A 55 años de un gran embuste

Roberto Álvarez Quiñones.
Roberto Álvarez Quiñones.

Imaginemos que un madrileño que de joven visitó en 1958 La Habana,  cuando era una de las ciudades más bellas y atractivas del mundo, y el ingreso per cápita de los cubanos duplicaba al de los españoles , va ahora de nuevo a la capital isleña y con cuidado para no ser aplastado por un derrumbe o no pisar aguas pestilentes  por las aceras y calles camina asombrado  por  Centro Habana, el Cerro,  Habana Vieja y  el Vedado, al tiempo que conversa con la gente para ver cómo vive.

Imaginemos también que al vacacionista un  funcionario de turismo le pregunta  qué le parece  el avance del país  desde su primera visita cuando “Cuba era explotada por el imperialismo y la burguesía nacional”,  y lo  anima para que vaya a Santiago de Cuba para Año Nuevo (2014) a los festejos  por  el aniversario 55 de la revolución.

El forastero sólo podría pensar dos cosas:  “Este tío, o está mal de la cabeza, o me está tomando el pelo”.  Y daría en el clavo, pues a fin de cuentas  la revolución cubana  en realidad ha sido  ambas cosas:   un disparate y una  tomadura de pelo.

Cierto, y lo digo con tristeza, la mayor parte de mi  generación fue  hipnotizada por el verbo  encendido  de aquel  tropical Flautista de Hamelin (como lo califica mi amigo  escritor Manuel Gayol)  llamado Fidel Castro, quien con su  enajenante  musiquita   nos  arrastró al abismo.

Lejos de alcanzar el futuro luminoso  prometido por el barbado  flautista,  Cuba  dejó  de ser uno de los países  con más alto nivel de vida en Latinoamérica en los años 50  y devino  uno de  los más pobres,   y para colmo, sin los derechos  y libertades  que corresponden a una sociedad moderna.

Y es que,  además de reprimir, hacer promesas  y embaucar a los cubanos  fue lo que mejor que hizo Fidel todo el tiempo.   El mismo primero de enero de 1959, desde un balcón frente el parque Céspedes  en Santiago de Cuba  ya nos tomó  el pelo a todos:   “Nadie piense que yo pretenda ejercer facultades aquí por encima de la autoridad del Presidente de la República, yo seré el primer acatador de las órdenes del poder civil de la República, y el primero en dar el ejemplo”.

No me interesa el poder’

En la Sierra Maestra,  al ser entrevistado  en febrero de 1957 por Herbert  Matthews  (The New York  Times),  Castro  había afirmado:   “El poder no me interesa. Después de la victoria quiero regresar a mi pueblo a continuar con mi carrera de abogado”.

Volvió a burlarse del pueblo  el 16 de febrero de 1959, al tomar posesión como primer ministro del Gobierno,  cuando dijo que lo hacía provisionalmente.  «Yo no soy un aspirante a Presidente de la República –dijo en el Palacio Presidencial.– no me importa ningún cargo público, no me interesa el poder”.

Unos días antes –el 7 de febrero—ya  él  mismo  había redactado la “Ley Fundamental”  que puso en práctica al  asumir como jefe de Gobierno.  Así  echó abajo  la Constitución de 1940 –que  había prometido restablecer–, convirtió en ornamental el cargo de Presidente de la República y arrebató al Congreso las funciones legislativas, que pasó al Consejo de Ministros que él presidía. Es decir, el  joven barbudo  se convirtió en el gobernante más poderoso  de  toda la historia republicana, y luego en el dictador que en el mundo  ha gobernado  más tiempo en la era moderna:   52 años consecutivos (1959-2011)

En otra entrevista que le hicieron en las montañas,  en mayo de 1958, Castro dijo:   «Nuestra filosofía política es la de la democracia representativa«. Y por la Radio Rebelde  insistía  en que  al triunfar la revolución  se  convocaría a elecciones presidenciales.

Ciertamente  Fidel  tuvo  la oportunidad de pasar a la historia como  un  gran gestor de  la democracia moderna en la isla.  Pudo  convocar  elecciones, habría sido elegido y  habría podido  enrumbar el país hacia un Estado de derecho,  con economía de mercado. Y  hoy  Cuba sería una próspera nación. No estaría en ruinas.

Pero para  Castro  era inadmisible  gobernar sólo 4 años, incluso 8, ó  12 años  si se enmendaba la Constitución.  Lo suyo era vitalicio. Dominado por su narcisismo y su patológica  obsesión por el poder  lanzó  la consigna de  “¿Elecciones para qué?”  y  nunca las hubo.  Cuba es hoy la nación que lleva más tiempo en todo Occidente  sin realizar comicios democráticos:   65 años, desde 1948.

‘No soy comunista’

En su primera visita a Estados Unidos en abril de 1959,  en el Club de Prensa de New York,  Castro dijo:   “Que quede bien claro que nosotros no somos comunistas. Que quede bien claro”.  Y en Washington le dijo a los periodistas:   “Yo no estoy de acuerdo con el comunismo. Cuba no nacionalizará ni expropiará propiedades privadas extranjeras y buscará, por el contrario,  inversiones adicionales«.

En ese mismo mes de abril de 1959, en una entrevista concedida al periodista José Ignacio Rasco, entonces su amigo, Fidel le aseguró:

«No soy comunista por tres razones, y te lo digo para tu tranquilidad espiritual. Primero, porque el comunismo es la dictadura de una sola clase y yo he luchado toda mi vida contra las dictaduras y no voy a caer en una dictadura del proletariado. La segunda razón, porque el comunismo significa odio y luchas de clases y yo estoy en contra completamente de esa filosofía. Y la tercera porque el comunismo lucha contra Dios y la Iglesia…»
Ya en enero,  en el Club de Leones de La Habana,  Fidel había “aclarado” a la prensa: “No somos ni seremos comunistas. Nuestra revolución es genuinamente democrática, genuinamente cubana».

Y antes, también en mayo de 1958 en la Sierra Maestra,  había asegurado: “No he sido nunca ni soy comunista. Si lo fuese, tendría valor suficiente para proclamarlo». Y agregó: «Nunca ha hablado el Movimiento 26 de julio de socializar o nacionalizar la industria. Ese es sencillamente un temor estúpido hacia nuestra revolución».

Pero no era nada  estúpido aquel temor.  A los tres meses de tomar el poder, en marzo de 1959, intervino la corporación estadounidense  International Telephone and Telegraph Company (ITT) .  En  agosto de 1960, 13 meses más tarde, Castro estatizó las 161 empresas estadounidenses que había  en Cuba, incluyendo 36 fábricas de azúcar. Dos meses después  estatizó  ya  todas las empresas  industriales y comerciales, y los bancos de la isla.  Y el 16 de abril de 1961 desveló   el carácter comunista de la  revolución,  dijo que él era marxista-leninista desde hacía  mucho  tiempo y convirtió a Cuba en satélite de la Unión Soviética.

El soberbio comandante  no tuvo reparos  en admitir que se había burlado de todos.   En 1968 el cineasta estadounidense  Saúl  Landau  (fallecido recientemente)  fue a la isla y entrevistó  a Castro. Luego  en su libro “Cuba y sus críticos” (1987) Landau escribió sobre aquella entrevista:  “Castro me explicó que él se hizo marxista desde que leyó el  ‘Manifiesto Comunista’  cuando era estudiante universitario,  y que luego se hizo leninista cuando leyó a Lenin mientras estaba en la prisión de Isla de Pinos, en 1954”.

‘Nos bañaremos en leche’

A estos  engaños  iniciales del “máximo líder” luego  siguieron las promesas de viviendas  para todos, que Cuba sería  gran productora  de carne, leche, arroz, azúcar y café.  Recuerdo bien cuando en un discurso en 1965 dijo: “En 1970 produciremos 10 millones de litros diarios y nos bañaremos en leche». Y de 6 millones de cabezas de ganado vacuno que había en 1958, hoy hay apenas 3.5 millones con el doble de población  y  Cuba  presenta un consumo de leche de sólo 0.14 litros por habitante, el más bajo consumo de todo el hemisferio occidental si se excluye a Haití, según la FAO.

Luego siguieron las maravillas de la  emulación socialista, el trabajo voluntario  y el  “hombre nuevo”, la Zafra de los 10 millones, el Cordón de La Habana, el “Triángulo de Ceba” en Camaguey,  el  Plan Alimentario,  o  culpar al  “bloqueo yanqui” de la  improductividad  comunista.

Si Fidel y  su hermano Raúl quisiesen atenuar un poco  la condena que les hará la historia como dictadores,  deben urgentemente  pedir perdón por tanta represión, y  por tantos embustes, que hundieron a Cuba a  niveles  africanos de pobreza.

En fin,  el 55 aniversario de la revolución  evoca un acontecimiento fatal.  Basta  responder  estas preguntas:   ¿Se alimentan y viven hoy mejor los cubanos, tienen mayores  ingresos,   gozan de más  libertad  para progresar  que hace 55 años?  ¿Eligen libremente  a sus gobernantes?  ¿Por qué si en 1958 se importaba el 29% de los alimentos que el país consumía   hoy se importa el 80% ¿ ¿Por qué si  Cuba  era un imán atrayendo  inmigrantes  hoy  casi todos desean  emigrar?

Y ojo,  quien responde  en la isla estas  interrogantes puede ir a prisión  por “propaganda enemiga”.

 

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