieron una clase de terrorismo de la que no estamos acostumbrados a hablar.

A sus 88 años, el rostro de Ascensión emana calidez y cercanía. También evidencia esa belleza física que de joven cautivó la mirada de los transeúntes en su Sacedón natal. Y en esos surcos donde confluyen la belleza y la vejez, nace la tristeza infinita de haber crecido con el recuerdo irreconciliable de un padre fusilado. Ascensión nunca olvidará esa trágica fecha que marcó una época plagada de penurias y hambre para ella, para sus 6 hermanos y para su madre, María Ibarra.

Ese 15 de noviembre de 1939, a los 13 años, el cuerpo de su padre Timoteo fue perforado por las balas del régimen franquista. Los disparos indiscriminados partieron también la vida de una familia que se quedó sin su principal sustento. El cadáver de Timoteo reposa en una de las miles de fosas comunes esparcidas a lo largo y ancho del territorio español, a la espera de que un día, las autoridades españolas hagan las paces con su pasado oscuro y turbulento, e inicien la exhumación de los cuerpos desgastados por el paso del tiempo. De aquella fatídica fecha han pasado más de 7 décadas – toda una vida.

Bajo los esplendorosos y florecientes campos de olivos que se extienden por la España actual yacen decenas de miles de cadáveres con las huellas del dictador Francisco Franco. Cada una de esas almas inconformes y silenciadas a punta de pistola y de torturas infames, esperan impacientes e inquietas, un único destino: ser rescatadas de los estratos de tierra y piedras, y ser identificadas. Una a una, cada hueso y cada alma debe retornar a sus familiares. Porque esas son las acciones propias de una nación digna – no ya para con su pueblo, sino para consigo misma. El invocar la Ley de la Amnistía de 1977 y utilizarla como pantalla es, sencillamente, una burla directa a las víctimas. ¡Qué manera más deshonrosa, más indecorosa, de masacrar las necesidades de decenas de miles de españoles!

Si a ustedes, Señores y representantes del pueblo español, les incomoda y les duele remover el pasado, no se imaginan el dolor inconmensurable que Ascensión y el resto de víctimas llevan apuntalado con fuego en sus corazones de hierro. No se imaginan los manantiales de lágrimas que han derramado en años de reclamos desatendidos por ustedes. O quizá sí que se lo imaginan. Y precisamente porque lo palpan con temor y se lo imaginan con nitidez, transparencia, y claridad, dedican todo su esfuerzo a ignorarlo.

De su bolsillo de pensionista, Ascensión Mendieta –mi abuela– financió la travesía de su vida: la búsqueda por una justicia en Buenos Aires que ustedes le han negado en su España natal. Con una vida de sacrificio y vejez a sus espaldas, con sus manos arrugadas, esta modesta costurera de 88 años ha tejido el mosaico sobre el que otros españoles reivindicarán sus derechos. Los crímenes del Franquismo serán juzgados un día. Y ustedes, representantes del pueblo español, tienen en sus manos la abrumadora responsabilidad de decidir, si pasar a la historia por haberlos juzgado, o por haberlos bendecido.

** Lea este texto en aitanavargas.com

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