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Cuba: improductividad y deuda eterna

R. Álvarez-Quiñones

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31 de julio, 2013

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Cuba: improductividad y deuda eterna

Roberto Álvarez Quiñones.

Cada afiliado a la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) le debe al Club de París  $9,052 dólares  y $8,000 dólares a Rusia. O sea,  cada asalariado  en la isla debe al mundo $17,052 dólares, equivalentes a  71 años de trabajo,  un récord mundial absoluto, de ciencia ficción.

Hice este cálculo, simbólico pero elocuente, de forma muy sencilla. La CTC cuenta con 3.5 millones de trabajadores  y  el Estado castrista debido a su cincuentenaria  improductividad  económica ha acumulado  ya una deuda externa  de  $59,681 millones de dólares.

De ese total, según un informe de la Unión Europea,  el régimen cubano  le debe  $31,681 millones al Club de París.  Ese “pool” occidental de acreedores, creado en 1956,  lo integran 19 países de América, Europa y Asia  y su función es la de coordinar formas de pago y renegociación de deudas externas de gobiernos e instituciones oficiales de préstamo. Cuba es  ampliamente el  mayor deudor de Latinoamérica y casi quintuplica el adeudo de Argentina  ($6,743 millones), y sextuplica la deuda de México ($4,869 millones) con ese club financiero.

Los restantes $28,000 millones  de la deuda cubana  los reclama Rusia  por las obligaciones contractuales y créditos no pagados a la  Unión Soviética durante  30 años de “anótalo en el hielo, tovarich”.   El gobierno castrista no reconoce la deuda con la extinta URSS y jamás la va a pagar por muchos  descuentos y juegos malabares  que haga Moscú. Pero  no puede eludir el adeudo  con Occidente. Esa no está anotada en el hielo y  sí constituye un problema, incluso para cualquier gobierno postcastrista que quiera reconstruir el país.

Si algo evidencia la  incapacidad de la economía socialista cubana para generar riquezas, y la nulidad de las “reformas” de Raúl Castro  es  que cada año las importaciones  cubanas  superan con mucho a las exportaciones de bienes. Ese déficit comercial crónico genera  una deuda externa  at infinitum.

Es lógico. Una persona  sólo puede gastar más dinero del que gana o tiene ahorrado  si se endeuda o un alma caritativa paga las cuentas que exceden su capacidad de pago. O hace ambas cosas a la vez.   Esto es válido también para las naciones.  Cuba produce muy poco y exporta menos de lo que importa. Consecuentemente  no tiene reservas monetarias  para cubrir el déficit de su balanza comercial,  por lo cual se endeuda y necesita además un mecenas extranjero.

El colmo es que como ahora contabiliza como “exportación de servicios” a las subvenciones recibidas de Caracas,  desde 2010 la dictadura asegura que tiene superávit comerciales. Falso. Lo cierto es que debido a las escasas exportaciones y el exceso de importaciones  la deuda externa  cubana ya supera el Producto Interno Bruto (PIB).  Antes de la llegada de los Castro al poder, entre 1950 y 1958, la balanza comercial cubana registró superávit, excepto en 1958 que tuvo un déficit de $43.6 millones. En 1953, por ejemplo, el país exportó por valor de $640 millones e importó $489 millones, para un excedente comercial de $151 millones, enorme para el volumen comercial de la isla entonces.

En cambio, desde la proclamación del socialismo en 1961 la balanza comercial cubana ha sido siempre deficitaria con excepción de 1974, cuando tuvo un  superávit de $10 millones. El año record en volumen de exportaciones fue 1989, cuando exportó bienes  por valor de $5,399 millones. Pues bien, ese año las importaciones cubanas ascendieron a $8,140 millones, para un déficit de $2,740 millones en la balanza comercial.

Tan altos desbalances comerciales explican el extraordinario endeudamiento ,  pues  la casi totalidad de ese adeudo obedece a créditos comerciales recibidos y no pagados por  La Habana . Durante tres décadas esos desequilibrios fueron cubiertos por la Unión Soviética y también acumulando una deuda  gigantesca. Luego de la desintegración de la URSS apareció el chavismo en Venezuela, que se encarga  de mantener a flote la economía isleña.

La estadísticas de la Unión Europea revelan que en 2010 Cuba le debía  $3,200 millones a España, $3,170 millones a China (en divisas convertibles), $2,775 millones a Japón, $1,967 millones a Argentina, $1,856 millones a Francia, y miles de millones de dólares a otros 22 países, incluyendo $1,149 millones a la Rusia postsoviética.

No más créditos

El problema es que de esa deuda Cuba no paga ni siquiera los intereses acumulados, por lo que el saldo del adeudo sigue creciendo cada año. Por eso el país no recibe créditos y  no puede comerciar con decenas de países. Eso y no el “bloqueo yanki” es lo que afecta de veras a Cuba.

En 1985 Castro se autoerigió en abanderado contra el pago de la deuda externa de los países del Tercer Mundo. Asistí como periodista a las tres conferencias internacionales que ese año el dictador organizó en La Habana, en las que cientos de izquierdistas de todo el mundo aplaudieron la consigna lanzada por el comandante de no pagar ni un centavo  más a los acreedores  porque eran ellos los que tenían una “deuda financiera y moral colosal” por los 400 años de “explotación colonial y neocolonial” de los países de Latinoamérica, Asia y Africa.

Era como si Canadá, Australia, la India y Jamaica no pagaran los compromisos financieros contraídos con Londres últimamente porque Gran Bretaña los “explotó” como colonias durante siglos.

Lo cierto es desde aquel plan “anticolonial” de Castro, desde julio de 1986,   Cuba no paga ni la amortización de los  préstamos,  ni los intereses.  El régimen ha llegado a ciertos acuerdos con el Club de París y con Rusia para la renegociación de la deuda, pero luego no los cumple.

Obviamente aquella estrategia  fidelista de no pagar la deuda –despilfarrada  o incluso malversada por algunos gobiernos corruptos sin beneficio para sus pueblos—no fue secundada por ningún gobierno tercermundista. Lo único que logró Cuba fue  convertirse en un apestado  internacional con el que no se puede hacer negocio.

‘Toma chocolate, paga…’

Por cierto, eso de no pagar las deudas encaja bien en la personalidad de Fidel Castro.  Es conocido que en sus tiempos de estudiante universitario  cuando él pedía dinero prestado a un colega, este ya sabía  que difícilmente lo cobraría algún día.  “Malapagas” como aquel estudiante de Derecho  inspiraron al compositor cubano Richard Egues para  incluir el célebre estribillo de “toma chocolate, paga lo que debes” en su cha-cha-cha “El Bodeguero”, que en la voz de Nat King Cole recorrió el mundo entero y sigue sonando aún.

Me parece clave destacar que no se trata de que Cuba deba obtener siempre superávit  en su balanza comercial. Es común que ciertas naciones en desarrollo registren déficit comercial, pues necesitan importar tecnología, bienes de capital, materias primas, equipos. Para ello reciben créditos que luego van pagando con el propio crecimiento económico.

Pero en una economía centralmente planificada los recursos tecnológicos y de capital importados no se aprovechan, hay despilfarro, “relajo” administrativo, robos masivos en las fábricas,  una bajísima productividad y una inaudita ineficiencia en toda la cadena empresarial. Resultado: la economía no crece y los créditos recibidos no se pagan. Entonces  los proveedores dejan de vender y de prestar dinero.

Un ejemplo muy reciente, la actual crisis severa  del transporte de pasajeros en la isla y particularmente en La Habana se debe a que el gobierno dejó de hacer parte de los pagos por cientos de ómnibus  que recibió de China y de Bielorrusia, y los acreedores suspendieron los suministros de piezas de repuesto.

Tales desastres llevan de la mano a una deuda, que además de externa, es eterna,  al punto de que todo bebé que nació en la isla mientras  usted se leía esta columna vio la luz ya marcado por una deuda de $5,328 con la comunidad internacional, una cifra superior al ingreso per cápita en el país.

La economía castrista está postrada de tal manera que sin los $10,000 millones en subsidios chavistas, y sin los $2,500 millones anuales que hoy aportan los “gusanos” desde el exterior,  los cubanos probablemente vivirían igual o peor que los haitianos.

 

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