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Castro ‘se baña, pero salpica’

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09 de noviembre, 2013

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Castro ‘se baña, pero salpica’
Roberto Álvarez Quiñones.

Roberto Álvarez Quiñones.

Tiburón se baña, pero salpica”.  Así dijo de sí mismo el segundo presidente de la naciente República de Cuba, José Miguel Gómez, un muy destacado general de la Guerra de Independencia, pero  que al llegar a  Jefe de Estado robó tanto que el gracejo popular criollo bautizó como “Tiburón”.

Con su insólita frase  Gómez  admitió que era corrupto, pero aclaró que no era él únicamente quien se bañaba en dinero,  pues “salpicaba” a sus subordinados, algunos de los cuales robaban  igualmente al Tesoro de la joven nación.  Durante su gobierno (1909-1913) hubo varios escándalos de corrupción y repartición de cargos públicos entre los amigos del Presidente.

Un siglo después, en la Cuba de  la “moral socialista”  la corruptela no sólo sigue vivita y coleando, sino que ha escalado a niveles nunca antes conocidos. Tiene carácter estructural  y forma parte ya de la cultura nacional.

Los hermanos Castro y los jerarcas de su dinastía cada cierto tiempo  se rasgan las vestiduras y lanzan ofensivas policiales y campañas contra la corrupción. Hay hasta una zarina anticorrupción, Gladys Bejerano,  con rango de vicepresidenta del  Consejo de Estado.  Lo que pasa es cuando Raúl  y ella hablan no especifican que se están refiriendo sólo a la malversación “por la libre”, no a la autorizada o controlada por ellos.

En la llamada batalla anticorrupción no se toca nunca a los “pejes gordos”. Se juega  con la cadena, no con el mono. Este último es la élite dirigente, incluyendo la Junta Militar, los “históricos”, todo el generalato, el Buró Político  y las principales figuras civiles del  Partido Comunista. La cadena, en tanto, tiene dos niveles:  1) el resto de la burocracia estatal (ministros, directores de empresas y  hoteles, funcionarios de turismo, jefes de grandes almacenes, administradores de las “shopping”, etc); y  2) los administradores de bodegas y tiendas,  los empleados estatales sin cargo alguno, los  agentes policiales y aduaneros y sus jefes , etc.

Si las estridentes campañas contra la malversación  fuesen de veras al fondo del problema  los Castro y la  nomenklatura  irían a la cárcel, o tendrían que presentar su renuncia. Habría que desmontar el  socialismo, régimen  al que le es inherente la  corrupción, cual patología  incurable,  porque la “propiedad social” no es de nadie y a  nadie le duele. Y se puede meter la mano sin problemas, pues los medios de comunicación son igualmente estatales y hay un blindaje total contra el escrutinio público.

En las naciones con sólidas instituciones democráticas,  independencia del poder judicial, y  transparencia mediática los políticos corruptos van a prisión, al menos los más connotados.   En Cuba es al revés, quienes más malversan son los que no van a la cárcel.

En los tiempos de José Miguel Gómez, y en los gobiernos republicanos posteriores,   la expresión de corrupción más común era la de  sustraer dinero del presupuesto público  mediante  partidas infladas de gastos para obras, o proyectos que se ejecutaban a un costo más bajo, o no existían;  o con la creación de cargos en ministerios y otras entidades  en los que eran nombrados parientes y  amigos que ni siquiera  iban a sus oficinas. Era lo que el pueblo llamaba una “botella”.

Hoy no hay “botellas”, ni los funcionarios gubernamentales roban dinero de obras no construidas, pero la malversación es muy superior.   Al llegar al poder, Fidel y Raúl Castro, como  “tiburones” de nuevo tipo,  se apropiaron de todo el patrimonio nacional, del cual disponen  a capricho para beneficio propio,  de sus familias y de la claque política que los sustenta.

Gómez escandalizó al país cuando después de dejar la Presidencia de la República se construyó en La Habana un palacete.  Pero Fidel tenía 34 residencias, muchas de ellas mansiones millonarias con todas las comodidades y la tecnología más avanzada, ubicadas en valles de exuberante  belleza tropical.

Como por razones de seguridad nunca se informaba dónde iba a hospedarse el  dictador cuando salía de La Habana, durante los 365 días del año en esas residencias  permanecían cocineros, jardineros, empleados de limpieza, guardias, etc.   que las mantenían  listas por si el comandante iba, aunque fuese una vez al año, o nunca.  Cerca de 200 empleados, ociosos,  tenía  Castro en esas casas privadas, que no importa si eran propias, o no, pues él era el único que las podía disfrutar.

 ‘Dolce vita’

Por otra parte,  si los generales y coroneles con mando de tropas y los jefes de las fuerzas represivas no recibiesen privilegios,  y recursos  sustraídos  del Estado para una vida bien cómoda, el castrismo se vendría abajo.  Además,  con la Corporación Gaviota S.A. de las Fuerzas Armadas,  un emporio turístico empresarial multimillonario de carácter paraestatal, los militares tienen otra  fuente colosal de corrupción.

Junto con los militares succionan recursos estatales los “históricos”, el Buró Político  y toda la cúpula dictatorial.  La “dolce vita” de que gozan supera en años luz el nivel de vida que les correspondería según sus sueldos oficiales, ninguno de los cuales pasa de 62 dólares mensuales ( 1,500 pesos cubanos).

Con cargo al Estado, y autorizado por el dictador,  ellos se construyen o remodelan palacetes  privados con aire acondicionado y equipamiento tecnológico del  Primer Mundo, con criados, piscinas, enormes jardines y áreas verdes donde organizan  banquetes homéricos  y  fiestas. Y sin preocupación, pues se trata de verdaderos bunkers protegidos por guardias armados y con altos muros que no dejan ver nada desde la calle.

Alta cocina y vacaciones millonarias

El colmo es que, según me contó en pleno “período especial” (a mediados de los 90) un colega periodista y amigo, su yerno era chofer de un camión cerrado, sin letrero alguno por fuera, en el que él entregaba sigilosamente a domicilio cantinas con alimentos ya cocinados en las casas de altos jefes políticos y generales.

Cada cantina tenía varios compartimentos con platos diferentes y un postre, elaborados por chefs de alta cocina. Hasta donde su yerno sabía, no se pagaba  ni un centavo por aquellos suculentos almuerzos y cenas. O sea, mientras los cubanos de a pie a duras penas podían comer chícharos con arroz y  un boniato, esas familias de la “burguesía revolucionaria” diariamente comían opíparamente como en un lujoso restaurante, a costa del erario público. Y es casi seguro que esas entregas de comidas “gourmet” a domicilio no sólo continúan, sino que se han ampliado a más residencias del patriciado castrista.

Los potentados socialistas además  poseen  fincas de recreo, clubes y playas en cayos particulares. Gastan miles de dólares en viajes al extranjero, donde incluso compran viviendas, joyas,  o empresas que operan sus hijos y nietos.  Disponen de  yates y salen a pescar o a pasear por el Caribe o el  Mar de las Bahamas,  toman el mejor whiskey,  tienen antenas para ver  la TV estadounidense y mundial, acceso libre a internet, y automóviles con chofer equipados con todo.  El Estado “proletario” paga las cuentas.

¿Le preguntó ya Gladys Bejerano a Mariela Castro,  hija del dictador,  cómo adquirió la colección de cuadros de pintura originales que por valor de más de 120,000 dólares cuelgan en las paredes de su mansión  amurallada?

Robar en  ‘legítima defensa’

Las ofensivas anticorrupción se limitan a la parte más delgada de la soga. Dada la improductividad comunista y el desabastecimiento generalizado,  sólo el mercado negro y el “trapicheo” pueden  satisfacer las necesidades básicas de la población. Y ese mercado se nutre de los “desvíos” de recursos del Estado.

En las empresas estatales, jefes,  empleados, y  guardias  se apropian de bienes mediante la  adulteración de los registros contables e inventarios. Envían informes falsos a sus superiores, quienes a su vez mienten a los de más arriba, hasta llegar al nivel nacional, que miente más aún. Y pulula el hurto subrepticio.

Como consecuencia del castrismo  hoy en Cuba se da la aberración moral de que robar productos de un almacén estatal o una fábrica no es considerado un delito, sino un acto de legítima defensa  que  permite “resolver” y subsistir.  La gente sabe que  los altos dirigentes políticos son los que más recursos malversan y no tienen moral para mencionar siquiera la palabra corrupción.

En fin, el “Tiburón” de principios del siglo XX sería hoy solo un aprendiz de los Castro, quienes  al bañarse salpican con fuerza de tsunami a los “hombres nuevos” de que hablaba  el Che Guevara.

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Alvarez-Quiñones

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