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Raúl Castro y el ‘hombre nuevo’

Roberto Álvarez-Quiñones

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10 de enero, 2014

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Raúl Castro y el ‘hombre nuevo’

 

Roberto Álvarez Quiñones.

Roberto Álvarez Quiñones.

El “hombre nuevo”  revolucionario  que diseñaron el Che Guevara y Fidel Castro para el siglo XXI está totalmente desconectado de la revolución,  se opone frontalmente a ella, o  tiene como meta irse del país para vivir en el  capitalismo.

El Che no vivió lo suficiente para constatar  la inviabilidad de crear  en el laboratorio estalinista una “raza superior’ de hombres-corderos,  pero Fidel sí vive y  cosecha  en silencio desde Punto Cero  los resultados de tan colosal idiotez.

Lo de idiotez lo admitió de hecho  Raúl Castro en su discurso del primero de enero de 2014, aunque obviamente lo reconoció  a la manera castrista:   acusó a los “centros de poder global”  (léase Washington)  de  “ inducir la ruptura entre la dirección histórica de la revolución y las nuevas generaciones”  y  de  “introducir sutilmente plataformas de pensamiento neoliberal y de restauración del capitalismo neocolonial enfiladas contra las esencias mismas de la revolución socialista”.

Traducidas correctamente  tales “denuncias” lo que realmente dijo el dictador  fue que los  jóvenes cubanos,  y los no  tan jóvenes,   rechazan masivamente el régimen  que él preside.  Nunca ningún  jerarca de la cúpula dictatorial había admitido eso públicamente.

Volviendo al comandante argentino, para él y  para Fidel  la revolución solo sería auténtica si era  capaz de crear un “hombre nuevo”  comunista  capaz de trabajar lleno de entusiasmo contagioso todo el tiempo  en las tareas más duras,   sin importarle la remuneración y dispuesto a sacrificarlo todo, incluso su familia, en el cumplimiento del deber.

Ese robot humano,  tan enajenado que parece  el  personaje protagonizado por  Charles Chaplin en la película “Tiempos Modernos”,  sería  el  revolucionario cubano del siglo XXI.  Un militante superior, despojado ya  de  remilgos pequeño-burgueses  y convertido  en una “fría máquina de matar”, frase con la que el Che precisó en  su Carta a la Conferencia Tricontinental de La Habana (1966) la capacidad que debía tener el verdadero revolucionario para pulverizar a los enemigos internos  y externos de la revolución comunista mundial, el  sueño frustrado de Trotski. Y para ello en esa misma carta llamó a incendiar el planeta  con la consigna de “crear dos, tres, muchos Vietnam”.

Superhombre nazi

El  modelo de ciudadano  guevarista-castrista sería una versión marxista del superhombre que los nazis tomaron prestado de  Friederich  Nietzsche. Hitler y  los principales ideólogos del Tercer Reich  adaptaron a su cosmovisión racista muchos  rasgos del ser superior esbozado por dicho filósofo alemán –quien igualmente odiaba a los judíos–, como la falta de compasión, la crueldad, la fuerza, la guerra, la violencia, el gusto por la acción.

Nietzche también expresó  aversión por toda la humanidad, a la que despreciaba profundamente y a la que quería someter, dominar, aplastar,  moldear con un deseo enfermizo de compensación y de venganza e incluso de exterminio en caso de que fuese “necesario”.  Los nazis le pusieron uniforme a su hombre superior ideal y lo habilitaron para  el  Nuevo Orden Mundial  fascista que duraría por lo menos 1,000 años.

En Cuba la  sabia   y tozuda  realidad tampoco  validó la “raza” guevarista e iconoclasta,  y ya desde la propia década de los años 60 dictó su veredicto:   los proyectos sociales o ideológicos que niegan, desvirtúan  o asfixian  la naturaleza humana nacen ya  muertos.

¿Cuál fue  el   “hombre nuevo”  que parió la  revolución que empobreció  a los cubanos a niveles africanos,  arrasó con buena parte de  los valores sociales,  éticos y humanísticos que imperaban en Cuba  antes del  cataclismo castrista, implantó en el tuétano de la sociedad  la filosofía de “sálvese quien pueda” , hizo emigrar a su capital humano, y encima convirtió la isla en una prisión gigante?

Ese cubano de a pie,  víctima de abusos y  privaciones de todo tipo,  es todo un artífice de la doble cara:   sabe mentir y disimular a la perfección para no buscarse problemas con el gobierno, roba al Estado para poder sobrevivir, trata de trabajar lo menos posible si no es cuentapropista o campesino, no le interesa mucho estudiar, sino  conseguir un empleo en el sector turístico o en una empresa mixta para obtener CUC,  o dólares. Si no recibe muy jugosas remesas de un “gusano” de la diáspora acude al mercado negro para  “resolver” los alimentos y todo lo que necesitan él y su familia.

Es más, a no ser que sea uno de los tantos valerosos  disidentes, una Dama de Blanco, o un  defensor de los derechos humanos,  prefiere no oír hablar de  amor a la patria, o de solidaridad. No  le importan demasiado los héroes y los próceres, y  ni siquiera Martí, Maceo o Céspedes le dicen mucho. Otros, los menos,  son delincuentes o jineteras.

La culpa es del ‘totí’

Difícil debió ser la conversación que seguramente tuvo Raúl  con su hermano al informarle que en  Santiago de Cuba en su discurso del primero de enero él  iba a reconocer la desconexión entre “las nuevas generaciones” y la revolución.  El mayor de los Castro, menos proclive que su hermano a aceptar la realidad tal y como es, probablemente se negó hasta que Raúl  le aclaró que por supuesto lo haría acusando a los “centros de poder global” de socavar la entereza revolucionaria del pueblo, etc.  Es decir, que una vez más le echaría la culpa de todo al “totí” (pequeño pájaro negro muy común en Cuba) del Norte.

Y muy importante, el  general  le advirtió a quienes creen ver  reformas  en Cuba  que no se hagan ya  más ilusiones, pues  en el país  seguirá rigiendo el dogma anticapitalista marxista-leninista. Que “desmayen” eso de que va a haber  una apertura  a la economía de mercado, ni siquiera de estilo chino, y menos una flexibilización del  sistema político para tornarlo más pragmático  y  menos represivo.

‘Pioneros por el comunismo…’

Pero tal vez lo más significativo de  todo  es que sin proponérselo el  dictador  reconoció oficialmente el  fracaso de los  55 años de lavado de cerebro político-ideológico,  y  la  inutilidad de hacer  jurar a los niños “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”.

Ambos hermanos Castro  saben contrastar muy bien que  fueron  los jóvenes quienes en los años 50 encabezaron  la rebelión contra la dictadura batistiana, y que son hoy los jóvenes  quienes más rechazan  la “revolución”  que ellos supuestamente debían continuar.  Ello revela  la urgente necesidad de que la pesadilla castrista llegue a su fin.

Irónicamente el llamado “relevo de la revolución” es el que más resistencia le opone.  Tanto abiertamente en la lucha por la libertad y la restauración de  los derechos ciudadanos que  Cuba no tiene desde 1952,  o negándose  a participar en las tareas convocadas por el régimen y  desvinculándose  de la vida política y social.  Esto último es lo más parecido a una huelga de brazos caídos de carácter permanente, y que se amplía sin cesar.

La Unión de Jóvenes Comunistas no sabe ya qué  hacer para detener el éxodo de militantes y para atraer  nuevos miembros. Muchos al llegar a la edad de pasar al Partido Comunista (PCC)  declinan ese “honor”. Eso explica  por  qué en un país comunista con 11.2 millones de habitantes   hay 762,000 militantes (en abril de 2013) del partido gobernante,  solo un 8.7% de la población adulta de la nación.

Y es que los jóvenes de hoy, sus padres y  sus abuelos,   han visto frustradas sus esperanzas de una vida mejor,  como les prometieron.  El futuro nunca llegó. Ello debiera ser suficiente para que los hermanos Castro tuvieran el decoro de renunciar al poder de una vez, y pedirle perdón al pueblo cubano por tanto sufrimiento, y por tantísimo tiempo.

En fin, con su  mensaje de Año Nuevo  Castro II  evidenció que la revolución cubana es sólo pasado  y muy doloroso. No tiene presente, y mucho menos futuro.

 

 

 

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